La criada

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Matilde frotaba una y otra vez con toda la firmeza, y al mismo tiempo la  delicadeza que sus manos le permitían, el paño sobre la cubertería fina de plata; arriba, abajo, arriba, abajo, limpiaba, y luego alzaba cada tenedor, cuchillo y cucharilla y colocaba frente a su rostro hasta comprobar al trasluz que estuviese  brillante. Mientras lo hacía recordaba los años en que religiosamente le era asignado en el comedor del orfanatorio de las monjas donde se  crió pulir toda la platería que ellas tenían y se rió con ironía porque no pensaba que la vida le devolviera como bumerang algo de lo que ella dijo nunca más haría: limpiar platería como una esclava.

En aquél entonces sus ojos se cerraban del sueño y sus pequeñitas manos se cansaban y el reclamo de Sor Consuelo la devolvía a la realidad: —Niña, hasta que no esté reluciente y brillante ahí seguirá. Y ahí continuaba hasta que la monja no considerara que estaba perfecto.

A ratos con el antebrazo derecho secaba el sudor de su frente. Todo tenía que estar impecable para el banquete de esa noche: el salón, la decoración con rosas blancas y amarillas,  la mesa perfectamente servida, la vajilla y cubertería impecable y su uniforme impoluto; para ella sería la primera ocasión en servir en un evento de la familia en los tres meses que justo cumplía ese día trabajando como doméstica para los Arcaya.

Hizo una breve pausa en su faena y se levantó a buscar un vaso de agua para mitigar la sed. De espalda  al refrigerador sintió los pasos cada vez más próximos y sabía con certeza que era la señora Felicia, su patrona,  la que se acercaba; ella podía  identificar las pisadas de los cuatro miembros de la familia por su sonido y características. Las de su jefa eran fuertes y de pasos cortos.

Felicia, una mujer de mediana edad, de facciones finas y palabra áspera  se detuvo frente a la mesa, tomó el paño y alzó uno de los tenedores, lo observó detalladamente, luego un cuchillo, a continuación una cucharilla de postre, y así con cada uno. Chequeada minuciosamente toda la cubertería alzó la vista miró a Matilde y le dijo: —está bien, mejor de lo que esperaba. Ahora dedícate a preparar el almuerzo que mi marido hoy llega media hora antes y debe estar la comida lista.

Para ella era su primer trabajo como doméstica, en sus treinta y tres años se había desempeñado durante muchos años en una peluquería, se había formado como peluquera y estetista en diferentes cursos. Ella era la mano derecha de la dueña del negocio, pero la inesperada muerte de ésta, la venta del local, y los siete meses que llevaba sin generar ingresos la arrojaron a algo que estaba en el último  de su lista: ser el servicio doméstico de alguien, pero su vecina le había convencido de que era una buena oportunidad para ganar un buen dinero en la casa de una de las familias más adineradas y conocidas del pueblo.

El día de su entrevista con Felicia, Matilde lo recuerda muy claramente: ésta la observó de arriba a abajo, le pidió que le mostrara las manos y al verlas le dijo: —tú no tienes manos de criada, se ve que nunca has trabajado en el oficio. Ella inmediatamente respondió — no, no lo he hecho para ganarme la vida, pero yo me encargaba de las labores domésticas de mi casa y de la peluquería donde trabajaba.

Felicia continuó —me gusta tu estampa, eres alta, delgada,  muy bonita diría yo; pero yo estoy buscando es una doméstica y necesito a  alguien con experiencia y buenas referencias.  —Me eduqué en el orfanatorio con las monjas, ellas me formaron, y lo que no sepa puedo aprenderlo rápidamente, dijo Matilde. De verdad necesito el empleo señora, soy madre soltera y tengo un hijo pequeño que mantener.  Felicia desvió su mirada que aterrizó de golpe en el suelo; por segundos se desvaneció ese aire altivo y autoritario, y Matilde pudo apreciar un dejo de tristeza en el rostro de aquélla mujer. Ella volvió a mirarla y le dijo, —haré contigo una excepción. Te contrataré tres meses de prueba y luego veremos si te  fija o no.

Justo el tiempo de prueba vencía ese día y pensó en preguntarle a la señora si tenía intenciones de dejarla;  la ansiedad la corroía internamente, pero pensó que no era prudente hacerlo y que tal vez el punto final para la decisión de la señora sería precisamente la cena que servirían esa noche. Tenía que lucirse, destacar en su servicio.

Durante esos meses Matilde se había esmerado en hacer el trabajo lo mejor posible, la señora no había puesto queja ninguna, tampoco le había hecho nunca un cumplido. Era una mujer bastante fría, seca; la observadora Matilde podía intuir que un tanto amargada y  solo en apariencias feliz.

El marido de Felicia –militar de alto rango- solo vivía para su trabajo, sus viajes, sus partidas de golf con los amigos y sus eventuales infidelidades. En más de una ocasión a Matilde le correspondió estregar con fuerza para remover las manchas de un labial de tonalidades distintas  a los que solía usar Felicia y quitar el olor a bar y perfume barato impregnado en su ropa.

Sus hijos, Daniel y Santiago, entraban y salían, vivían para sí mismos y solo en dos o tres oportunidades en estos tres meses de trabajo Matilde sirvió el almuerzo para los cuatro. Cada uno por su lado.

—Que fría y solitaria puede llegar a ser la vida de la mayoría de los ricos, pensaba ella.

En esos momentos se sentía, después de todo, afortunada porque a pesar de criarse en un orfanatorio siempre se sintió acompañada.

Esa noche la cena era para celebrar en familia el compromiso de su hijo  Daniel  y todo salió como ella lo había imaginado, impecable. Cuando terminaba de guardar las últimas copas en la cocina Felicia entró y se le acercó a Matilde. Extendió su mano y le dijo –estoy satisfecha con tu trabajo, aquí tienes un dinero extra por todo lo que hiciste hoy. Puedes continuar trabajando para mí. Has superado los tres meses de prueba.

Felicia se dio la vuelta y sus pasos más lentos y pesados parecían dar cuenta del hastío de la certidumbre de su día a día: levantarse, desayunar, arreglar el jardín, almorzar, leer, recibir la visita de alguna que otra amiga para tomar el café o té y las galletas, ir  una o dos veces por semana a la peluquería, esperar la hora de la cena,  mirar un rato la televisión e irse a la habitación.

Matilde suspiró y le dijo: señora Felicia, ésta se giró, la joven se acercó hasta ella  estrechó su mano y le dijo —gracias señora, no se arrepentirá.

Transcurrían las semanas y Felicia cada vez estaba más satisfecha con el trabajo de Matilde, quien se mostraba responsable y discreta; cualidades que ella apreciaba en una persona. La joven también observaba que su patrona bajaba un poco la guardia y se mostraba cada vez menos distante y cada día más abierta, incluso, a probar sus dotes de peluquera y estetista; en la primera ocasión no le quedó más remedio: tenía un importante evento y su peluquera de confianza se encontraba de vacaciones. Ante la emergencia le preguntó a Matilde si ella podía hacerle algún peinado sencillo y hacer la manicure. La joven se esmeró porque además de ser el oficio para el que ella se había formado sabía que ese podía ser un dinero extra que podría ganarse eventualmente.

Felicia quedó absolutamente complacida, tanto, que cada vez con más frecuencia asignaba a Matilde que dedicara unas horas a esos menesteres: manicure, pedicure, depilación, masajes, tratamientos para el cabello. Ella cuidaba mucho su imagen y apariencia.

También comenzó a asignarle a Matilde de vez en cuando pequeñas labores de jardinería como parte de sus quehaceres. Matilde era consciente que era más por la compañía que por otra cosa y eso a ella no le disgustaba, en realidad. Una mañana mientras Felicia podaba una de sus plantas de rosa le pidió a Matilde que le sirviera una limonada. La joven trajo la bebida y ella le pidió  que se quedara para ayudarla con el jardín.

Mientras podaba una de sus plantas de rosa Felicia lanzó una pregunta como un dardo: —¿Por qué creciste en un orfanatorio, qué pasó con tus padres, si puedes contarme?

—Matilde desvió su mirada; era un tema del que ella no le gustaba hablar.

—Solo sé por las monjas que mis padres eran muy jóvenes y muy pobres,  no podían criarme y me dejaron con las monjas. Ellas luego cuando cumplí cierta edad querían darme en adopción a una familia, pero yo nunca quise irme de allí, así que digamos que llegamos a un acuerdo: no sería monja, ni me darían en adopción, yo me quedaría con ellas y las ayudaría en los oficios del convento y el orfanatorio hasta que cumpliera mi mayoría de edad y pudiera buscar trabajo fuera. Algunas de ellas me daban buenas propinas que religiosamente como misa de domingo fui ahorrando, con ellas me pagué mi primer curso de peluquería y conseguí mi  primer empleo lavando cabellos, y así seguí.

—Felicia con la mirada puesta en su planta de rosas continuó su interrogatorio.

—¿Y nunca quisiste saber quiénes son tus padres, averiguarlo?

—En realidad no, si me abandonaron es porque representaba una carga económica para ellos, un estorbo y era más fácil regalarme. Mire señora Felicia, yo salí embarazada del que era mi novio, el muy desgraciado me dejó sola con la barriga, yo era pobre y lo sigo siendo, no tenía familia que me ofreciera un apoyo,  pero decidí tener a mi hijo y sacarlo adelante. Yo no iba a hacerle a él lo que me hicieron a mí. Mis padres tampoco nunca más me buscaron.

—¡Ayyy carajo! —Dijo Felicia en tono seco, mientras limpiaba con sus dedos el hilo de sangre que comenzaba a descender por su antebrazo. Me pinché. Matilde dijo —espere que voy a buscar algo para limpiarle la herida. —Matilde se dirigió a la casa, mientras Felicia rápidamente secaba las lágrimas que imprudentes comenzaban a deslizar por sus mejillas.

Al volver Matilde se percató de la humedad en sus ojos y le dijo. —Señora, ¿le sucede algo, se hizo tanto daño así, está usted a punto de llorar?

Fue inevitable romper en llanto y Felicia le dijo: —no lloro por las rosas. Se levantó bruscamente y se encerró en su habitación.

Matilde entendió su necesidad de estar a solas y se preguntó ¿qué le habría pasado para reaccionar así?, si era que su historia la había conmovido quizá y después de todo no era tan fría y dura, porque no encontraba otra explicación.  Al cabo de un rato, tocó su puerta y la llamó a comer. Ella le respondió que no tenía hambre y quería seguir descansando. Durante el resto de la tarde y hasta la hora de marcharse la señora no salió de la habitación y Matilde se marchó a su casa.

Esa tarde la memoria fue un látigo implacable. Felicia recordó con tristeza aquel embarazo adolescente indeseado e inoportuno para su familia. La hija del Embajador embarazada era un escándalo. Lo que ella pensara o sintiera no importaba. Sabía que al término de su gestación ese niño o niña sería entregado en adopción y ella nunca más sabría de la criatura. Ella se plegó con sumisión a la voluntad de sus padres y con el miedo que le producía perder los beneficios de una vida con holgura económica heredados por ser la hija única de un padre y madre ricos.

Volvió a hacerse la misma pregunta que en ocasiones se hacía: —¿Qué hubiese pasado si ella se hubiese revelado a sus padres?,  si ella hubiese buscado a aquélla niña que apenas pudo mirar cuando nació; ¿qué sería de la vida de esa niña? Admiró el coraje y la valentía de Matilde, algo que ella nunca había tenido.

Al día siguiente Matilde llegó a la casa y Felicia ya estaba desayunando. —Buenos días señora, se levantó usted muy temprano hoy. —Sí, anoche dormí un poco mal.

Ese día Felicia le pidió a Matilde que terminara las labores un poco antes y le diera un masaje relajante, porque se sentía un poco tensa. Llegó la hora del masaje y mientras Matilde acondicionaba el lugar, ésta le preguntó.

—¿Usted nunca ha trabajado señora Felicia?

—No, Matilde, yo quería estudiar Derecho en la Universidad, pero me casé muy joven a los 18 años, con un militar; por su trabajo durante unos cuantos años viajamos mucho tiempo, luego vinieron los hijos y mayores responsabilidades y me olvidé de mis sueños de ser abogado y trabajar.

Lástima, pensó ella, consideraba a su patrona una mujer muy inteligente.

—Debería buscar otro sueño ahora y empeñarse en conseguirlo, algo que le guste o algo que necesite, algún hobbie al que pueda dedicarse además de la jardinería.

—Tienes razón, afirmó con la nostalgia Felicia.

—Mientras Matilde masajeaba la espalda de Felicia, las interrogantes una tras otra como en fila india desfilaban por su pensamiento,  ¿Y si era hora de buscar esa niña, ahora una mujer?,  ¿y por dónde empezar, si ni siquiera sabía qué había hecho su padre con esa criatura?, ¿saberlo cambiaria en algo las cosas?…y si ¿ella no quería saber nada y la rechazaba?,  ¿estaría sana, bien, o enferma?, ¿tiene sentido ya a estas alturas de mi vida hacerlo?.

—Señora, la siento tensa, relájese, respire, piense en algo agradable, dijo Matilde.

Felicia se abandonó a un paisaje agradable que recreó para lograr la relajación y finalmente el cansancio la venció y se quedó dormida.

A la mañana siguiente el teléfono sonó faltando quince minutos para las seis, Felicia se despertó sobresaltada.  Al otro lado estaba  Matilde que atropellaba sus palabras

—Señora, Felicia, ¿me escucha, me escucha? Disculpe la hora, estoy en el hospital con mi hijo, tu, tu… tuve que traerlo por un fuerte dolor en el estómago, estoy esperando que lo atiendan. No puedo ir al trabajo, usted me comprende.

—Claro Matilde, te comprendo, por favor avísame luego en cuanto sepas qué tiene el niño.

Era el primer día que Matilde faltaba en los casi seis meses que llevaba trabajando para ellos.

Unas horas más tarde Matilde se comunicó nuevamente para decirle que habían tenido que operarlo de emergencia por apendicitis.

—¿Necesitas algo Matilde? ¿No dudes en pedírmelo, algo de dinero?

—Señora Felicia, usted no sabe lo que esto significa para mí, no quiero abusar, pero si puede adelantarme el pago de mi próximo sueldo, me ayudaría a resolver algunas cosas. Hoy dejan hospitalizado a Manuel, mañana si todo va bien le dan el alta.

—No te preocupes Matilde, esta tarde voy al hospital y allá conversamos con calma.

De camino al hospital, Felicia decidió hacer una parada en el supermercado, compró algunas frutas para ellos, y algo listo de cenar para Matilde. Al llegar preguntó por el número de habitación de Manuel Contreras y se dirigió hacia ella. Apenas entró vio a Matilde sentada al lado de la cama y se dirigió a ella, se giró para saludar el niño a quien veía por primera vez y su respiración se paralizó por segundos. Aquél niño era el vivo retrato en miniatura del único hombre al que había amado en su vida y la había embarazado a los diecisiete años. El parecido era increíble.

Su corazón empezó a agitarse cuando comprobó además que el niño tenía ese peculiar lunar —una especie de pera invertida de color marrón claro en  una de sus mejillas–, el mismo que aquél hombre tenía pero en su espalda.

—¿Señora Felicia, se encuentra bien. Está usted pálida, como nerviosa?

—Me encuentro bien, solo que los hospitales no me gustan. Disculpa Matilde, acabo de recordar que debo llamar a mi marido, salgo hago la llamada y vuelvo. Felicia salió disparada como una flecha de la habitación a tomar aire, lo necesitaba  para recomponerse. La vida y su pasado se devolvían como un boomerang. Las lágrimas inoportunas corrían por sus mejillas mientras se preguntaba, y ahora ¿qué hago? Convencida de que aquel impresionante parecido del niño y el lunar eran la prueba fehaciente de sus lazos de sangre.

Ella quería primero corroborarlo, estar segura. Al cabo de unos minutos entró nuevamente a la habitación miraba y miraba al niño. Necesitaba salir de ahí.

—Matilde, te traje dos meses de sueldo adelantado; por el trabajo no te preocupes, lo primero es el niño. Luego con calma hablamos, tengo que marcharme.

—Felicia abordó su lujosa camioneta blindada y de vidrios ahumados y rompió en llanto, estaba paralizada por el miedo y la culpa.

Al volver a casa, se encerró en su habitación para pensar qué haría.

Durante la cena Felicia habló con su marido y le comentó que habían operado al hijo de Matilde, que si no le importaba le diría que ella y el niño se fueran al anexo que disponían para huéspedes mientras éste se recuperaba y así Matilde podía continuar con sus labores. Esa era la excusa para tenerlos cerca y concretar su plan.

Felicia compartió vía telefónica con Matilde su idea que se fueran al cuarto de huéspedes durante una o dos semanas mientras el niño se recuperaba totalmente, así estarían más cómodos y ella podría seguir con flexibilidad sus labores de trabajo.

Matilde aceptó, entre sorprendida y complacida.

Manuel pasaba algunos ratos en el jardín, Felicia compró algunos juguetes para él, conversaba y a ratos jugaba con el niño. Matilde los observaba con curiosidad, habían hecho buenas migas y la señora se comportaba amable y cercana con ambos, parecía no darle fastidio ninguno que estuvieran esos días en su casa.

Felicia pudo tomar una muestra de Matilde para una prueba de ADN, necesitaba confirmar científicamente, lo que ya con certeza y que escapaba a la ciencia ella sabía,  que eran su hija y su nieto. Su corazón se lo decía. Transcurrieron dos semanas y ellos volvieron a su casa, Felicia le dijo a Matilde que podía llevar alguna tarde al niño a su casa, para que se bañara en la piscina o jugara en el jardín. Le subió el sueldo, la trataba con mayor amabilidad y cercanía.

Los días siguieron transcurriendo con normalidad. Llegó finalmente el momento esperado en el que Felicia debía retirar los resultados de la prueba que decididamente confirmaron su corazonada. Matilde era su hija. Apretó el sobre contra su pecho y lloró. Se dirigió a un parque cercano y se sentó allí, sola con sus pensamientos, recuerdos. No diría nada. No revelaría a nadie su secreto, era un pasado que ella había decidido sepultar y que nadie conocía y así debía mantenerse.

Al volver a casa ya Matilde se había marchado, estaba sola, entró al estudio, se sirvió un whisky doble y llamó a su abogado. El hombre de leyes acudió y obediente tomó nota de los deseos de Felicia. Felicia decidió modificar su testamento, en su afán de lavar su conciencia y culpa y de algún modo proteger a su hija y nieto, dejando una de sus propiedades para darles algo de piso y seguridad, pensaba ella. Un pequeño apartamento de dos habitaciones del cual disponía y una cantidad generosa de dinero. Esa noche mientras desmaquillaba su rostro frente al espejo pensó.

—Es mejor así, todo debe quedar así.

Matilde volvió a la mañana siguiente, Felicia entró a la cocina y le dijo:

—Matilde, necesito que hoy limpies de nuevo la cubertería de plata, tenemos una cena muy importante esta noche. Voy al supermercado a comprar las cosas y luego cuando vuelva conversamos sobre el menú.

Matilde dejó lo que estaba haciendo y se dispuso a seguir las instrucciones de su patrona.

Felicia abordó su camioneta lujosa y blindada, se miró al espejo retrovisor y volvió a repetirse  —es mejor así, todo debe quedar así.

Ella no diría nada, no revelaría a nadie su secreto, pero si había hecho lo único que consideraba que ella  podía con lo que  le sobraba y consideraba que era útil  para compensar aquellos años de ausencia y miseria: el dinero.


Narsa Silva

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Narsa A. Silva Villanueva (Caracas, Venezuela 1972)

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