Pompón Rojo

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Pompón rojo, todos en la escuela le daban este apodo. Llevaba vaqueros azules índigo, un color que me inspira últimamente, un jersey rosa viejo, y zapatos deportivos blancos con una fina linea roja como el pompón. Chico o chica no importa, si lo hubiera llamado Caperucita ya estaría tachado de sexista.
Estaba atravesando el bosco para ir a visitar a sus abuelos y llevarles una torta. Su mama había preparado la pasta y su padre el relleno, o inversamente, lo que sea.
Caminaba silbando con alegría, cuando surgiendo del horizonte apareció un rumor ensordecedor y negro, era una poderosa moto montada por un personaje vestido enteramente de piel y con casco integral. Un inscripción en cima de la visera oscura amenazaba: «Los lobos». No se entendía si era un varón o una hembra, pero no es importante, o más bien lo es.
— ¿Adónde vas así cargado? —preguntó con una voz oscura y dulce al mismo tiempo.
— Al final del bosco, a la villa de mis abuelos.
— Está lejano. ¿Quieres que te llevo hasta allá?
— No, gracias, me gusta caminar, — respondió Pompón rojo. Sus padres le habían enseñado que un chico o una chica, no importa, no debía subir al vehículo de … una persona desconocida.
Él motociclista negro, dio una vuelta y desapareció rápidamente en la lejanía.

Cuando Pompón rojo llegó a la casa de sus abuelos, tocó el timbre, la puerta se abrió inmediatamente el casco negro lo esperaba, lo arrastró adentro y cerró la puerta. Los abuelos estaban atados, amordazados y la caja fuerte estaba abierta. El lobo o la loba, bueno lo que sea, se lanzó sobre Pompón rojo y satisfizo sus peores instintos sin vergüenza ninguna.
Para seguir el modelo de Charles Perrault, el que prefiero, tendría que escribir aquí una moraleja que no me atreve a componer. Entonces concluyamos al modo de los hermanos Grimm.
El abuelo o la abuela, nunca lo sabremos, apenas oyeron el rumor aterrador que hacía la moto, no dudó en activar el botón de alarma que los conectaba a la central de emergencia. Antes que el agresor negro pudiera atentar a la inocencia de Pompón rojo, un equipo de policías encapuchados irrumpió a la villa y capturaron a nuestro malvado animal.
Así se termina al modo de Hollywood nuestro cuento, dejando a los lectores, y no a los censores, la tarea de sacar la moraleja de esta historia.

 Jean Claude Fonder