Rubí y el taxista

Con delicadeza fue subiendo lentamente las medias panty que iban en perfecta armonía con su piel bronceada, no quería arruinar otro par, como la noche anterior; siempre por precaución tenía dos o tres en el armario. Terminó de colocárselas y luego alzó los brazos y el vestido rojo se deslizó con suavidad a través de su cabeza, de sus brazos y descendió por aquel cuerpo esbelto, esculpido y magro. Se sentó frente a la peinadora, se miró al espejo para retocar los últimos detalles de su maquillaje. Se colocó el labial rojo escarlata que tanto le gustaba, apretó sus labios suavemente uno contra otro, se acercó al espejo y repitió la misma frase que le servía de mantra. “Es tu noche, a cantar y triunfar” y lanzó un beso a su imagen reflejada en el espejo. La puerta del camerino se abrió y un hombre alto y fornido le dijo: en dos minutos al escenario Rubí.
Rubí caminó por el pasillo haciendo sus acostumbradas respiraciones y sonidos un tanto extraños para calentar su voz. Salió al escenario, totalmente oscuro, silencio absoluto, se colocó al centro y las luces iluminaron su 1,80 de estatura. El público aplaudió eufórico, Rubí lanzó un beso con su mano que extendió de izquierda a derecha para alcanzarlos a todos.

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