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Érase una vez una niña nacida al final de julio de 1984, una bebé vampira que no dormía ni un segundo por la noche (ni que se alimentara con Red Bull y Duracell en lugar de la leche materna), hija de una madre hippie desesperada frente a la puntualidad con la cual la nene empezaba a llorar en el medio de la noche durante sus primeras semanas de vida. ¿Qué podía hacer la pobre madre para que esa criatura poseída durmiera de una vez? Por lo visto, mi madre (porque de la bebé Alessia estamos hablando) no había leído el manual para madres perfectas: desesperada porque yo no dormía ni una noche, me sentó frente al televisor. Así que pasé el primer agosto de mi vida viendo todas las competiciones de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. “Y no te dormías ni con Carl Lewis”, añade mi madre cuando, cada cuatro años, vuelve a contar la anécdota. Años después, todavía ahí estoy, como cada verano olímpico: frente al televisor, aire condicionado encendido y la camiseta de Jamaica puesta (soy fan de Bolt). Si le añadimos una cerveza y un libro al cuadro, es el plan perfecto para sobrevivir a la semana del 15 de agosto.

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La semana del 15 de agosto es aquella semana cuando todo el mundo se va de vacaciones. Bueno, todo el mundo no: casi todo el mundo. Los que quedamos en las ciudades somos quienes un día llegaremos a la beatitud por nuestra capacidad de sobrevivir y aguantar. Sobrevivimos con un solo bar abierto en todo el barrio y una sola panadería. Sobrevivimos al silencio. Sobrevivimos con las tiendas de ropa cerradas, la ausencia de tráfico, los museos abiertos y gratis, la ducha que siempre empieza a no funcionar el día exacto en el que tu fontanero de confianza empieza sus vacaciones en la playa. Sobrevivimos al miedo de quedarnos encerrados en el ascensor del edificio donde vivimos durante quince días sin que nadie oiga nuestros gritos de ayuda. Sobrevivimos a los guiris, aunque todavía tenemos que acostumbrarnos a la idea de que Milán se haya convertido en un lugar turístico. Hasta sobrevivimos a aquellos grandes artículos de periódico (obras maestras, si queréis os pongo links de los que aparecieron este año en Italia) que siempre salen durante las vacaciones, que van de lo malo que es para un intelectual encontrarse en una playa en agosto, codo a codo con brutos que chillan, gritan, hacen barbacoas y juegan a padel. Puah. Un consejo, queridos periodistas: ¿Os gusta la soledad? No vayas a la playa el 15 de agosto, invertid las vacaciones, Sankt Moritz en verano y Saint Tropez en enero, ya veréis como os vais a encontrar a gustito. Como esas personas, las que no sabes lo bonito que es estar aquí, yo no quiero volver a mi ciudad nunca, voy a mudarme y abro un bar cerca del paseo marítimo. Que son la mayoría de mi familia y mis amigos y que puntualmente vuelven. Parece que se pueda sobrevivir a su vuelta también.

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Volverán a la ciudad y me encontraran más vampira y chiflada que nunca. Con una piel blanca que ni una calavera y costumbres nocturnas debidas a la programación televisiva desde Rio de Janeiro. Estoy consciente de los daños que esta muy poco sana actividad sigue procurándome. Conozco nombres y apellidos de todas las jugadoras noruegas de balonmano que participaron a los JJOO a partir de 2000 hasta hoy. Estoy inscrita a los sitios chinos que agregan fans de saltadores chinos sin saber una palabra de chino. He desarrollado una pasión enferma para deportes como el bádminton y sigo todos los partidos de Carolina Marín. Por suerte los psiquiátricos italianos cerraron hace tiempo (y no por vacaciones), porque eso no es normal. Pero cuando llegará septiembre y todos volverán, estaré 3 semanas sin televisor y con el portátil cerrado. Negaré rotundamente ser una periodista de deportes para no hablar de futbol. Me iré de vacaciones y encontraré playas vacías, carreteras libres, menos calor. Tendré una tregua, una tregua olímpica pospuesta para escapar de los que en la ciudad empiezan a programar las vacaciones de Navidad.

Alessia Scurati