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Con delicadeza fue subiendo lentamente las medias panty que iban en perfecta armonía con su piel bronceada,  no quería arruinar otro par, como la noche anterior; siempre por precaución tenía dos o tres en el armario. Terminó de colocárselas y luego alzó los brazos y el vestido rojo se deslizó con suavidad a través de su cabeza, de sus brazos y descendió por aquel cuerpo esbelto, esculpido y magro. Se sentó frente a la peinadora, se miró al espejo para retocar los últimos detalles de su maquillaje. Se colocó el labial rojo escarlata que tanto le gustaba, apretó sus labios suavemente uno contra otro, se acercó al espejo y repitió la misma frase que le servía de mantra. “Es tu noche, a cantar y triunfar” y lanzó un beso a su imagen reflejada en el espejo. La puerta del camerino se abrió y un hombre alto y fornido le dijo: en dos minutos al escenario Rubí. 

Rubí caminó por el pasillo haciendo sus acostumbradas respiraciones y sonidos un tanto extraños para calentar su voz. Salió al escenario, totalmente oscuro, silencio absoluto, se colocó al centro y las luces iluminaron su 1,80 de estatura. El público aplaudió eufórico, Rubí lanzó un beso con su mano que extendió de izquierda a derecha para alcanzarlos a todos. 

¿Están listos para otra gran noche mis amados? 

Siii a coro, gritaba buena parte de los asistentes. 

—“Que te pedí que no fuera leal comprensión que supieras que no hay en la vida otro amor como mi amor. Que no te di que pudiera en tus manos poner que aunque quise robarme la luz para ti no pudo ser”… el público aplaudía emocionado. 

Desgarradora como la autora de este bolero inmortal, La Lupe; se adueñaba del escenario, vivía las letras y las hacía vivir descarnadamente a quienes asistían a verla y escucharla de jueves a sábado. Rubí era la estrella principal del cabaret, de eso no había ninguna duda.  Impecable en su atuendo, un físico bien cuidado, -gracias al ciclismo que practicaba desde su adolescencia-, una voz privilegiada que abarcaba desde los bajos hasta los agudos con una ligereza de alguien que tiene escuela y práctica. Cinco años ya cantando le conferían la seguridad y las tablas para sentirse la reina de aquél recinto. 

—“Hoy me pides tú las estrellas y el sol no soy un Dios así como soy yo te ofrezco mi amor no tengo más pide lo que yo puedo darte no me importa entregarme a ti sin condición ay ay ay”

Se dio la vuelta, caminó lentamente hacia el borde del escenario y de la abertura del lado izquierdo de su vestido mostró con sensualidad  la pierna que parecía esculpida por un pintor, larga, firme, con músculos delicadamente definidos. 

El vestido ceñido al cuerpo dejaba ver su bendecida anatomía, un cuerpo delgado y fibroso; su rostro ovalado, de rasgos muy finos, una nariz perfilada,  labios ligeramente carnosos y unos hermosos ojos almendrados color verde; el cabello: esa noche era negro y ondulado, en cada presentación le gustaba lucir una peluca distinta. 

—“Pero qué te pedí tú lo puedes al mundo decir que supieras que no hay en la vida otro amor como mi amor”.

Esa noche, como de costumbre, Rubí deleitó intermitentemente a su público por tres horas, luego de cada hora de show, Rubí tornaba a su camerino, tomaba algún ligero trago y descansaba. Solo al terminar el show bajaba al escenario a saludar a sus fieles seguidores. Era ya su ritual; esa noche al terminar, volvió al camerino, se quitó cuidadosamente el maquillaje, dejó todo su atuendo en el armario, se cambió de ropa, se montó en su carro y se dirigió alrededor de las dos de la madrugada a casa en el mismo trayecto de una hora y media de carretera que hacía de jueves a sábado durante los últimos cinco años de su vida. 

Esa noche, por primera vez, el cansancio y el sueño estuvieron a punto de jugarle una mala pasada. Lo sacudió de su breve adormecimiento la corneta que sonaba repetidamente el automóvil que venía en la vía contraria. Rubí reaccionó rápidamente y un movimiento ligeramente brusco al volante lo regresó a su canal. Respiró agitadamente y tomó un sorbo de agua para pasar el mal trago del momento. Encendió la radio y la colocó a todo el volumen que podía para mantenerse alerta el resto del camino.

Al llegar, pasó como siempre hacia por el cuarto de su pequeño hijo Tomás, de cuatro años, le dio un beso en la frente y se dirigió hacia su habitación. Caminó en punta de pie al baño, se quitó la ropa y se dio una ducha de agua tibia para quitar el cansancio. Se colocó el pijama y entró cuidadosamente a la cama para no despertar a su pareja, pero su intento fue inútil, ella se volteó y le dijo:

—Roberto, mi amor, ¿cómo estuvo el día de trabajo? Y le dio un beso corto en la boca. 

—Bien, sí, lo mismo de siempre, contestó él de manera mecánica

—Duérmete que mañana te toca temprano un viaje al aeropuerto con los turistas alemanes. 

—Si 

Se dio la vuelta; esa noche de viernes por alguna extraña  razón  no lograba conciliar el sueño, a pesar del cansancio. Tal vez el episodio sucedido en el trayecto de regreso,  o quizá el peso de su secreto de cinco años a su esposa y su familia. Roberto, el taxista; Rubí la cantante cabaretera, dos vidas en una que por primera vez comenzaba a cuestionarlas y sentirlas como una ligera carga en su espalda. La memoria es una trampa: una frase empezó a retumbarle en su cabeza: Roberto, niño-niña; Roberto, niño-niña, Roberto el mariquita y recordó la época del colegio. 

Se levantó de la cama, fue a la cocina y se sirvió un trago. Mientras lo bebía a sorbos cortos, su mente viajó más de veinte años al pasado, se vio en el patio de la escuela y varios de los compañeros del salón en torno a él gritando y riéndose. 

Niño-niña, niño-niña, Roberto, el mariquita! 

Roberto era un niño muy bello, de facciones increíblemente finas y un tono de voz agudo. Por su rango vocal había sido seleccionado como primera voz en el coro de la escuela y el destino quizá terminó por jugarle una mala pasada cuando en el acto del fin de curso del colegio la maestra del coro decidió hacer teatro musical y Roberto, por su voz, le adjudicaron el papel de niña. Allí lo bautizaron Roberto: el niño-niña; Roberto, el mariquita. 

Esa noche,  mientras cantaba en su show a lo lejos pudo reconocer al peor de los compañeros de escuela, Daniel, uno de los cabecillas del grupo que le había adjudicado el apodo. El afortunadamente no lo reconoció. Este desafortunado encuentro había removido recuerdos desagradables y dolorosos de su infancia y adolescencia. 

Roberto, había decidió no contar a nadie de su familia las burlas de la escuela y cargò solo con esa pesada cruz por años, hasta que conoció a Verónica y siendo amigos, antes de ser pareja, le contó su padecer. 

La maestra del coro le decía: —Roberto, tienes una voz privilegiada, vas a llegar lejos, cantas como los ángeles. Había hablado con su joven madre, ya viuda y con tres hijos más en casa, sobre el talento de su primogénito para el canto y que le auguraba un futuro prometedor. A esa corta edad para Roberto, su belleza física y su talento vocal, no eran atributos, sino más bien un lastre. 

En la escuela primaria fue el coro, en la secundaria era el teatro musical donde indistintamente le asignaban papeles de mujer u hombre. Ya para él era algo casi cotidiano y empezó a dejar de molestarle y sentirse cada vez más cómodo, al final, ese era él y tenía que aprender a convivir con ello. 

Terminada la secundaria, Roberto quería estudiar canto y música, pero no había dinero y posibilidades para eso. Le correspondió como hermano mayor, aportar dinero a la casa y ayudar a crecer a sus hermanos, así que con resignación decidió ejercer el mismo oficio que su abuelo y que su padre: taxista.

Un poco más de cinco años atrás, Roberto llevó una noche a uno de sus clientes hasta La Perla, él desconocía su existencia. Su cliente le dijo:  —es un gran Cabaret, debería venir algún día, tomarse un trago y escuchar los show en vivo, tienen excelente repertorio y cantantes.

Dos semanas más tardes estaba Roberto sentado en la barra, tomándose un trago, ahí supo que estaban buscando una cantante para los días jueves, viernes y sábado. La idea quedó retumbándole en la cabeza y se dijo:

—¿Por qué no? Yo puedo ser esa cantante. 

A los tres días regresó al lugar y habló con el dueño, le dijo que le diera una oportunidad, que lo pusiera a prueba: —puedo cantar tonos agudos como una mujer y tonos bajos, puedo vestirme de mujer e interpretar un personaje. Soy un cantante versátil con rasgos físicos femeninos, puedo si usted quiere interpretar en ocasiones el papel de mujer y otras ser yo. Probaron ambas fórmulas y el dueño le manifestó que definitivamente el público lo quería ver como mujer. Así nació Rubí.

Roberto volvió a la cama; la mañana de ese sábado debía recoger en el hotel a unos turistas alemanes para llevarlos al aeropuerto; luego la rutina habitual de cualquier taxista que trabaja en una ciudad grande y caótica y a las 8pm otra vez manejar rumbo a La Perla, a su siguiente show. 

Al levantarse su esposa le pidió, como ya lo había hecho en reiteradas ocasiones, que no trabajara hasta tarde, que regresara temprano para ir al cine o bailar.

¿Hace cuánto no lo hacemos? Siempre trabajando los sábados. 

—Este fue el acuerdo que hicimos y tú aceptaste. Ese dinero nos viene bien para nuestros planes, podemos ir mañana domingo al cine, dejamos al niño en casa de tu hermana.

Roberto cumplió con su rutina laboral prevista ese día y al llegar de madrugada a la casa encontró a Verónica despierta con el televisor encendido.

—¿Y eso que estás despierta a esta hora, tienes insomnio?

—No Roberto, lo que tengo es aburrimiento. Estoy cansada de estar los sábados en la misma rutina. 

—Ya lo hablamos esta mañana, voy a ducharme porque estoy cansado.

Mientras se duchaba, Verónica se levantó e hizo algo que en siete años de matrimonio jamás se había atrevido a hacer: revisar el bolso que traía su marido. En los últimos meses le martillaba el pensamiento –alimentado por su hermana– que porqué Roberto trabajaba de jueves a sábado hasta tarde, porqué no el resto de los días y porqué precisamente un sábado. 

Revisó con calma el bolso y la sorpresa hizo que se desplomara en la cama; de su interior sacó un pequeño estuche de maquillaje, y un labial, lo abrió y era un rojo escarlata. Su respiración era agitada y sus ojos se humedecieron. Ahí estaba la prueba; qué iba a hacer con eso, era el paso siguiente. 

Al mejor cazador se le va la liebre. Roberto siempre tan cuidadoso, por error había colocado dentro de su bolso el maquillaje y el labial, y olvidó como de costumbre dejarlo en el armario de su camerino.

Llamó rápidamente a su hermana y le contó lo sucedido, ésta le pidió que actuara como si nada, que no le reclamara, que si era capaz de aguantar hasta el próximo sábado para orquestar un plan y darle la cacería. Que no despertara ninguna sospecha en su marido y actuara como si nada. 

—¿Cómo si nada? Respondió ella, como si eso fuese tan sencillo. Jamás imaginé que Roberto pudiera serme infiel. 

A regañadientes siguió el consejo de su hermana, no reclamó, no preguntó, se comportó como siempre con su marido, con la excepción de que desde el domingo hasta ese sábado siguiente el par de veces que él intentó hacer el amor con ella, se justificó diciéndole que estaba cansada, le dolía la cabeza, que otro día. 

Esos siete días se hicieron una eternidad. Llegó el sábado y ella en la mañana bien temprano le preguntó que si podía llevarla a eso de las ocho de la noche a casa de su hermana que se reunirían con unas amigas. Roberto respondió que podía dejarla alrededor de las siete porque luego tenía que llevar a unos clientes a un evento fuera de la ciudad.

A las siete en punto estaba dejándola en casa de la hermana. Rápidamente se subieron al carro y comenzaron a seguirlo. Efectivamente estaba tomando la autopista para dirigirse a las afueras de la ciudad. Ambas en silencio durante todo el trayecto hasta que el automóvil de Roberto hizo un cruce a la derecha, siguió en línea recta, dobló a la izquierda, y entró en un estacionamiento de un local con un aviso luminoso: La Perla, cabaret.

—¿Pero qué es esto, un bar de prostitutas?, preguntó Verónica enfurecida 

—No chica, esto es un cabaret, no un bar de putas, respondió con desenfado la hermana, sabes que eso es ilegal.

—Será entonces que aquí se dan cita, para luego irse al hotel, desgraciados.

Ambas se bajaron, esperaron unos minutos y la hermana entró adelante haciendo un paneo a las mesas para ver dónde estaba el infiel de su cuñado y la amante. Detrás le seguía nerviosa y agitada Verónica.

Ni rastro de Roberto, ellas se preguntaron dónde estaría, además no había ninguna mesa con una mujer sola.

Decidieron salir y esperar unos minutos. Atentas por si llegaba alguna mujer sola para luego entrar esperaron unos diez minutos, no hubo ninguna mujer. Volvieron al local y Roberto seguía sin aparecer. Se miraron perplejas a la cara, pero ninguna se atrevía a preguntar. Volvieron a salir y esperaron unos quince minutos adicionales. Entraron y justo cuando disponían a sentarse en una de las mesas y ordenar una bebida con la excusa luego de ver cómo y a quién le preguntaban, se apagaron las luces del local y un hombre alto y fornido, con voz de locutor de los sesenta anunciaba: Señoras y señores, con ustedes la inigualable Rubí; todos aplaudieron, inclusive ellas.

Ahí estaba en el centro del escenario, iluminado, Rubí.

—“Si nos dejan, nos vamos a querer toda la vida, si nos dejan nos vamos a vivir a un mundo nuevo, yo creo que tú y yo podemos ver la luz de un nuevo día, yo pienso que tú y yo podemos ser felices, todavía”…

Verónica y su hermana se miraron con asombro, Verónica giró su cabeza hacia el escenario. El público aplaudía, Rubí seguía cantando sin percatarse siquiera que entre los asistentes estaba su mujer y su cuñada. Las lágrimas corrían sobre las mejillas ruborizadas de Verónica, quien  tomó de la mano a su hermana y salieron rápidamente del local; no deseaba que su marido las viera. Ambas salieron al estacionamiento. Verónica soltó el llanto desconsolado, y la hermana la abrazó sin pronunciar palabra alguna. 

Roberto, el niño-niña, Roberto el taxista, Rubí, la cabaretera, que redondeaba el sueldo para proveerlos de una vida mejor. Dos vidas, una sola persona, su marido. Se marcharon en silencio de regreso a casa.


Narsa Silva

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Narsa A. Silva Villanueva (Caracas, Venezuela 1972)

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