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© Anastasia Dupont

EL BAILE

Duermo como un tronco. Un rayo de sol anaranjado enciende la sabana que cubre mi cuerpo, me sobresalto, son las nueve, es muy tarde, tengo que ir al bufete.
¿Dónde estoy?
No es mi casa, no es mi cama, es grande pero estoy solo, estoy en la cama de Cristina, la dueña del bar, ella no está…
Me acuerdo de la cena, la cena que había preparado Cristina, la cena que no comimos, este beso sin fin, nuestros cuerpos que se buscaban, la ropa que tiramos febrilmente al suelo, queríamos tocarnos, sin barreras, su cuerpo que había deseado cada día en el bar, su cuerpo que deseaba entregarse, mi cuerpo que quería sentirse el suyo, su cuerpo tenso como un arco, nuestras voces unidas, un largo grito de placer y de amor…
Me adormilé, luego me desperté, ella cabalgaba mi pene duro como un árbol, sus senos me acariciaban la cara, uno tras otro, chupé sus pezones, me agarré a sus caderas, la penetré más y más, estimulé frenéticamente su clítoris, por fin explotamos en una serie de orgasmos interminables, fue maravilloso, una noche inolvidable…
María sonriendo se asoma a la puerta, ve que estoy despierto. Entra en la habitación, está desnuda.
—¿Quieres tomar un café?
—Claro.
—¡Ven! Todo está listo en la cocina. —dice esperándome.
Me alzo, busco mis calzoncillos, no los encuentro.
—No te preocupes, los encontrarás después, el café se enfría. Aquí no nos ponemos la ropa en casa. Somos naturistas.
Ha preparado cruasanes en el horno, hay mermelada, leche caliente, una taza grande y una cafetera.
—¿Falta algo? Voy a prepararme mientras desayunas. Después te puedes vestir tú. Mamá me ha dicho que me acompañarás en coche al trabajo.
La miro, es una mujercita también ella. Tiene todavía un cuerpo de adolescente, con el pelo recogido en una larga coleta. Me saluda y se va hacia el cuarto de baño. Desayuno, tengo hambre y también un poco de vergüenza al estar vestido como Adán.
El tráfico es intenso para entrar en la ciudad. María me está mirando.
—¿Eres abogado?
—Sí, —respondo girando la cara hacia ella.
Sus ojos negros me miran intensamente.
—Has dicho que te ocupas de causas de violencia de género.
—A veces sí. En este momento nos estamos ocupando del caso de una famosa presentadora de tv. Somos un equipo, dirigido por Marco, un socio del bufete. Con mi compañera Adriana preparamos los expedientes, participamos en las investigaciones, asistimos a Marco en los procesos. Julia y Andrea, dos abogados principiantes y Marta, la secretaria, nos ayudan; el trabajo está repartido entre todos. Como hicimos con vuestro caso. ¿Por qué me lo preguntas?
—Quiero estudiar Derecho.
—¿Te vas a inscribir en la Universidad?
—Sí, el próximo septiembre.
El recorrido es largo. María me explica que su madre lo ha previsto todo. Ya ha contratado unas chicas como camareras para el bar. Son personas de confianza que ha conocido en el camping en Toscana. Carlos también seguirá trabajando con ellas. Después de las vacaciones, Carmen y ella irán a la universidad.
—¿Qué va a estudiar tu hermana?
—Informática, es una campeona con los ordenadores.
—Pero cuéntame más de tu caso, si puedes, me interesa mucho. Cuando sea abogada me gustaría ocuparme de casos similares. Las mujeres tenemos que luchar y defendernos.
—Ya lo creo, es más, estoy seguro. Pero en este periodo, parece casi una moda, hay decenas de denuncias, a veces después de tantos años. Además no es siempre fácil distinguir entre las molestias y la seducción.
—Por eso, creo que puedo hacer algo, tengo experiencia. Las mujeres somos seres complejos y hay mucha gente que se aprovecha de esta complejidad.
Me quedo estupefacto delante la fuerza y la madurez de esta muchacha, apenas mayor de edad. Como dice ella, tiene experiencia, y ¡menuda experiencia! Su padre está en prisión por violencia sobre ella y su hermana.
Entonces le resumo el caso de la presentadora. Se llama Joana Lori, ganó en un reality show famoso, y en seguida hizo carrera como presentadora en la televisión. Era buena y hoy es muy famosa. Hace un mes contactó Marco porque quería denunciar abusos que tuvo que soportar por parte de un influyente directivo de una empresa productora de espectáculos televisivos. Esto ha desencadenado muchas polémicas, casos nuevos, otras mujeres que trabajaban en el cine o en el mundo del espectáculo. Lo mismo que está pasando en Hollywood, a veces incluso relacionado. La prensa de corazón se nutre de estos casos. No es fácil trabajar en esas condiciones. Marco cree mucho en la corrección y la sinceridad de Joana, pero los diarios la acusan de aprovecharse de la cobertura mediática para relanzar su carrera, ya que estaba perdiendo popularidad recientemente.
—¿Quizás podría conocerla?
—¿Te gustan estas estrellas de televisión?
—Nooo, creo que escuchándola podría ayudaros…
—¿En qué? —digo casi gritando.
—Sé lo que significa ser molestada.
No me lo puedo creer. Esta mujercita es … No sé, esta familia es un caso…
Y como para convencerme aún más, mientras me paro antes del bar “topless”. Me da un besito veloz en la mejilla y me dice con una gran sonrisa saliendo del coche.
—¿Te gustó con mi madre?

Marco está trabajando, la puerta de su despacho está abierta. Tengo mucha confianza con él. Fue mi profesor en la facultad. Cuando se trasladó al bufete, lo seguí para formar parte de su equipo. Llamo a la puerta, Marco me hace señas para que entre y le cuento mi conversación con María. Inesperadamente, me dice que podría ser interesante y que la próxima vez que nos reunamos con Joana puedo introducir a Maria como observadora.
Por la tarde me dirijo hacia el bar. Es la hora del aperitivo. Hay bastante gente, como siempre. Muchas personas consumen en la barra. El rico bufé anaranjado está arreglado. Carmen con sus collares toma los pedidos, dos nuevas camareras que no conozco la ayudan y llevan las bebidas a las mesas. Veo que todo funciona como en un cualquier bar, me pregunto si es el topless lo que ha dado éxito al lugar. Pregunto a Carmen por qué no están Cristina y María.
—Han vuelto a casa, —me responde—ahora trabajamos por turnos. Cristina me ha pedido que te diga que la llames.
Carmen está muy atareada, sustituye a Cristina y parece totalmente a gusto en este papel. Termino mi aperitivo y me voy a mi apartamiento que no está muy lejos. Está situado en un edificio modernista de 1930. Eso le otorga carácter, personalidad. Tiene un elemento original que es el verdadero protagonista de la vivienda: un muro de ladrillo rojizo que hace de gran mural. El piso no es muy grande, pero da sensación de amplitud, por la luminosidad y el fondo blanco de la decoración. Una gran habitación con una cama doble y el baño que está al lado, la sala de estar que sirve también de cocina, un sofá y una mesa para comer, este es mi pequeño mundo. Ahora no tengo novia y de todos modos me gusta reservar este refugio del soltero que me considero a pesar de algunos cortos períodos de convivencia que se desenrollaron más bien en la casa de la novia.

—Cristina. ¿Qué tal? He estado en el bar y Carmen me ha dicho que te llame.
—Hola Alfredo. Estamos muy bien. María está conmigo y me ha contado de esta mañana, que habéis hablado mucho. Yo no he dejado de pensar en lo que pasó anoche, fue estupendo.
—Cristina, para mí fue inolvidable.
—Gracias querido, eres una persona muy cariñosa. Quería pedirte que nos acompañes cuando vayamos la próxima vez a Toscana al camping. Tienen cabañas para alquilar. Estamos esperando a que llegue el buen tiempo. Mientras tanto nos veremos en el bar. Un besito.
—Un besito Cristina. Dile a María que la contactaré, Marco ha aceptado que participe en el caso Joana en calidad de observadora.
—Estupendo, se lo diré. Le encantará.

Joana entra en la sala de reuniones acompañada por un cachas con un auricular con un cable que desaparece en el cuello de su camisa. Ella es muy grande, se contonea peligrosamente hacia la silla que le señalo, lleva zapatos de tacón muy altos, un traje escotado con mini falda y está maquillada como para entrar en un estudio de TV. Se sienta y me dice como para excusarse:
—Estoy saliendo de una grabación.
Poco después se unen a nosotros Marco y Adriana. María les sigue y va a sentarse al final de la mesa.
Marco empieza recordando que estamos reunidos para preparar la audición de Joana como testigo. Luego pregunta como si fuéramos en la sala del tribunal:
—Señora Lori, querría que nos contase los acontecimientos que la han llevado a depositar una denuncia ante la fiscalía.
Joana empieza entonces a contar cómo durante la transmisión del reality show la hacían salir del set durante las horas de menor audiencia para encontrarse con el directivo. Este personaje era también el productor de la transmisión. Lo había conocido durante la selección final de los candidatos. No le había gustado nada, era de esas personas que se mueven a grandes pasos, ocupando todo el espacio, dándose muchos aires de grandeza. Con una sonrisa ligeramente sarcástica, miraba a cada candidato aterrorizado y los iba eliminando con un gesto de la cabeza, pocos se salvaron. Su decisión era definitiva. Es responsabilidad mía que el programa sea un éxito, decía. Cuando le tocó a ella, se paró, la examinó de arriba a abajo, ella sostuvo su mirada y el asintió plácidamente al asistente que lo seguía.
—¿Cómo estabas vestida? —interrumpe Adriana.
—Nada especial, como siempre, vaqueros y una camiseta.
Luego nos contó el éxito que alcanzó personalmente en el programa, casi desde el inicio. Y de cómo el productor empezó a invitarla a su despacho. La felicitaba por los índices de audiencia que tenía el programa. Le decía que había tenido una buena intuición, que era ella la que estaba en la base de este resultado y le daba consejos y sugerencias para su actuación. En un momento dado, Joana tuvo una relación con un compañero durante la transmisión, no era falsa y el público lo percibía. En su opinión no tenía que hacer más. Pero el directivo, como si fuera un guionista, le decía que tenía que provocar celos en el otro candidato o crear situaciones en las que el público podía ver parte de su cuerpo o, incluso, enrollarse con el candidato que le gustaba delante de las cámaras. Durante estas entrevistas, se aventuraba a tocarla para enseñarle, le decía, cómo hacer. Obviamente ella lo rechazaba, con la seguridad que le daba la manifiesta apreciación del público. Ganó y, su amigo quedó segundo.
Una vez fuera del show, la relación no siguió aunque siguieron siendo amigos. Llegaron diferentes propuestas para trabajar en el mundo del espectáculo. Era su sueño. El directivo, por supuesto, presentó igualmente una oferta, y consideraba que tenía la prioridad. La invitó a cenar. Aceptó, obviamente, y le sorprendió que hubiera reservado una sala privada en un restaurante. Pidió mucho vino, intentó que bebiera y al final, borracho, intento forzarla. Creía firmemente que sería la conclusión normal para celebrar la victoria con una chica que quería entrar en un mundo en el que él era un cacique, un personaje ineludible.
—¿Qué pasó exactamente? —pregunta Adriana, —no podremos evitar las preguntas difíciles.
—Estaba vestida elegante, no como en la transmisión, —responde Joana irónicamente, —un traje negro. Él llevaba también un traje gris con una camisa de rayas azules abierta y sin corbata, sus gafas y su eterna sonrisa de hombre seguro de su poder. Estábamos sentados, yo en la silla y él a mi lado. Empezó con la mano, siguió con la rodilla, el muslo. Lo rechacé y entonces me amenazó con cerrarme todas las puertas de la televisión.
—Lo que afortunadamente no ocurrió, —sigue diciendo Adriana y, haciendo de abogada del diablo lanzó la pregunta que todos los estábamos haciendo— ¿no tiene ningún testigo que podría ayudarnos?
—Ningún camarero entra en una sala privada sin ser llamado. Soy yo la que salí cuando entendí lo que estaba pasando. No vi nunca más a ese cerdo. Por suerte me contrataron como presentadora en la TV pública. Pero mi compañero tuvo dificultad para encontrar algo y hoy está trabajando como empleado en un banco.
—Se da cuenta entonces, —dice Marco, —que tenemos pocas, por no decir ninguna posibilidad de ganar este caso.
Joana reconoce que es verdad, pero insiste en que sigamos con el procedimiento. Quiere que se conozcan estas prácticas machistas del mundo del espectáculo. Dice que es el momento, que la ola mundial de denuncias por acoso o violencia, permitirá una liberación general de las mujeres, también de aquellas que no están expuestas a los proyectores mediáticos:
—Jornadas excesivas de trabajo sin descanso, falta de pago de salarios, abuso sexual y físico, trabajo forzado y trata de personas, … y puedo añadir muchos otros ejemplos.
Marco le recuerda que la prensa sospecha que esté utilizando esta denuncia para relanzarse, porque últimamente sus transmisiones tenían problemas de audiencia.
—Eso es normal en mi trabajo, tenemos que innovar, repensar las cosas, evolucionar. No se resuelve con escándalos. De todos modos no tiene nada que ver, quiero contribuir a la lucha de las mujeres, y, como decía antes, tenemos ahora la oportunidad. También soy madre y quiero que mi hija tenga un futuro de libertad.
Más tarde saludo a María con un beso, y le pregunto:
—¿Te ha interesado este encuentro?
—Muchísimo, —me responde. Hay mucho que aprender, además esta Joana me gusta, es una mujer fuerte. En televisión parece diferente, casi irreal.
Durante la semana sucesiva tengo poco tiempo libre. Nuestro equipo está sobrecargado de trabajo. Pero el viernes, Cristina me llama y me decido a pasar por el bar para saludarla, sabiendo que trabaja el fin de semana. Entro en el bar bastante tarde, el aperitivo se está acabando. Cristina me ve, está sirviendo con las dos chicas. Me hace una seña con la mano y manda a Carmen que me invita a sentarme en una mesa, diciendo que Cristina se reunirá conmigo apenas los clientes empiecen a marcharse. Me pregunta con una gran sonrisa:
—¿Qué tomas? Hay que celebrar.
—¿Celebrar, qué? —digo con una mueca interrogativa.
—Es una sorpresa. —Responde, esta vez riéndose a carcajadas.
Los collares a la tahitiana que lleva como de costumbre se mueven, sus pechos se columpian también, su risa parece imparable.
—Entonces trae una botella de spumante y cuatro copas. Os espero, celebraremos juntos.
Cuando llega Cristina, ella también parece muy feliz, no sé qué pensar. Me da un beso en los labios.
—¿Puedo saber qué estamos celebrando? —pregunto con una cierta impaciencia.
—Lo tenemos.
—¿A quién?
—Al directivo que Joana Lori acusa de acoso sexual.
—¿Qué, cómo?
Cristina llama a Carmen que ya está despejando el bufé de la barra, pero se nota que estaba esperando este momento. Llega rápidamente, me entrega su móvil y me pide que escuche. No lo puedo creer, oigo nuestra conversación en la que tuvo un ataque de risa. La miro atentamente y no veo ningún micrófono, ni siquiera escondido detrás de los collares. Entonces ella me enseña un minúsculo auricular escondido en el interior de la oreja, que no se ve y me explica que está conectado por bluetooth a un pequeño emisor cosido en la cintura interior de sus vaqueros.
—Este emisor transmite la grabación por internet a mi móvil que está en mi bolso.
—Maria y Carmen han llamado a la empresa del directivo para participar en el casting que hacen para otro reality, el que se desarrolla en una isla —dice Cristina. —Cuando supieron que eran camareras del bar topless, las convocaron inmediatamente.
María se acerca y añade:
—El directivo, que es también el productor de este programa, es quien nos ha recibido. Nos ha pedido que bailásemos Carmen y yo un tamuré, … con los collares. La conversación que hemos grabado es muy interesante. Nos ha invitado también a su casa. Creo que, con este material, no será necesario aceptar la invitación.

 Jean Claude Fonder