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El pasado día 27 de abril apareció en Reddit y subsecuentemente se hizo viral en cualquier otra tipología de medios sociales una foto del mercado nocturno de libros de Bagdad. ¿Qué tenía de raro esa foto? Eran pilas de libros ordenadas sin nadie que las vigilara. Por que, como se explicaba en las notas a la foto, «los iraquíes dejan los libros en la calle, ya que piensan que los lectores no roban y los ladrones no leen».

Aparte que eso me parece fantástico, me pregunto entonces, cómo es posible que en las librerías de mi civilísimo país sigan robándose libros con una voracidad casi pantagruélica, pese a ser Italia uno de los países donde menos se lee en el mundo. Datos sacados de artículos aparecidos en la prensa nacional en 2016 (lo siento, no encontré datos más recientes) relativos a la cadena de las librerías Mondadori: va robado 1 de cada 10 libros tan cuidadosamente empilados por los empleados de la empresa en toda Italia. En las librerías más pequeñas, las independientes, la cosecha de los ladrones es más modesta: 1-2 libros cada semana. Y sin embargo el dato más curioso entre los libros más robados en la ciudad se encuentran tanto las novelas de Jonathan Frenzen como el manual “Ajedrez for dummies”. Me gustaría conocer a todos esos aficionados del ajedrez, que por cierto aquí no es uno de los hobbies más comunes (puede que haya más jugadores de petanque).

Roban los estudiantes, cuando no tiene dinero para comprarse los libros. Roban hombres y mujeres, los primeros en las grandes cadenas o en los supermercados, las segundas en librerías más pequeñas, ya que sus bolsos no despiertan alarmas en los dueños de las tiendas. Lo cual es un contundente ejemplo de la lejanía que existe en este país entre el poderoso mundo de la moda y el salvaje universo de los libros, ya que cualquier lector no de libros sino de Vogue se pondría sospechoso al ver mujeres con bolsos tan grandes, considerando que la tendencia de las últimas temporadas es de ir con bolsos pequeñísimos y rigurosamente de mano (mejor si de colores chillones, nada menos).

Notas de estilo aparte, existe también la categoría de los ladrones fetichistas. Los que roban un libro por razones románticas, espirituales, humanitarias o no sé qué. En ese grupo casi entro yo por haber intentado robar un libro hace trece años. Era un volumen pequeñito, 54 páginas, un elenco alfabético de los lugares citados por Dante Alighieri en la Divina Comedia. ¿Por qué quise robarlo? Estaba en una caja, en un sótano de una biblioteca (no es importante contar ahora porque de adolescente frecuentaba aquel sótano), donde unos cuantos libros esperaban ser catalogados desde 1976. Yo ni había nacido en 1976, ni las arañas que habían tejido sus telas por ahí – las arañas son lo más asqueroso del mundo. Así que lo mío no fue un robo. Fue una operación urgente de rescate. Yo quería salvar al libro. Maté las arañas y me apropié sin permiso del primer libro de la caja. Como el libro era tan pequeño, caía en un bolsillo de mis vaqueros. Encontró su sitio en una estantería en mi habitación, entre otros ejemplares de su especie. Ahí se quedó casi un año. Después no pude más con el remordimiento que me entraba cada vez al verlo. Volví al sótano de la biblioteca y repuse el libro en la caja.

Si es verdad, como dicen los iraquíes, que los lectores no roban y los ladrones no leen, tomé la decisión más sabia de mi vida.

Alessia Scurati