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Vale 2015 grande.

……..#BREVIARIO

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Vale Correa Fiz


Estoy viendo a Julio Cortázar en una famosa entrevista en Televisión Española (A fondo, 1977, con Joaquín Soler Serrano). Arrastrando las erres y con sus manos enormes, cuenta que a los nueve años escribió una novela. Sí, una novela, repite. Se ríe y la cámara exhibe su sonrisa ancha, la dentadura imperfecta. El argentino fue un escritor precoz, qué duda cabe, aunque también apasionado y enfermizo. Tanto era el tiempo que el niñito Julio le dedicaba a la literatura, que el médico de la familia recetó más aire libre y prohibió todo contacto con los libros por cuatro meses. Cortázar, naturalmente, padecía más el remedio que la enfermedad.

Julio Cortazar
Julio Cortazar

La idea de que los libros pueden enfermarnos no es en absoluto nueva, aunque las efectos derivados que se le atribuyen a la lectura pueden ser muy diferentes de los que sugería el doctor de cabecera de la familia Cortázar. Ya Platón manifestaba su descontento con la literatura, y cuando organiza su ciudad ideal (La república, libro X) expulsa a los poetas imitativos sin contemplaciones. La poesía imitativa -dice Platón a Glaucón- nos hace viciosos y desgraciados a causa de la fuerza que da a estas pasiones sobre nuestra alma, en vez de mantenernos a raya y en completa dependencia, para asegurar nuestra virtud y nuestra felicidad.

Sí, los libros son peligrosos, estimulan nuestra fantasía y pueden obsesionarnos. Para bien, tal es el caso del español Isaac Peral, que inventó el submarino torpedero a partir de la lectura de Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne. O para mal. Así lo han entendido Cervantes y Flaubert, creando dos personajes entrañables pero tristemente trágicos, el Quijote de la Mancha, defensor de causas imposibles, y Madame Bovary.

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Hay quienes han creído que la influencia de los libros puede ser perniciosa para la fe. Así lo entendió la Santa Inquisición y elaboró, ¡cómo no!, un libro al respecto: el famoso Index (Index librorum prohibitorum), que prohibía la lectura y la difusión de ciertos autores, obras e incluso fragmentos. El Index fue promulgado por primera vez a petición del Concilio de Trento (1564) y conoció más de cuarenta ediciones. La última fue la de 1948. Finalmente, en 1966, el papa Pablo VI lo suprimió.

Un caso más reciente de libros supuestamente perjudiciales para la religión es el de los Versos satánicos de Salman Rushdie. La publicación del libro en 1988 trajo consigo una fuerte polémica, desde la prohibición y quema del libro en los países musulmanes así como disturbios tanto en Inglaterra como en Estados Unidos. El ayatolá Jomeini proclamó una fatwa, instando a la población musulmana a ejecutar a cualquier persona relacionada con la publicación del libro. Como resultado de ello, editores y traductores del libro resultaron gravemente heridos y Salman Rushdie vivió once años protegido por la custodia de Scotland Yard.

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Muchos regímenes políticos han abrazado la idea de que los libros son enfermantes. Este es el caso, por ejemplo, de la tristemente célebre quema de “libros contra el espíritu alemán” (Berlín, 1933) llevada a cabo por el partido Nacionalsocialista. Pero quemar libros nunca es un acto inocente y, desgraciadamente, trasciende el mero ámbito de la cultura. Ya lo sabía el poeta alemán Heinrich Heine que, anticipando el Holocausto, había escrito en su tragedia Almansor (1821): Ahí donde se queman libros se acaba quemando también seres humanos.

Quema de libros “antialemanes”

Todos los regímenes totalitarios han prohibido ciertos libros, porque, aunque no lo parezca, como decía el poeta inglés, Edward Bulwer-Lytton, la pluma es más poderosa que la espada.

Quiero detenerme ahora en un caso paradigmático de la dictadura argentina, que prohibió, entre muchos otros, un libro infantil maravilloso, Un elefante ocupa mucho espacio de Elsa Bornemann, que había sido elegido para integrar la Lista de Honor del Premio Internacional “Hans Christian Andersen”, el “Nobel” de la literatura infantil. Un año después, la dictadura lo prohibía por relatar una huelga de animales, una conducta, según los censores, claramente “anticapitalista”.

La lista de los libros prohibidos, censurados, quemados es larguísima y podría trazarse una interesante historia a partir de ella, que exhibiese los cambios en los valores morales y políticos del hombre. De hecho, mientras escribo estas líneas, me entero de que se publica en Alemania Mi lucha, el libro escrito por Alfred Hitler, prohibido desde la muerte de su autor en 1945.

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A mí también me enferman los libros.

Acabo de mudarme y tengo muchos libros, pero en este piso nuevo no tengo librerías suficientes como para ordenar los ejemplares. Así que mi casa es hoy un campo de maniobras, cada dos pasos hay que sortear una pila o una caja de libros. Con tanto libro suelto y desperdigado, me ha animado, ¡por única vez!, a contradecir a Borges cuando dice, en sus famosos versos, Yo, que me figuraba el Paraíso Bajo la especie de una biblioteca. Pues mire, Maestro, esta vez va a ser que no.

Bromas aparte, me gusta pensar que, como en el famoso cuadro de Arcimboldo, todos estamos hechos de los libros que hemos leído, y que la literatura no es una enfermedad sino uno de los muchos caminos que puede adoptar el pensamiento.

arcimboldo_librarian_stokholmEl bibliotecario – Giuseppe Arcimboldo

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Pero vuelvo a Cortázar, porque la entrevista avanza y el escritor entorna los ojos, la voz se vuelve más grave y nostálgica, las manos se crispan mientras nos cuenta la angustia y el tedio de sus días sin libros.

–Mi madre –confiesa–, que era una mujer sensata, desobedeció las prescripciones médicas. Me devolvió los libros y me dijo que los usase, pero con moderación.

Cortázar vuelve a reír –la sonrisa ancha, la dentadura imperfecta que sabía cómo conquistar la cámara–, porque sabe que él también desobedeció. Y con idéntica satisfacción sonreímos nosotros, sus lectores, enfermos incurables de su literatura.

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