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La Muerte siempre me ronda.
Pienso en ella.
La imagino como un esqueleto que hace ruido de castañuelas cuando se mueve.
La música es de Saint-Saëns.
Está vestida con una larga capa blanca, lleva capucha y una guadaña.
Un día la encontré en México y bailamos.
Ahora la espero y no es una pesadilla.

Cuando escribí este relato corto pensaba en Jacques Brel y su preciosa canción “Les vieux”. Si existiera un Nobel de la canción, Brel sería uno de mis candidatos imprescindibles, un autor poeta y un actor cantante: un verdadero bardo de los de antaño.

Pero no me veo en la piel de uno de sus personajes. Su visión es la de un joven que describe con una tierna crueldad a los viejos de su época. Los jóvenes, hasta que no se acercan a la vejez, temen la Muerte aunque no lo reconozcan. Para eso nacieron las religiones que prometen un después.

Prefiero con mucho el maravilloso personaje de Hemingway en su novela: “El viejo y el mar”. Él no se rinde; sigue luchando, aunque, y no lo niega, su cuerpo ya no está a la altura y necesita la ayuda de un joven. Lucha con la mar y la llama en este modo porque la quiere. La mar que también representa la Muerte posible.

Como foto de portada he elegido un cuadro de Bernardo Strozzi, que se llama, en mi opinión erróneamente “Vanitas”. Admiro la mujer representada que, sin temer a su edad, pone en relieve una belleza que desafía con osadía a las más jóvenes.

En resumen aquí tienen:

  • El viejo y el mar de Ernest Hemingway
  • Vanitas de Bernardo Strozzi
  • Les vieux” de Jacques Brel con las letras en francés y en español
  • Saint-SaënsLe carnaval des animauxFossiles, interpretado por la Orquesta filarmónica de México & Fernando Lozano

 Jean Claude Fonder

Vanitas de Bernardo Strozzi


EL VIEJO Y EL MAR de Ernest Hemingway – extracto

Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban altos, empleaban el articulo masculino, le llamaban el mar. Hablaban del mar como un contendiente o un lugar, o aun un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al genero femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía remediarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer.

Remaba firme y seguidamente y no le costaba un esfuerzo excesivo porque se mantenía en su límite de velocidad y la superficie del océano era plana, salvo por los ocasionales remolinos de la corriente. Dejaba que la corriente hiciera un tercio de su trabajo y cuando empezó a clarear vio que se hallaba ya más lejos de lo que había esperado estar a esa hora.
“Durante una semana, –pensó–, he trabajado en las profundas hondonadas, y no hice nada. Hoy trabajaré allá donde están las manchas de bonitos y albacras y acaso haya un pez grande con ellos.”

Antes de que se hiciera realmente de día había sacado sus carnadas y estaba derivando con la corriente. Un cebo llegaba a una profundidad de cuarenta brazas. El segundo a sesenta y cinco y el tercero y el cuarto descendían allá hasta el agua azul a cien y ciento veinticinco brazas.

Cada cebo pendía cabeza abajo con el asta o tallo del anzuelo dentro del pescado que servía de carnada, sólidamente cosido y amarrado; toda la parte saliente del anzuelo, la curva y el garfio, estaba recubierta de sardinas frescas. Cada sardina había sido empalada por los ojos, de modo que hacían una semiguirnalda en el acero saliente: No había ninguna parte del anzuelo que pudiera dar a un gran pez la impresión de que no era algo sabroso y de olor apetecible.

El muchacho le había dado dos pequeños bonitos frescos, que colgaban de los sedales más profundos como plomadas, y en los otros tenía una abultada cojinúa y un cibele que habían sido usados antes, pero estaban en buen estado y las excelentes sardinas les prestaban aroma y atracción. Cada sedal, del espesor de un lápiz grande, iba enroscado a una varilla verdosa, de modo que cualquier tirón o picada al cebo haría sumergir la varilla; y cada sedal tenía dos adujas o rollos de cuarenta brazas que podían empatarse a los rollos de repuesto, de modo que, si era necesario, un pez podía llevarse más de trescientas brazas.

El hombre vio ahora descender las tres varillas sobre la borda del bote y remó suavemente para mantener los sedales estirados y a su debida profundidad. Era día pleno y el sol podía salir en cualquier momento.

El sol se levantó tenuemente del mar y el viejo pudo ver los otros botes, bajitos en el agua, y bien hacia la costa, desplegados a través de la corriente. El sol se tornó más brillante y su resplandor cayó sobre el agua; luego, al levantarse más en el cielo, el plano mar lo hizo rebotar contra los ojos del viejo, hasta causarle daño; y siguió remando sin mirarlo. Miraba al agua y vigilaba los sedales que se sumergían verticalmente en la tiniebla del agua. Los mantenía más rectos que nadie, de manera que a cada nivel en la tiniebla de la corriente hubiera un cebo esperando exactamente donde él quería que estuviera por cualquier pez que pasara por allí. Otros los dejaban correr a la deriva con la corriente y a veces estaban a sesenta brazas cuando los pescadores creían que estaban a cien.

“Pero –pensó el viejo– yo los mantengo con precisión. Lo que pasa es que ya no tengo suerte. Pero ¿quien sabe? Acaso hoy. Cada día es un nuevo día. Es mejor tener suerte. Pero yo prefiero ser exacto. Luego, cuando venga la suerte, estaré dispuesto.”

El sol estaba ahora a dos horas de altura y no le hacía tanto daño a los ojos mirar al este. Ahora sólo había tres botes a la vista y lucían muy bajo y muy lejos hacia la orilla.

“Toda mi vida me ha hecho daño en los ojos el sol naciente –pensó–. Sin embargo, todavía están fuertes. Al atardecer puedo mirarlo de frente sin deslumbrarme. Y por la tarde tiene más fuerza. Pero por la mañana es doloroso.”

Justamente entonces vio una de esas aves marinas llamadas fragatas con sus largas alas negras girando en el cielo sobre él. Hizo una rápida picada, ladeándose hacia abajo, con sus alas tendidas hacia atrás, y luego siguió girando nuevamente.

–Ha cogido algo –dijo en voz alta el viejo–. No sólo está mirando.

Remó lentamente y con firmeza hacia donde estaba el ave trazando círculos. No se apuro y mantuvo los sedales verticalmente. Pero había forzado un poco la marcha a favor de la corriente, de modo que todavía estaba pescando con corrección, pero más lejos de lo que hubiera pescado si no tratara de guiarse por el ave.

El ave se elevó más en el aire y volvió a girar sus alas inmóviles. Luego picó de súbito y el viejo vio una partida de peces voladores que brotaban del agua y navegaban desesperadamente sobre la superficie.

–Dorados –dijo en voz alta el viejo–. Dorados grandes.

Montó los remos y saco un pequeño sedal de debajo de la proa. Tenía un alambre y un anzuelo de tamaño mediano y lo cebo con una de las sardinas. Lo soltó por sobre la borda y luego lo amarró a una argolla a popa. Luego cebó el otro sedal y lo dejó enrollado a la sombra de la proa. Volvió a remar y a mirar al ave negra de largas alas que ahora trabajaba a poca altura sobre el agua,

Mientras él miraba, el ave picó de nuevo ladeando sus alas para el buceo y luego salió agitándolas fiera y fútilmente siguiendo a los peces voladores. El viejo podía ver la leve comba que formaba en el agua el dorado grande siguiendo a los peces fugitivos. Los dorados corrían, disparados, bajo el vuelo de los peces y estarían, corriendo velozmente, en el lugar donde cayeran los peces voladores. Es un gran bando de dorados, pensó. Están desplegados ampliamente: pocas probabilidades de escapar tienen los peces voladores. El ave no tiene chance. Los peces voladores son demasiado grandes para ella, y van demasiado velozmente.

El hombre observó cómo los peces voladores irrumpían una y otra vez y los inútiles movimientos del ave. “Esa mancha de peces se me ha escapado –pensó–. Se están alejando demasiado rápidamente, y van demasiado lejos. Pero acaso coja alguno extraviado, y es posible que mi pez grande esté en sus alrededores. Mi pescado grande tiene que estar en alguna parte.”


Les vieux ne parlent plus
ou alors seulement parfois
du bout des yeux
Même riches ils sont pauvres,
ils n’ont plus d’illusions
et n’ont qu’un cœur pour deux
Chez eux ça sent le thym,
le propre, la lavande
et le verbe d’antan
Que l’on vive à Paris
on vit tous en province
quand on vit trop longtemps
Est-ce d’avoir trop ri
que leur voix se lézarde
quand ils parlent d’hier
Et d’avoir trop pleuré
que des larmes encore
leur perlent aux paupières
Et s’ils tremblent un peu
est-ce de voir vieillir
la pendule d’argent
Qui ronronne au salon,
qui dit oui qui dit non,
qui dit : je vous attends
.
Les vieux ne rêvent plus,
leurs livres s’ensommeillent,
leurs pianos sont fermés
Le petit chat est mort,
le muscat du dimanche
ne les fait plus chanter
Les vieux ne bougent plus
leurs gestes ont trop de rides
leur monde est trop petit
Du lit à la fenêtre,
puis du lit au fauteuil
et puis du lit au lit
Et s’ils sortent encore
bras dessus bras dessous
tout habillés de raide
C’est pour suivre au soleil
l’enterrement d’un plus vieux,
l’enterrement d’une plus laide
Et le temps d’un sanglot,
oublier toute une heure
la pendule d’argent
Qui ronronne au salon,
qui dit oui qui dit non,
et puis qui les attend
.
Les vieux ne meurent pas,
ils s’endorment un jour
et dorment trop longtemps
Ils se tiennent par la main,
ils ont peur de se perdre
et se perdent pourtant
Et l’autre reste là,
le meilleur ou le pire,
le doux ou le sévère
Cela n’importe pas,
celui des deux qui reste
se retrouve en enfer
Vous le verrez peut-être,
vous la verrez parfois
en pluie et en chagrin
Traverser le présent
en s’excusant déjà
de n’être pas plus loin
Et fuir devant vous
une dernière fois
la pendule d’argent
Qui ronronne au salon,
qui dit oui qui dit non,
qui leur dit : je t’attends
Qui ronronne au salon,
qui dit oui qui dit non
et puis qui nous attend.
Los viejos ya no hablan
o en todo caso sólo a veces
con el rabillo del ojo.
Aunque sean ricos son pobres,
.
ya no tienen ilusiones
y sólo tienen un corazón para dos.
.
En su casa huele a tomillo,
a limpio, a lavanda
y a verbo de antes.
Aún viviendo en París
vivimos todos en provincias
cuando vivimos demasiado tiempo.
¿Es por haber reído demasiado
que su voz se agrieta
cuando hablan del ayer?
¿Y por haber llorado demasiado
que hay lágrimas todavía
que perlan sus mejillas?
Y si tiemblan un poco
¿es por ver envejecer
el péndulo de plata
que ronronea en el salón,
que dice sí, que dice no,
que dice: os espero?
.
Los viejos ya no sueñan,
sus libros se adormecen,
sus pianos están cerrados
El gatito está muerto,
el moscatel del domingo
ya no les hace cantar.
Los viejos ya no se mueven,
sus gestos tienen demasiadas arrugas,
su mundo es demasiado pequeño.
De la cama a la ventana,
luego de la cama al sofá
y luego de la cama a la cama.
Y si salen aún
cogidos del brazo,
vestidos de arrugas,
es para seguir bajo el sol
el entierro de uno más viejo,
.
el entierro de una más fea.
.
Y el tiempo de un sollozo
olvidar por una hora
el péndulo de plata
que ronronea en el salón,
que dice sí, que dice no,
y que les espera.
.
Los viejos no mueren,
se duermen un día
y duermen mucho tiempo.
Se cogen de la mano,
temen perderse
y se pierden no obstante.
Y el otro se queda ahí,
el mejor o el peor,
el dulce o el severo.
Eso no importa,
el que queda de los dos
se halla en el infierno.
Lo verás tal vez,
la verás a veces
lleno de lluvia y tristeza
atravesando el presente
excusándose ya
de no estar más lejos.
Y huir frente a ti
una última vez
del péndulo de plata
que ronronea en el salón,
que dice sí, que dice no,
que les dice: te espero.
Que ronronea en el salón,
que dice sí, que dice no,
y que nos espera.

Saint-Saëns – Le carnaval des animaux – Fossiles