Casi perfecta

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Sentada en primera fila estaba disfrutando el concierto magistral y maravilloso de esta espigada y hermosa joven de apenas diecinueve años; el público la ovacionaba al terminar cada ejecución. El repertorio incluía las piezas de grandes clásicos y también jazz. Una sublime fusión de ambas la hacían sobre el escenario única, especial y con una voz que parecía dibujada por los ángeles. Las lágrimas corrían sin pudor por mis mejillas, aquélla niña era toda una mujer, toda una artista y yo estaba ahí para apoyarla, su profesora durante ocho años.
Al volver del intermedio se dirige al medio del escenario y toma el micrófono. Esta pieza fusión clásico/jazz que a continuación haré lleva por nombre “Casi perfecta”, es la más especial y entrañable de todas. Está dedicada a una de las mujeres más importante en mi vida; mi profesora de piano por ocho años y mi mentora: Margaret. A ella le debo lo que hoy soy. Cuando me escuchó la primera vez interpretar un clásico recuerdo sus palabras: tu ejecución fue “casi perfecta”.

Me emocionó hasta las lágrimas, ella la pequeña Nicole, ahora una mujer con un talento avasallante. Mientras ejecutaba la pieza los recuerdos se agolparon en mi cabeza y como en fila india pasaban frente a mí. Recuerdo nuestro primer encuentro. 

Impecablemente vestida ahí estaba parada al lado de su madre al fondo del hall de entrada de esta enorme mansión que-rápidamente radiografié- semejaba en su interior más a un palacio monárquico que a cualquier otra cosa. Esta niña de belleza antigua y rostro melancólico era considerada prodigio del piano con apenas ocho años de edad, según me había advertido repetidamente su madre al teléfono y su antiguo profesor de piano. Lucía como un hermoso, delgado,  y cuidado maniquí infantil. Camisa  blanca manga larga abotonada hasta el cuello, perfectamente planchada, sin una arruga, falda azul oscuro de pinzas que le cubrían las rodillas, medias panty de nylon blancas, zapatos negros de patente que destacaban sobre aquel piso brillante e impoluto de mármol. Su  cabello, rubio con ligeros rizos recogido por un hermoso cintillo azul y blanco. De aquellos labios de un rosado intenso que parecía hubiese pintado con un labial, salió una voz dulce y cálida que contrastaba con la rigidez de su cuerpo —Buenos días profesora Margaret. 

Caminé hasta ella mientras respondía el saludo –Hola Nicole. Tenía la firme intención de inclinarme hasta darle dos besos pero la madre de Nicole, otro maniquí bien cuidado, se adelantó bruscamente a mi paso, extendió su mano derecha para saludarme, mientras con la izquierda miraba su reloj, estrechó con fuerza mi mano y en tono seco advirtió: —Buenos días profesora, llega usted con seis minutos de retraso según la hora acordada,  pasemos al salón. 

Me dio la espalda sin esperar que respondiera el saludo y avanzó frente a mí. 

—Buenos días señora Elizabeth, le dije.  

No perdí tiempo en dar una explicación por los seis minutos que tardé desde que estacioné mi vehículo a unos cuantos metros de la casa y los segundos que perdí en explicarle a uno de sus sirvientes, otro maniquí, que venía para la entrevista de profesora de piano de la niña.

Nos sentamos en aquél salón con muebles Luis XV. La madre y la niña adoptaron la misma postura, yo frente a ellas. Inmediatamente alzó con su mano derecha una campanita que sonó tres veces. 

–He ordenado té y galletas, para nosotras. –Muchas gracias, respondí. En breves segundos apareció una sirvienta con bandeja en mano.

La sirvienta hacía lo suyo, y la madre de Nicole no le perdía detalle, yo aproveché para detallar a la niña. Definitivamente el cuadro frente a mí me hacía comprender la rigidez de aquel cuerpo infantil y su dejo melancólico y triste. 

Mientras degustamos la merienda, la madre con mi currículum en mano fue haciendo énfasis en mis experiencias más importantes, quería saber en detalle algunas cosas que yo gentilmente respondí. Luego pasó a detallarme la experiencia de la niña que desde los cuatro años empezó a recibir lecciones de piano y que yo sería la quinta profesora que había pasado por ahí en cuatro años.  

Tendríamos ya alrededor de unos cuarenta minutos cuando volvió a mirar su reloj y me dijo, bueno profesora, tengo cinco minutos más de mi tiempo para usted, si desea preguntarme algo, adelante. Era la entrevista más quisquillosa y aburrida que en mis casi veinte años de experiencia dando clases había tenido. Yo llevaba una lista mental con varias preguntas que pensaba, antes de empezar la entrevista, iba a poder realizar, pero obviamente  el implacable corto margen de tiempo que me dejaba para hacerlo solo me dio espacio para tres.

—Nicole, ¿Cómo te sientes cuándo tocas el piano?, ¿cuáles son las piezas favoritas y cuál es para ti hasta ahora la más difícil de ejecutar?

—A Nicole le gusta interpretar, por supuesto… 

—Disculpe señora Elizabeth, me gustaría escuchar la respuesta de la niña. 

—La respuesta va a tomarle más de los cinco minutos que tengo disponible. Lo que quiera saber ya tendrá el tiempo de averiguarlo con ella a lo largo de las clases. Serán como acordamos: lunes y jueves de cuatro a seis de la tarde. Comenzamos el lunes próximo.  Lo fundamental para mí es que la niña esté lo mejor preparada posible para su próxima audición. De ésta dependerá que la admitan o no en el conservatorio de música más prestigioso de la ciudad y a hacia eso apuntamos mi marido y yo. 

Se levantó en modo brusco, tomó a la niña de la mano me saludó  y dio por terminada la entrevista. 

El lunes siguiente llegué con cinco minutos de antelación de la hora acordada. Puntualidad inglesa. 

La audición de la pequeña Nicole estaba estipulada para ocho meses más adelante. Durante ese período tendría el tiempo suficiente para conocer e interactuar con la niña y prepararla lo mejor posible. 

Nicole se sentó al piano con la postura impecable: espalda erguida, las manos con delicadeza sobre las teclas. Esperaba una instrucción de mi parte. 

—Toca la pieza que más te guste, le dije suavemente. 

—Ella me miró fijamente unos segundos. Luego comenzó su ejecución.

La observé unos segundos, luego cerré mis ojos. Lo que escuchaba era técnicamente casi perfecto; me impresionó la destreza y habilidad para ejecutarla de ese modo a tan corta edad. Abrí mis ojos y decidí observarla.  No había pasión, no había emoción, carecía de vida. 

Al terminar su ejecución, la abordé 

— ¿Te gusta tocar el piano Nicole?   

—La niña encogió sus hombros, encorvó su espalda  y miró al piso. Guardó silencio. 

Yo también hice silencio. Esperaba pacientemente que saliera de sus labios algo, aunque obviamente no sería la respuesta que yo ya  intuía. 

—Un tímido Si salió de sus labios. 

—Mi mamá quiere que yo sea una gran pianista. 

—¿Y qué quieres tu Nicole? –¿Quieres también ser una gran pianista? 

Alzó sus hombros y los bajó, sin mirarme. 

—Sí, está bien, estoy estudiando para eso. 

—¿Y tú papá, también quiere que seas una gran pianista?

—Mi papá siempre quiere lo mismo que quiere mi mamá. 

Su respuesta venía a confirmarme lo que ya pensaba. 

—Dime algo que te guste mucho hacer, un hobbie. 

—Ummm, bueno me gusta escuchar música, también me gusta hacer dulces, pero mi mamá no me deja. Dice que para eso está la cocinera, que yo soy muy pequeña y me tengo que dedicar al piano. 

Me senté a su lado, puse mi mano sobre su cabeza con delicadeza y le dije: 

—Para ser una gran pianista se necesitan varios ingredientes, como cuando preparas un dulce, por ejemplo: que te guste la pastelería, que conozcas la receta que vas a preparar o tengas un recetario que te indique paso a paso cómo hacerla, que hayas comprado todos los ingredientes, que coloques la medida exacta de cada uno de ellos, pero no debes olvidar hacerlo con amor y pasión, que disfrutes haciéndolo y que el resultado final sea tan delicioso que hagas disfrutar a los demás. Igual pasa con la música, exactamente lo mismo, ¿me comprendes?

—Sí, profesora Margaret.

—Tu ejecución fue “casi perfecta”, pero vamos a trabajar en las clases no solo la técnica, sino también que te sueltes cuando lo haces, que te relajes y lo disfrutes. Quiero que disfrutes y sea para ti una experiencia placentera. 

Era para mí evidente que aquélla niña no le apasionaba lo que tocaba en el piano, aunque lo ejecutaba ciertamente de manera magistral y que obviamente no era su elección. Aproveché las esporádicas ausencias de la madre para hacer cosas distintas a una tradicional clase de piano: vimos videos de conciertos de piano; leímos sobre la vida de los grandes pianistas; vimos clases los días más soleados en el jardín; tendidas sobre la hierba también estudiamos las partituras. 

Nicole se veía cada vez más distendida, sonreía más a menudo. Disfrutaba de mi compañía y de las clases. 

El lunes siguiente llegué con unos diez minutos de antelación a nuestra  clase, ese día su mamá no estaba en la casa. La puerta del salón donde se encontraba su piano estaba ligeramente abierta. Desde el hall de entrada se escuchaba una magnifica pieza de jazz y a medida que me fui acercando escuché una voz maravillosa, con un toque áspero que le daba un color muy particular; debe ser algún familiar joven que está de visita, al abrir la puerta y ver de espalda a Nicole mi piel se erizó por completo. 

Era ella, su voz, sublime tocaba y cantaba con una pasión desbordada. Estaba realmente conmovida hasta las lágrimas. 

Al terminar, la aplaudí con todo el entusiasmo que emanaba de mi cuerpo; ella se giró sonrosada. Vio mis lágrimas y vi como de sus hermosos ojos salían tímidamente las suyas. Se levantó y vino corriendo hacia mí y nos fundimos en un abrazo emocionadas. 

—Nicole, eres increíble, maravillosa, fantástica, única. Ya comprendo cuál es tu pasión. Pues te diré algo: tienes que poner la misma pasión en todo lo que haces, aunque ese todo incluya cosas que quizá no te gusten o disfrutes al máximo, y luego disfrutarás mucho más las que si te apasionan. Sigue estudiando los clásicos y cuando tu madre no esté en casa sigues tocando jazz y yo estoy aquí para apoyarte. Entrarás al conservatorio y cuando alcances la mayoría de edad eres libre para hacer lo que verdaderamente amas. Los ocho meses como profesora se convirtieron en ocho años y mucho más que eso. 

Y así fue, ahí estaba Nicole, once años más tarde, con sala llena y la ovación de pie al terminar su maravilloso concierto que fusionaba clásico y jazz. 

Volví a la realidad con la ovación de pie al terminar la pieza, maravillosa, llena de pasión dedicada a mí.  

Al terminar su concierto fui a buscarla, nos abrazamos largamente, lloramos ambas. 

Gracias Nicole, ha sido una sorpresa maravillosa y un honor que me dedicaras un tema. No puedes imaginar lo orgullosa y emocionada que estoy. 

Gracias a usted, soy casi perfecta. Ambas sonreímos. 


Narsa Silva

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Narsa A. Silva Villanueva (Caracas, Venezuela 1972)

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