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El Torrazzo, torre campanaria del Duomo de Cremona, construida en el siglo XIII, es de una armónica belleza que sorprende gratamente el viajero y, con sus 111 metros de altura, domina toda la ciudad, el río Po y una ancha parte de las cercanas llanura y colinas. Janello Torriani, cremonés, nacido en el año 1500, valiente mecánico y relojero, fue encargado en el año 1529 de la restauración del gigantesco reloj de este Torrazzo. El éxito de la intervención le proporcionó fama y más encargos: trabajó largo rato en Milán y aquí fue conocido por el entonces Gobernador español, Alfonso d’Avalos, quien lo señaló a la Corte imperial de España, donde Janello se trasladó en 1545, al servicio del mismo emperador Carlos I y sucesivamente de Felipe II.  Allí se especializó en la miniaturización de engranajes cada vez más sofisticados de relojes, aparatos de medición y pequeños autómatas que encantaban al emperador. La obra cumbre de Janello Torriani, (para los españoles Juanelo Turriano, o simplemente Juanelo) fue, sin lugar a duda, el “Artificio de Toledo”, un doble aparato que levantaba diariamente unos 40.000 litros de agua del Tajo 100 metros más arriba, abasteciendo la entera población toledana. Se trataba de un largo conjunto de engranajes impulsado por la fuerza de la misma corriente del río e integrado por palancas y calderillas, que el inventor italiano realizó en 1565, suscitando admiración y maravilla en toda la Península Ibérica. ¡El ingenio del relojero se había demostrado capaz de solucionar un problema hidráulico aparentemente insuperable!

La fama obtenida por su obra convirtió Janello en un personaje afamado y legendario, mereciendo citas de científicos como Girolamo Cardano y letrados como Quevedo, que así le celebra en el “Buscón”, ridiculizando las fanfarronadas de un soldado jactancioso: “Decíame que Juanelo no había hecho nada, que él trazaba de subir toda el agua del Tajo a Toledo de otra manera más fácil.”

A pesar de la celebridad alcanzada, el trabajo hecho para el Artificio nunca le fue pagado, así que el pobre inventor cremonés tuvo que arreglársela fabricando juguetes mecánicos y, según cuenta la leyenda, hasta un autómata que cobraba diariamente para él un plato de sopa en el Monasterio toledano de San Juan de los Reyes. Sin embargo, aunque decepcionado y empobrecido, Janello pudo llamar la atención de la Corte hacia su propio sobrino Leonardo Torriani, ingeniero militar, quien llegó a España en el año 1582.

Juanelo murió en Toledo en 1585; a parcial consuelo de la ingratidud cortesana, un año antes de su fallecimiento, recibió la noticia del encargo de ingeniero imperial, otorgado a su sobrino.

Hoy, en la capital española, una Fundación a él dedicada, investiga la historia de la ingeniería, la técnica y la ciencia. Madrid y Toledo le han dedicado una calle, e igualmente Cremona, donde en 2016 tuvo lugar una interesante exposición inspirada en su vida y obra.


Nando Pozzoni