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Mujer acostada con blusa roja de Egon Schiele

Wally parecía muerta, tendida sobre la superficie áspera, color de papel de embalaje que Egon utilizaba generalmente para sus retratos. Esta vez no estaba desnuda, nada que sea agresivo en esa blusa elegante con un fular naranja y unos pendientes marrones claros. Ella estaba tendida, con una mueca que podría ser una sonrisa, sus labios aún pintados se sintonizaban con el rojo de su prenda.
¿Estaba dormida? Parecía haberse derrumbado al volver de alguna fiesta sin haberse tan siquiera molestado en desnudarse. Y luego esas manos, largas como las pintaba Egon, que se apoyaban en la nariz y la barbilla como para impedirse respirar.
Miré a Egon, levantando las cejas interrogante, y me respondió como hacía a menudo encogiéndose de hombros. Nunca justificaba sus dibujos, que son como enigmas peligrosos de descifrar.
Yo sabía que su relación con Wally no iba bien desde que regresaron a Viena, después de la experiencia de la vida en el campo que le había valido a Egon una estancia en la cárcel. Había sufrido mucho por esta aventura y el viaje había sido idea de Wally.
Y luego estaba Edith, a quien había conocido, todo lo contrario de Wally, una burguesa que quería casarse, tener hijos, llevar una vida “normal”.
Yo había presentado Wally a Egon, la había encontrado en una “casa”, era un excelente modelo que se prestaba a asumir todas las poses, incluso las más atrevidas. En poco tiempo se convirtió en su musa y posó exclusivamente para él.
¿Qué tenía esa muchacha? Recuerdo que estábamos en el Café Muséum, era invierno, entró envuelta en una gruesa prenda, un extraño sombrero de forma redonda clavado hacia atrás sobre su cabeza. No tenía buena pinta. Pero me acordé de su cuerpo de estatua griega, imponente y todo en formas lozanas. La invité a nuestra mesa, entre las del fondo, bajo los libros que movilizábamos casi todo el día, nosotros los artistas. Se la presenté a Egon, quien no le prestó mucha atención. Y aun así, ahora que planea casarse con Edith, Wally sigue siendo su modelo favorita. Me contó que pensaba trabajar con ella durante el período de verano, alejaría a su esposa para las vacaciones y aprovecharía para realizar algunos dibujos inspirados en ella.
¿Qué pasó en las primeras sesiones de posado? No sé, me lo imagino. Ella era totalmente impúdica, apenas entraba en el taller se desnudaba delante de ti sin esperar, sin esconderse detrás del biombo y ponerse una bata. Y si había que encontrar una pose sugerente no dudaba en participar, y ahora este dibujo extraño. Insistí.
—¿Egon que ha pasado?
Me miró largamente y finalmente me respondió.
—Esta tarde, vino a verme al café Eichenberger, estaba furiosa. Había ido al taller y había visto mi último dibujo, el de la mujer sentada con la pierna levantada. Creyó reconocer a Edith porque elegí un pelo pelirrojo que encajaba bien con el verde de la camisa. Como no se calmaba, le entregué la carta que siempre me negué a darle.
—¿Qué carta?
—La que Edith me obligó a escribirle cuando nos casamos. Le decía que me iba a casar con Edith y que teníamos que dejar de trabajar juntos.
—Pero estás loco. ¿De dónde sacaste esa carta?
—La encontré hace unos días en mis viejos papeles.
—¡Egon! La pobre.
Entendía ahora lo que había pasado, cervezas, aguardientes y pastelerías. Ella había bebido hasta no poder ponerse de pie y Egon tuvo que acompañarla a su taller.
Egon, sin decir una palabra, envolvió el dibujo cuidadosamente, lo puso en un tubo de cartón y me lo dio. Tenía los ojos nublados.
Al año siguiente Edith y Egon murieron de gripe española.

 Jean Claude Fonder