La sombra de Caín

Cuando, tras una trivial disputa familiar, Caín se dejó matar por Abel, fingió estar muerto.

La desmesura de su odio por aquella afrenta le llevó a devolver el golpe. Pero esta vez con eficacia cinematográfica. 

Caino uccide Abele, di Tiziano Vecellio

Por eso, en estos días de ocio obligado y caos desmedido, pienso si aquel odio cainita no tiñó para siempre la faz de la tierra con su sombra ominosa y de ahí nacieron todos los desastres naturales, como de ahí, lo sabemos hasta los descreídos, nacieron todos los desastres humanos, de modo que guerras o terremotos, tormentas perfectas o asesinatos en masa no son sino las dos caras de la misma moneda: el odio cainita. Y parece que Satán y sus huestes se afanaron en sembrar de sombra el solar hispano con mano generosa.

Mis maestros siempre me aconsejaron que, dado mi carácter soñador y algo ramplón, no escribiera nunca sobre la actualidad, que eso era materia de hombres fuertes y eficaces, que lo mío eran mis ensoñaciones, la huida permanente de la realidad, el viaje hacia ninguna parte. En gran medida, siempre he seguido sus consejos. Pero es que lo de hoy es demasiado. Lo que está pasando en el mundo es demasiado. Las grandes transformaciones que nos esperan, o que ya están aquí, es demasiado. Demasiado como para permanecer indiferente o callado.

Si uno quiere empezar mal el día no tiene más que consultar cualquier noticiero. La desaparición de la escena pública de ese presidente que negaba la pandemia, y que a poco se lo lleva por delante, es de las pocas cosas positivas que han pasado en las últimas semanas. Lo demás todo son tormentas, naturales, divinas o humanas. Estamos firmemente instalados en la poética del fracaso. Un fracaso colectivo que arrastra y condiciona la fuerza emocional de cada uno.

Anoche soñé, bendita ilusión, en una especie de resurrección colectiva cuando todo esto pase, si pasa. Pero ¡qué estado de soberbia el de los políticos! ¡Qué estado de sumisión el de los ciudadanos! Hacen falta algunas medidas soviéticas, de esas que no atentan contra la libertad individual. Más bien la consagran. Por ejemplo, la prohibición universal y absoluta de celebrar las navidades cuando no se pueden celebrar.

Soñé, bendita ilusión, que, tras la pandemia, nos poníamos de acuerdo en cuatro cosas básicas: acabar con el capitalismo feroz, proteger la tierra, solucionar la emigración ilegal y liquidar la familia como la única forma consagrada de amor posible. Soñé muchas más, pero estas se me vinieron a la cabeza las primeras, como si yo también estuviera teñido por la sombra de Caín.

Soñé, pero ahora lo que toca es llorar la utópica melancolía de quien pensó que de esta íbamos a salir mejor. No hay nada más que ver cómo cada bancada utiliza lo mismo las mascarillas, que la longitud de las agujas, que la nieve caída del cielo como la quijada de Caín contra Abel.

¿Es posible que nadie haga nada bien para mantener esta guerra abierta por encima y más allá de la única guerra a la que verdaderamente nos enfrentamos? No lo sé. Lo cierto es que nos hemos convertido en unos niños bonitos y mimados que no tenemos preparación ninguna para el menor contratiempo. Todo se nos va en reclamar cosas tan absolutamente necesarias para combatir la pandemia como lo que reclamaba aquel joven en la primera ola cuando le preguntaron por qué no se confinaba: ¡Porque tengo derecho a la diversión!

Hoy está triste Madrid. La noche madrileña ha desaparecido por orden imperial. No hay bares, no hay terrazas, no hay discotecas ni clubs de alterne, solo el ojo avizor de los cuerpos de seguridad y ese pestilente ulular de sirenas de ambulancias camino de los hospitales, entre luces que recuerdan las películas de acción Hollywood.

No hay hueco en Madrid para la nostalgia porque las noticias caducan por minutos dada la avalancha en las urgencias, la lúgubre interpretación que de la realidad hacen nuestros políticos y funcionarios, por las trampas para saltarse la cola de la vacunación, porque hace frío y luego sube el termómetro a niveles primaverales o, simplemente, porque todos hemos olvidado que provenimos del paisaje del hambre y nos hemos instalado en la creencia de una felicidad siempre creciente. El prometedor y tecno eficiente S. XXI es un chocolate con churros y unas castañas asadas con sabor a S. XIX.

De todas maneras, la peor parte se la llevarán, como siempre, los amantes. En toda época de intolerancia el amor ha estado muy mal visto, y pandemia mediante, la intolerancia sube de tono. Ahora nada de aquello de tu casa o la mía. Si no vives con tu enamorada no podrás ni coger el ascensor para mantener unos momentos de intimidad apasionada, tan necesarios ahora como siempre. Tendrás que quedarte en la fase de autogestión. Valencia y Madrid ya han prohibido tener relaciones con alguien que no viva contigo, el famoso conviviente. Pronto veremos, imagino, cómo esa sombra cainita se extiende por el solar ibérico y veremos si no llega hasta los confines del mundo.

¡Qué derroche de imaginación! ¡Qué eficacia administrativa!

Arturo Lorenzo.
Madrid, enero de 2021