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—Estoy acostumbrado a la sangre— dijo el niño tirando la basura fuera del tacho y esparciéndola por el piso. La abuela, alborotada, había iniciado un extraño ritual de saltos y exclamaciones. —¡Dios mío! ¡Dios mío! — repetía llevándose las manos a la cabeza y dando vueltas en el mismo lugar. El abuelo, recio como de costumbre dijo, —¡Basta mujer! no es nada—. Pero apenas el repasador atornillado en el dedo se le tiñó de rojo, se desplomó como un árbol talado sobre la silla. En ese preciso instante el chiquilín de seis años decidió intervenir. Ahora estaba atareado en medio de los desperdicios mientras la voz de la abuela parecía alejarse. Se le ocurrió pensar en el clamor deshilachado de las sirenas de las ambulancias cuando pasando por la puerta siguen de largo. El niño sabía de ambulancias, conocía la sangre y el dolor. En su corta vida había estado hospitalizado varias veces. Lo habían obligado a nacer antes de tiempo a causa de un retraso en el crecimiento fetal. A eso, decían los médicos, se debía su talla pequeña y la predisposición a las infecciones. Durante sus primeros años había sufrido de apneas, vómitos, catarros, proliferación de hongos en las orejas y regueros de sangre que afloraban como manantiales por tímpanos y narices. No respiraba bien, comía poco, era medio sordo, no articulaba palabras y no se decidía a caminar como los otros chicos. Además de padecer la angustia de sus padres y el afán de los especialistas en apresurar su desarrollo. De repente, la cocina volvió a llenarse de la voz de la abuela. Entró a sirena desplegada con un arsenal de gasas, curitas y desinfectantes. En tanto el abuelo, pálido y en doloroso mutismo no quitaba los ojos del nieto, que arrodillado en el piso había ya descartado mitad de la basura: ovillos de fideos con tuco, cáscaras de fruta y verdura, huesitos despellejados, hojas y pétalos marchitos, tallos espinosos y la afilada lata de atún que había funcionado de cuchilla. —Me ocupo yo— había exclamado el pequeño ni bien el abuelo había extraído del tacho el dedo sangrante —no me asusta—. Entre derrames y análisis, estaba más que acostumbrado. Pero a pesar de sus limitaciones, o gracias a ellas, el niño había puesto tesón en afrontar las caídas, en volver lentamente a levantarse. Era como esas semillas un poco machacadas que germinan despacio en la negrura y el día menos pensado, cuando ya no esperamos nada de ellas, rompen la dura tierra y nos asombran con su luz.
Ahora, el abuelo sudaba. Su rostro era un reguero de gotitas que, temblando en el blancor de la barba, caían heladas humedeciéndole cuerpo y ropa. —Tiene que estar aquí— volvió a exclamar el niño echando un vistazo al viejo como para infundirle coraje o, tal vez, constatar solo su estado. La abuela, abrazada al botiquín de auxilios, seguía inmóvil los movimientos del nieto cuando, por fin, éste se puso de pie y mostró el trofeo. Lo sostenía en la puntita del dedo índice, era una pequeña media luna de carne, delgada rebanada de dedo, la yema ensangrentada del abuelo. Con rapidez, el niño lavó el hallazgo y como en los juegos de encastre que usaban los especialistas para evaluar su crecimiento, trató de hacer coincidir el pellejo con la herida abierta del abuelo.
Muchos años después, cuando el niño hecho hombre narraba esta anécdota, sostenía que aquella tarde de otoño había cambiado las huellas digitales del abuelo. Sus hijos, se revolcaban de risa al escucharla. Ya no estaban los viejos para compartirla. El niño había crecido veloz.

Adriana Langtry