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Vale 2015 grande.

……..#BREVIARIO

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Vale Correa Fiz


Hay una historia de amor que me encanta, la de la escritora danesa Karen Blixen, más conocida por su nombre de pluma Isak Dinesen. La relata en su novela autobiográfica “Memorias de África” que comienza memorablemente así: Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. El ecuador atravesaba aquellas tierras a un centenar de millas al norte, y la granja se asentaba a una altura de unos seis mil pies. Durante el día te sentías a una gran altitud, cerca del sol, las primeras horas de la mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas y las noches frías.

Karen Blixen con un búho en su granja en África

Le conté esta historia de amor a una amiga hace poco. La recordé mientras mirábamos fotos de su viaje a Londres, de la plaza Trafalgar específicamente. Allí estaba mi amiga posando entre una muchedumbre de gente que no conseguía opacar la imponencia de los leones que custodian la columna con la estatua de Nelson, el almirante inglés que venció a Napoleón en una de las batallas navales más importantes del siglo XIX.

La historia de la escritora danesa es una historia de amor doblemente desdichada, la de su protagonista por África y por el cazador Británico Denis Fynch-Hatton. África fue un descubrimiento, fue como un volver a nacer para la escritora, “como estrenar otra infancia”, en sus palabras. Allí aprendió el suajili, participó en cacerías, disfrutó de las costumbres locales y vivió bajo un sol ardiente y unas estrellas que nada tenían que ver con las de su Dinamarca natal. Cada día era una fiesta. Allí también conoció el amor.

Dije que fue una historia doblemente desdichada porque Dinesen perdió la granja en África por diversas vicisitudes de carácter económico, y porque el cazador inglés murió en un accidente con su avioneta. Finalmente, la escritora danesa abandonó el continente africano y regresó a Europa.

Los leones de la Plaza Trafalgar en Londres

Ya de mayor, le gustaba recordar en las entrevistas a sus dos amores en una sola imagen. Contaba que a Fynch-Hatton lo habían enterrado en la sabana. Ella solía visitar ese sitio; a veces, encontraba una pareja de leones que iba a acostarse sobre la tumba de su amante.

“No todos tenemos esa suerte”, le digo a mi amiga, “a Isak Dinesen le gustaba decir que el mismísimo almirante Nelson tuvo que conformarse solo con leones de piedra”.