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Le gourmet de Pablo Picasso

No soy esa del retrato. Me refiero a la niña que aparece en la superficie de la tela, la golosa que escarba en el plato. Soy otra. El espectro escondido bajo la dura costra de cobalto. Los muchos, se detienen en la criatura. Aprecian la forma exterior, los azules, el don del artista. Mientras yo permanezco en el fondo. Soy substrato, sostén, la imagen oculta detrás de capas pigmentadas de olvido. ¿Llegarán alguna vez a descubrirme? ¿A traerme a la luz? Porque de luz se trataba, ¿recuerdas? “El resplandor de mi vida”, repetías, “¡mi Gioconda! quiero hacer tu retrato.” Lo suplicaste de nuevo mientras ebrios de cabaret volvíamos abrazados por las ramblas. Yo, sentada en el atelier, chaqueta abotonada y mantilla. Tú, vibrante de trazos blancos frente al lienzo. “Pon sonrisa apacible”, dijiste, “pon mirada lejana”. “Mi musa, resplandor de mis días.” Me llamabas la mujer velada. Eran noches de pláticas aquellas. De ajenjo, de adolescencia, de bohemia y olor a trementina. Si supieras. El alma se me cubrió de añil la tarde en que no volviste. Y fue, en realidad, mi dolor a teñir de azul tus pinceladas. Me enterraste bajo estratos de olvido. Y recubriste la tela con la imagen de un crío que, aunque no lo sabrás, se asemeja a tu hijo. Con tu mismo perfil, tan goloso y absorto en su tarea. Si supieras… eres un hábil artista. ¿Quién sabe si llegarán a descubrirme? Cuando seas famoso o en un tiempo lejano, cuando se aprenda a mirar en transparencia. Hurgando en las profundidades del cuadro quizás alguien sorprenderá mi retrato. Y hablarán de tus tristes azules. Y exhibirán el rostro de la desconocida. Más nadie se enterará de lo que esconde esa pintura, archivada como “técnica juvenil del pintor.”

Adriana Langtry