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Parecía como que la cuadrilla de mozas, que iba avanzando por el paseo cual luminoso cometa, estimara que aquella multitud que había alrededor se componía de seres de otra raza, de seres cuyo sufrir no les inspiraría sentimiento alguno de solidaridad, y hacían como que no veían a nadie, obligando a todas las personas paradas a apartarse lo mismo que cuando se viene encima una máquina sin gobierno y qué no se preocupa de choques con los transeúntes; a lo sumo cuando algún señor viejo, cuya existencia no admitían las jovenzuelas y cuyo contacto rehuían, escapaba con gestos de temor o indignación, precipitados o ridículos, se limitaban ellas a mirarse unas a otras, riéndose.
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Caminaba por la plaza central y me acerqué a dos carabinieris (policías) para preguntarles cómo llegar a uno de los lugares que tenía en mi lista apuntados para visitar: el paseo de los enamorados. No sólo se limitaron a darme la indicación para llegar al lugar, uno de ellos me contó en segundos la conexión de ese lugar y su vida amorosa:









































