Cuando finalmente conocí a Mario Vargas Llosa

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Milán, 7 de junio de 2018. Alrededor de las 4 p.m llegué al Aula Magna de la  “Università Cattolica del Sacro Cuore”, un aforo de quinientas personas,  repleto. Afortunadamente mis amigos del taller de escritura del Instituto Cervantes me habían reservado un puesto en las primeras filas.  Llegó el día, finalmente. Ni imaginarme que sería viviendo en Italia; la vida da muchas vueltas y uno con ella. Precisamente en el mes de noviembre del año pasado fue publicada en este mismo espacio mi crónica anecdótica titulada El día que no   conocí a Mario Vargas Llosa” relatando la experiencia vivida en el año 2008 cuando estuve a punto de conocerlo en un restaurante en la ciudad de Caracas; quizá entonces hubiese tenido la oportunidad de tomarme una fotografía, decirle que admiro su pluma y que es uno de mis escritores latinoamericanos favoritos.

La agenda de este día fue intensa; en horas de la mañana me tocó presentar la prueba de certificación CILS de italiano para el nivel B2. Salí literalmente corriendo de la escuela donde presenté el examen rumbo al tren para llegar a mi cita tan esperada con el Premio Nobel de Literatura 2010. Apenas tuve tiempo de comer un sándwich y un agua que pude comprar velozmente  en la estación del tren.

Con el estrés de los días previos a la prueba olvidé por completo que  no tenía ningún libro del autor en Italia. Todas las obras que he leído de él quedaron en mi biblioteca personal en Venezuela, solo cuando iba camino a la universidad me percaté de ello. Ni siquiera tuve tiempo de comprar el más reciente título, que aún no he leído,  y aprovechar su presencia, obtener su firma y poder acercarme. Perdí esa oportunidad, pero en realidad para mí lo más importante era verlo, escucharlo. Ya eso significaba un regalo.  No todos los días se conoce a un gran escritor y un Premio Nobel de la Literatura.

Era también mi primera visita a una Universidad en Italia, y la ocasión para poder apreciar el Aula Magna de esta importante y bella casa de estudios, fundada en Milán en 1921 por el padre Agostino Gemelli, vale decir, que es  la Universidad Católica más importante de Europa y a su vez la única universidad italiana que ostenta cinco Campus en el país: Milán, Piacenza, Cremona, Brescia y Roma.  Inevitablemente recordé mis tiempos como estudiante en mi querida Alma Máter, la Universidad Católica Andrés Bello, UCAB, en Caracas, Venezuela. Fue como un deja vu; me vi sentada en el Aula Magna de la UCAB cuando asistía a alguna conferencia o evento importante. De vuelta a la realidad, hice un paneo del lugar y observé curiosamente que era la primera vez –en los casi tres años que llevo como residente en Italia– que veía tanta gente joven congregada, consonó con un ambiente universitario y además tantos genotipos hispanoamericanos, principalmente, reunidos. La gente joven se entremezclaba con un público más adulto. Tomé algunas fotos del público y de los hermosos frescos del techo.  Con escasos minutos de retraso se inició el acto. El panel estuvo conformado por el doctor Franco Anelli, Rector de esa casa de estudios; el doctor Sergi Rodríguez López-Ros, director del Instituto Cervantes de Milán; el reconocido escritor y crítico literario, Dante Liano, profesor del departamento de ciencias lingüísticas y literatura extranjera la Universidad, y por supuesto Mario Vargas Llosa.  Cada uno hizo su discurso para finalmente dar espacio al invitado especial, para que diera su lección magistral titulada “La Vida y los Libros”. En su lengua madre, en español, no hubo traducción simultánea al italiano. Pensé que quizá lo habría, pero no.

Cuarenta y cinco minutos precisos duró la intervención del Nobel, en los cuales solo habló en primera persona para referirse –como ha hecho públicamente  en algunas entrevistas– que una de las cosas más importantes que le sucedieron en su vida, fue precisamente aprender a leer.

Su discurso se centró en la importancia de la literatura en la vida colectiva, en las sociedades y en el individuo.

Hizo una progresión histórica de la civilización en paralelismo con la literatura y como dicha civilización realmente nació cuando un grupo de hombres coincidieron alrededor de un fuego inventando y contando historias en lo que él define como  “el gesto más antiguo de la humanidad”.

“Solo tenemos una vida, pero aprendimos muy temprano a imaginar otras mil”. Fue precisamente gracias a la capacidad de crear personajes, aventuras de ensueño y transmitir historias  que el hombre, tratando de olvidar con un momento de alivio una existencia de terror, se ha convertido en lo que es, acotó.

Cuando hizo su aparición la escritura, afirmó el escritor,  esas historias de los ancestros en las cavernas tuvieron estabilidad. “Escaparon de la cárcel de sus vidas para vivir otras vidas. A través de la literatura podemos viajar al pasado, al futuro y tener experiencias. Nos permite salir de nosotros mismos y vivir otras vidas”.

Para Vargas Llosa la lectura de las grandes novelas nos permite comprobar las vidas que somos capaces de inventar, que en su opinión, son más ricas que la real. “Las buenas novelas nos sacan de nuestra condición limitada. Nos hacen ver que nuestro mundo tal y como es, es insuficiente”.

Indudablemente, Mario Vargas Llosa, querido y admirado por muchos, y no muy querido  por otros, –por razones de ideología y posturas políticas–, no podía dejar de mencionar la relación entre la literatura y las democracias y regímenes totalitarios. “En una democracia las buenas novelas son entretenimiento, nos sacan de la servidumbre cotidiana. En los sistemas totalitarios la ficción se carga de peligrosidad, de  espíritu crítico y subversivo. La tarea más importante de la literatura, después de todo, es decirnos todos los días, en cada página, que el mundo real, el nuestro, está mal hecho, y que las cosas deben cambiar. Es por eso que todos los regímenes totalitarios siempre han tenido miedo de la literatura. La insatisfacción frente al mundo real es peligrosa”.

Y precisamente llegó al corazón del tema central de esta lección magistral: los libros, los escritores reales, la buena literatura, y las buenas novelas. Desarrolló las razones para mantener viva las buenas novelas, que resumió en cinco puntos medulares:

  • Porque la buena literatura y las buenas novelas nos sacan de la realidad limitada en la que vivimos.
  • Porque revelan las riquezas escondidas de nuestra propia lengua: para el Nobel, saber expresarse con precisión solo se aprende leyendo las grandes obras literarias que una sociedad ha producido.

“Solo verdaderamente se aprende y enriquece una lengua a través de la lectura: enriquece nuestro vocabulario, nuestro conocimiento, nuestras ideas. Hoy en día seguro se lee más, pero se lee rápido y no se leen  las obras más difíciles”.

  • Porque vivimos en una época de especialistas, “saben mucho de una cosa e ignoran prácticamente todo lo demás”.
  • Porque la literatura nos recuerda los denominadores comunes que nos sacan de esa especialización. “Su universalidad nos hace vivir otras épocas, otros tiempos, nos hermanan”.
  • Porque el espíritu crítico es fundamental para el progreso de la civilización.

Mencionó que la literatura no puede ser solo y puro entretenimiento y superficial (Best-seller). Se refirió a que en la actualidad vivimos en una época en que la literatura ha experimentado una ligera transformación centrada en distraer, adormecer; en una especie de sometimiento a una realidad. “La literatura y la cultura  se ha convertido en un espectáculo. Ha habido una sustitución de la literatura por el mundo de las imágenes. Una guerra entre pantallas y libros. El mundo sin literatura sería un mundo de seres no comunicantes, un desierto de autómatas incapaces de comunicarse, aislados unos de otros, mientras que la riqueza de la literatura es su universalidad. Pero si son los libros los que siempre nos han salvado, ¿qué está pasando hoy? Sucede que leemos mucho más, pero leemos mal, rápidamente, y preferimos los bestsellers a las novelas largas”.

¿El libro está perdiendo todas sus batallas? ¿Perderá la guerra también? Preguntó el Nobel.

“Meentristece ver una humanidad que ha dejado de soñar. Si eso llega a ocurrir viviríamos sin libertad. Soñar distinto es una buena manera de vivir. La buena literatura es importante para la vida. Confío en que muchos de los jóvenes que están aquí puedan comprender la extraordinaria riqueza de la buena literatura” más que una respuesta fue la expresión, en mi opinión, de un anhelo, un deseo.

A esta última frase de su lección magistral siguió un aplauso y una ovación de pie. No hubo preguntas, ni de la prensa, ni del público; solo una larga fila de seguidores con libro en mano para obtener una firma, una foto y saludarlo. Me retiré con la satisfacción de escucharlo y finalmente conocerlo.


Narsa Silva

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Narsa A. Silva Villanueva (Caracas, Venezuela 1972)

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