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Ir de paseo de la mano de mi padre me encantaba. El domingo por la mañana, después de la misa, él me llevaba a dar una vuelta antes de volver a casa, donde mi madre nos esperaba con la hermanita, demasiado pequeña para salir de casa en la estación fría.
El pueblo en el que vivíamos era bastante reducido, con muchas casas bajas rodeadas de jardines. Esa primavera había sido un triunfo: los jacintos pintados de azul y rosa que aturdían con su perfume tan intenso, los narcisos presumidos en su corona amarilla, las violetas que desperdiciaban sus infinitos matices de morado, lila y rosa pálido, y luego los matorrales de azalea que rebozaban de pimpollos, las hortensias florecientes cuando ya se asomaba el verano.
En ese día de noviembre, recalentados por una ligera oleada de sol, papá y yo nos paramos frente a la verja de un jardín, ya anaranjado en su traje otoñal.
— ¿Te acuerdas de este lugar? —me preguntó.
— Claro que sí: estaba mirando el jardín y grité: “¡Qué flores tan bonitas!”. La dueña me oyó y me regaló un ramo grandísimo, con tantas flores bellísimas, de todos los colores.
— Qué amable fue la señora, ¿verdad?
— Sí, pero… ¿papá?
— Dime.
— ¿Dónde están ahora las flores que me regaló?

Esa fue la primera vez en que me enteré de la velocidad de las flores.

Silvia Zanetto