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“Lo único constante en la vida es el cambio”, afirmó Heráclito; me apropio de este pensamiento, entre mis predilectos, porque es contundente y cierto, como que el sol sale por el este y se oculta por el oeste, a diario.

Cambiamos físicamente a medida que crecemos y avanzamos en edad; lo menos tangible y, en mi opinión, más trascendental, son los cambios internos, esas pequeñas, medianas o grandes metamorfosis que se experimentan a lo largo de nuestro recorrido: modificamos ideas, perspectivas, enfoques y emociones. También están los cambios geográficos dentro de nuestro país: mudanzas de uno mismo hacia otros territorios; y quienes nos contamos entre la experiencia de vivir un gran cambio vital: emigrar. Una especie de salto cuántico donde toca reinventarse. En ello estoy desde que llegué a Italia, en septiembre 2015.

Hablar en primera persona no es sencillo, pero debo introducir a los lectores en mi yo “Quién soy y cómo llegué aquí”, así que, en negro sobre blanco, me tomo la licencia de esbozar estas pequeñas pinceladas; trazos de una obra en continua ejecución.

Medanos de Coro

Podría decir que mi primera pequeña/gran metamorfosis, me gusta denominarla mi primera “emigracíón” la experimenté a los doce años; por el trabajo de mi papá nos mudamos de Caracas a Coro (en el occidente del país). Dos ciudades distantes geográficamente y muy distintas. En mi mirada de recién estrenada adolescente mi única alternativa era aprender a fluir con los cambios: cambio de clima, ciudad, colegio, casa.

Cinco años más tarde, volví a Caracas, al lugar donde sentía que pertenecía, a estudiar en la Universidad la carrera de Comunicación Social y obtuve mi título en la mención de periodismo impreso, soy periodista, y desde bien temprano escuché mi voz interior que claramente decía que eso era lo que quería hacer en mi vida y deseaba realizarlo mi ciudad natal, para ese entonces en Coro no había la carrera de periodismo.

Caracas

Años más tarde llegaría la verdadera primera “emigración” Caracas-Madrid, donde viví casi dos años, estudié un máster y trabajé como becaria, un periodo muy corto pero intenso, en la Agencia de Noticias EFE, una experiencia de vida maravillosa.

Dos de los grandes regalos que dejó Madrid en mi vida fue despertar mi dormido espíritu viajero y reconectarme con una de mis grandes pasiones: mi yo lector. No tenía TV y pude volver a la lectura, pasaba horas y horas devorando páginas hasta que el sueño me vencía y pensé en ese tiempo, algún día debo comenzar a escribir “Por qué no”.

Regresé a Venezuela, ejercí mi profesión y le sumé el maravilloso reto de la docencia. Unos cuantos años más tarde vendría otra mudanza, volví a Coro, la ciudad de mi adolescencia, a emprender un negocio familiar. Un regalo en mi existencia, igualmente por todo lo aprendido. Por causalidades, que no significa lo mismo que casualidades, me reencontré con el amor de mi vida, habitante de este país, y decidí emigrar literalmente por amor a Italia; un país que había visitado ya, y me había conquistado por su idioma, su cultura, su gastronomía y al que agradezco mi presente.

Lombardía

Recién llegada a Italia, un día frio y gris de otoño salí a trotar, comenzó a llover y en ese momento me detuve y sentí la necesidad de escribir brevemente sobre la experiencia de retomar el hábito de correr y hacerlo en mi nueva vida, titulé el breve escrito Microcuentos de emigrante y la coloqué en mi Facebook. Hice caso nuevamente a mi voz interior y dije “Por qué no”; continuaré escribiendo mis Microcuentos, desde mi mirada de emigrante sobre lo que percibo y vivo a través de mis sentidos.

Y por esas maravillosas causalidades de la vida llegué hasta aquí… 

¿Y ahora?

Esta periodista, emprendedora, bloguera amateur, en el camino de la reinvención, con el mayor placer y humildad se sumerge en esta nueva pequeña/gran metamorfosis a través de sus microcuentos de emigrante, deseo me acompañen.


Narsa Silva

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Narsa A. Silva Villanueva (Caracas, Venezuela 1972)

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