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En una bella ciudad portuguesa, un pequeño cementerio de dulce nombre alberga el panteón del que fue el más querido editor de la historia reciente del país.

Edificado como una villa diminuta y vertical, dos cipreses jóvenes lo protegen de los vientos del norte. Un estrecho porche interrumpe la regularidad del friso de azulejos que rodea la construcción. En la parte alta de la pared lateral, bajo el tejado a dos aguas, un reducidísimo balcón de forja permite al alma del difunto asomarse a contemplar el panorama en las noches de luna clara.

Sobre la puerta, flanqueada por maceteros del tamaño de cajas de zapatos en los que florecen pensamientos, hay una placa en la que puede leerse este poema de autor desconocido:

Quedó la araña aplastada
entre las páginas de un libro
como la flor siniestra
de un monstruo de novela.
Pero ella entregó su bella vida,
todas sus telas sin tejer,
por pasear sobre unas letras
que parecían sus hijas.
(Encuentro de una araña con las letras)

Todo esto en portugués, que suena mucho más bonito.

 Ángela Nordenstedt

© Angela Nordenstedt, imágenes y textos