Ezra Pound, el poeta en el manicomio

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……..#BREVIARIO

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Vale Correa Fiz


Esta semana se han cumplido 45 años de la muerte del polémico poeta norteamericano Ezra Pound, que acabó encerrado en un manicomio tras sus proclamas antisemitas y a favor de Hitler y Mussolini. Murió en Venecia el 1 de noviembre de 1972. Cuatro gondoleros vestidos de negro llevaron su cuerpo hasta la isla de San Michele.

El norteamericano Ezra Pound no fue el primer poeta que pasó años confinado en un hospital psiquiátrico. Ahora mismo me viene a la memoria el argentino Jacobo Fijman. Sufría delirios místicos y terminó convirtiéndose al catolicismo. A propósito de su encierro, escribió: “Sentí de pronto que tenía que cambiar de vida. Alejarme del mundo. Y me aislé. Me fui de todos, aun de mí”.

En España, es célebre el caso del poeta Leopoldo María Panero que padeció repetidas reclusiones hasta su internación voluntaria y definitiva en una clínica psiquiátrica de Las Palmas de Gran Canaria. A pesar de sus numerosos encierros, produjo una extensa obra literaria. De hecho, de una de sus reclusiones proviene su libro Poemas del manicomio de Mondragón, escrito bajo dos de los principios rectores del Romanticismo, lo bello y lo siniestro: “Allí, el poeta es un cadáver más entre / los ángeles que hurgan en la basura / y cabalgan sobre los restos de una / belleza que haría gritar a cualquier / dios”. La italiana Alda Merini, vecina de mi barrio en Milán, también vivió largas temporadas recluida: “El manicomio es una gran caja de resonancia / y el delirio se vuelve eco ,/… / en el que recibes / las tablas de una ley / que los hombres no conocen”.

Pero mi pasión por la poesía me ha desviado de la historia central de este artículo: la reclusión de Ezra Pound, de 1946 a 1958, en el Hospital St. Elizabeth, Washington. Doce años de encierro en los que el poeta norteamericano convirtió la sala de visitas del hospital psiquiátrico en el salón literario menos ortodoxo de todos los tiempos. Entre sus visitantes se cuentan los ilustres T. S. Eliot, Marianne Moore y William Carlos Williams. También acudieron a él los poetas más jóvenes y talentosos de aquella época, como Robert Lowell, Allen Ginsberg y una jovencísima Elizabeth Bishop, que le llevaba libros y bananas, los únicos objetos del exterior que el poeta de Idaho aceptaba. Elizabeth Bishop dejó testimonio, en Visitas a St. Elizabeth (1950), de sus sentimientos encontrados hacia Pound durante aquellas charlas –la fascinación que sienten los niños por sus padres y el miedo que el carácter del poeta de los Cantos le infundía–. El poema, escrito con el ritmo de una canción infantil, no nombra jamás a Pound. Comienza así: “Esta es la casa de los locos / Este es el hombre que vive en la casa de los locos”. Y con esta cadencia imparable continúa. Cada estrofa agrega un elemento nuevo a la escena: “Este es el reloj que marca el tiempo / del hombre trágico y locuaz / que vive en la casa de los locos”. La última estrofa refiere a la actividad política de Pound durante la Segunda Guerra Mundial. Fue propagandista de los regímenes de Mussolini y Hitler. Dice así: “Este es el soldado que regresó de la guerra /… / que muestra su reloj / que da la hora del hombre malvado / que está en la casa de los locos”.

A pesar de sus visitas, de sus paseos por el jardín y sus partidas de tenis, Pound no dejó de trabajar ni un solo día de su reclusión psiquiátrica en sus poemas y traducciones –hizo mucho por llevar la poesía provenzal y china al público de habla inglesa–. Engordó, encaneció, se dejó crecer la barba y tuvo un período en el que se pareció físicamente a Cocteau, a quien admiraba ciegamente. Desde St. Elizabeth ordenó la publicación de los Cantos pisanos y allí también recibió la noticia de que había sido distinguido con uno de los premios más prestigiosos de Estados Unidos, el Bollingen.

Pero, ¿es verdad que Pound estaba loco? Hay quienes todavía ponen en duda la salud mental del poeta, aunque la historia de su reclusión no tiene nada que ver con la psiquiatría.

El 3 de mayo de 1945, Pound –acusado del delito de traición por sus emisiones radiales de propaganda a favor de Mussolini y Hitler y en contra de los aliados, en Radio Roma– fue apresado en su casa de Rapallo, Italia, y llevado a juicio en Estados Unidos. Pero antes fue retenido tres semanas, en una jaula al sol, en un campo de prisioneros de la ciudad de Pisa. Aparentemente no solo la Torre sino también los derechos civiles se habían torcido después de la Segunda Guerra Mundial. Las pruebas en su contra estaban servidas. Los servicios de Inteligencia norteamericanos habían recolectado centenares de horas de grabación con alegatos repugnantes del poeta a favor de Hitler y Mussolini. Dicen que se necesita estómago para oír los panfletos radiales antisemitas de Pound y que están casi a la altura de los del francés Céline, famoso antisemita y autor de la maravillosa novela Viaje al fin de la noche. El delito de traición estaba plenamente demostrado y conllevaba la pena de muerte, así que la comunidad literaria de habla inglesa intercedió por Pound, il miglior fabbro, a quien Eliot le dedicara La tierra baldía. El resultado fue la suspensión del juicio y la reclusión del poeta en el manicomio. Allí, en St. Elizabeth, lo dejarían hacer a sus anchas el rol del poeta loco.

Estados Unidos tardó 12 largos años en convencerse de que Pound no representaba un peligro de Estado: una cosa era hacer el mal y otra muy distinta aprobarlo, concluyeron. Finalmente lo pusieron en libertad en 1958 a condición de que se fuera a vivir al extranjero. Cuando le preguntaron adónde se iría a ir a vivir, el poeta contestó: “A Brasil”. Era una boutade más. Pound se dirigió a Italia. Cuando descendió del barco en el puerto de Nápoles, extendió su brazo e hizo el saludo fascista al enjambre de periodistas que lo esperaba. Parece mentira que un hombre de unos versos tan hondos, “Y los días no son tan plenos / y las noches no son tan plenas / y la vida se desliza como un ratón de campo / sin agitar la hierba”, no fuera capaz de rectificar su pensamiento político, después de tantos años de reclusión, después de que se revelaran todas las atrocidades ocurridas durante la Segunda Guerra Mundial. Cuesta entender las razones socio-políticas mezquinas de quien era tan generoso en otros aspectos de su vida; se dedicó a promover a los poetas jóvenes y se dice que hasta vendía cosas de su propiedad para ayudar económicamente a sus amigos de las letras; de hecho, fue Pound quien reunió el dinero que permitió a James Joyce terminar el Ulises.

En Italia vivió 14 años más. Abundan en Internet fotografías de sus últimos años en los callejones de Venecia, apoyado en su bastón, caminando por algún pasaje inundado o sentado en la Piazza San Marco. Su barba de profeta, el sombrero y el largo abrigo capturan la atención del ojo y ponen en segundo plano la belleza de la ciudad de los canales. En esos retratos de senectud parece otro Pound, menos soberbio, más frágil y casi más bueno. Hay quienes confirman esta bondad de carácter de sus últimos días. Dicen que hasta rectificó su posición política. Me permito reformular los famosos versos de Borges y aventurar que quizá no haya cosa como la inminencia de la muerte para mejorar la gente. Dicen que Pound, finalmente, le confío a Allen Ginsberg que su peor error había sido someterse al antisemitismo, “ese prejuicio suburbano”.

Ezra Pound murió en Venecia el 1 de noviembre de 1972. Cuatro gondoleros vestidos de negro llevaron su cuerpo hasta la isla de San Michele. Su tumba en el cementerio es un trozo de jardín ovalado, sin cruz. Su nombre está escrito sobre el mármol en la hierba, sin fecha. Quizá sea este el último mensaje del autor de los Cantos: a pesar de todos sus errores, hay poetas que nunca mueren.

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