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A toda velocidad condujo dos horas para llegar hasta ella; en el camino oraba por poder despedirse antes que falleciera. Esa madrugada lo había despertado el teléfono con la mala noticia que su mamá se había agravado. Dos días atrás, habían transcurrido todo un día juntos y la notaba de mejor semblante y apetito. Leonardo le había comunicado que tenía que ausentarse durante el fin de semana para asistir a un congreso médico, pero que si no estaba en condiciones no iría. Carmen le dijo que no era necesario, que se sentía mejor, que fuera y cumpliera con sus compromisos. El estaba arrepentido de haber accedido a la petición de su madre.


En el trayecto recordó sus palabras:
-Recuerda lo que decía el difunto de tu padre. “Los médicos nos debemos a nuestra profesión, a los pacientes y a nuestra formación. Debemos procurar ser responsables, entregados. Tú eres, sin duda, lo mejor que me dejó tu padre. Anda hijo. Nos vemos el lunes.
Leonardo finalmente llegó, en dos trancos subió la escalera; al entrar en la habitación el suspiro del desesperado que encuentra un efímero alivio salió como bocanada de aire caliente por su boca. Su mamá estaba despierta. Había llegado a tiempo.
Se acercó a Carmen quien extendió apenas su mano derecha
-Ya estoy cerca de la hora y estoy lista, solo esperaba por ti, para despedirme. Él se sentó a su lado, estrecharon sus manos, hubo un breve silencio que ella rápidamente rompió.
-Has sido un gran hijo. Siempre desde el primer día fuiste un buen niño, a pesar de las duras circunstancias en las que llegaste a mi vida. ¿Te acuerdas ese primer día que viniste vivir conmigo?
-No te esfuerces mamá, no hables. Claro que lo recuerdo. Estaba lleno de dudas y de miedo.
-Déjame hablar, necesito hacerlo. Necesito pedirte perdón porque cuando supe de tu existencia sentí odio hacia ti y hacia tu madre. Pero, ¿qué culpa tenías tú? Ninguna.
-Pero ¡qué dices mamá! si tú me llenaste de amor y cuidados desde el primer día. Lo que pasó antes ya no importa y ni siquiera lo recuerdo.
-Yo no puedo olvidarlo. Fue el golpe más duro luego de la muerte de Manuel.
Treinta y cinco años atrás, religiosamente como misa de domingo, Carmen acudía al cementerio a poner flores a su marido. Ese era el cuarto domingo, cuando llega y estaciona su vehículo, se baja y observa desde lejos que al pie de la tumba de Manuel está una mujer joven, la mitad de sus años calculó y un niño a su lado. Esa mujer solo la había visto antes en el funeral que se acercó al féretro y lloraba profusamente. En medio de la tribulación del momento, no atinó a preguntar quién era esa desconocida. Pensó que quizá había sido una de sus tantas alumnas.
Ellos compartían la misma profesión, médicos cirujanos y el mismo espacio de trabajo. Sus colegas eran comunes, pero Manuel enseñaba también en la universidad. Era un médico que gozaba de excelente reputación como profesional y muy estimado como persona. Su matrimonio era la envidia para muchos: una pareja estable, solida, prospera económicamente y se veían enamorados.
El hermoso y abundante ramo de calas que la joven portaba era la certeza que conocía bien a su marido; eran sus flores preferidas. Apuró el paso para llegar rápido. Cuando se encontraba ya a pocos metros de distancia la joven mujer se giró y al verla su rostro visiblemente se tensó y se disponía a irse cuando Carmen la llamó.
-Espere, espere, no se vaya. ¿Por qué la prisa?
-Disculpe, Dra. Carmen no quiero importunarla. Por eso me iba.
-¿Nos conocemos?
-No, usted no me conoce, fui alumna de su esposo, él fue el tutor de mi tesis. Hasta ese momento Carmen había centrado su foco de atención en la mujer e ignorado por completo al niño. Al bajar la mirada y observarlo algo en su rostro le resultaba familiar, pero no lograba identificar qué.
-¿Cuál es tu nombre?
-Isabel.
-Muy lindo tu hijo, Isabel. Ella se puso de cuclillas para estar a la misma altura de aquel rubio niño de unos cinco años.
-Y tú ¿cómo te llamas?
-Leonardo, dijo el niño.
Ella se puso en pie. La joven se despidió rápidamente de ella y se fueron.
Carmen los miró hasta que abandonaron el cementerio, y aquélla visita de la alumna despertó una sospecha en ella. Y aunque le parecía una absurda idea porque confiaba plenamente en la fidelidad de Manuel durante los veintiocho años de matrimonio, algo en su interior le decía que debía averiguar un poco más sobre Isabel.
Dos semanas más tarde estaba embalando la ropa de Manuel y en una de sus chaquetas encontró una factura. Era de un restaurant al que él nunca la había llevado que quedaba al extremo opuesto del lugar donde vivían.
Buscó entre los documentos que guardaba en su estudio y no encontró nada. Fue hasta el consultorio médico que ambos compartían y decidió buscar en la pequeña caja fuerte que él tenía y que ella nunca, ni por la más mínima curiosidad, había abierto. Abrió la caja fuerte y revisaba los documentos uno a uno cuando se detuvo en un título de propiedad de un apartamento al otro lado de la ciudad, lejos de su residencia a nombre de Isabel Álvarez. Quedó perpleja y sin aliento. ¿Quién es esta Isabel? ¿Y por qué mi marido tenía un documento de este tipo. ¿Era la misma Isabel del cementerio?
Al día siguiente en horas de la tarde se dirigió al apartamento, tocó el timbre y nadie respondió. Esperó dentro de su vehículo hasta que alguien llegara e intentar más tarde. En efecto, volvió a tocar el timbre, desde el interior se escuchaba la voz de un niño. Se abre la puerta y al otro lado está la Isabel del cementerio, sorprendida e incómoda.
-Doctora Carmen, ¿qué hace usted en mi casa, cómo llegó hasta aquí?
-Permíteme pasar, creo que tú y yo tenemos cosas que aclarar.
-Siéntese por favor
-No prefiero estar de pie. Carmen fue directo al grano ¿Por qué mi marido tenía entre sus documentos un título de propiedad a nombre de Isabel Alvarez? ¿Eres tú esa Isabel?
-Sí, soy yo.
-Hubiese preferido que nunca se enterara. Jamás quise interferir en su relación ni hacer daño.
-¿Desde cuándo Manuel y tú tienen una relación? Desde hace siete años.
Carmen se desplomó sobre el sofá y cubrió su rostro con manos temblorosas.
Era obvio que aquél niño de aire familiar era fruto de esa relación.
Carmen quiso saber todos los detalles, Isabel le ahorró los pormenores.
Visiblemente afectada salió Carmen del hogar de la amante de su marido. Desde ese momento decidió más nunca volver a pisar el cementerio y enterró en su corazón a su ya difunto esposo.
Decidió no contar a su familia la historia, que era conocida por sus colegas y amigos comunes de los cuales decidió alejarse por sentirse traicionada. Había decidido más nunca ver a Isabel y Leonardo, pero el destino le tenía reservado otra cosa. Dos años más tardes, una colega del hospital le contó que la amante de su marido estaba gravemente enferma y se encontraba hospitalizada. Carmen decidió ir a verla. Realmente constató su gravedad y deterioro. Le preguntó por Leonardo y en manos de quién quedaría el niño cuando ella falleciera.
Isabel le dijo que pensaba enviarlo a vivir con una hermana en el extranjero porque no tenía más parientes que vivieran en el país.
Esa noche Carmen no logró conciliar el sueño pensando en el destino del niño y en que ella podría ser la madre de ese niño, sería el hijo que nunca pudo concebir y tener. Había tomado una decisión.
Le propuso a Isabel llevarse el niño a su casa mientras ella estuviera en el hospital y le planteó criar a su hijo, que siempre estaría en contacto con su familia, podrían viajar verlos y el niño encontrarse con ellos, pero quería que viviera con ella porque un cambio de país, escuela, sin su madre era un cambio drástico para la criatura. Ella lo había vivido de niña cuando perdió a sus padres y fue a vivir con sus tíos y no deseaba que Leonardo viviese la misma historia.
Isabel sorprendida ante la nobleza de Carmen dijo que era una decisión de vida y sumamente complicada, que probaran durante un tiempo y que ya luego Leonardo tomara una decisión si quería o no vivir con ella. Así acordaron.
Leonardo creció rodeado del amor de Carmen, era su madre y nunca cruzó por su cabeza irse a ningún lugar. Dejó este hogar solo para formar uno propio.
Leonardo estrechó la mano envejecida y cansada de Carmen, quien respiraba con dificultad.
-Tú has sido una gran madre. Solo hay amor y agradecimiento en mi corazón por todo lo que me diste. Supiste hacerme un niño y un hombre feliz. Se abrazaron entre lágrimas. Leonardo se quedó ahí sentado tomando su mano en silencio. Ambos se durmieron.
Esa madrugada un fuerte respiro y quejido lo despertó, Carmen tenía la vista perdida y aquélla mano maternal que lo había sostenido desde niño lo estrechó con fuerza para luego soltarlo. 


Narsa Silva

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Narsa A. Silva Villanueva (Caracas, Venezuela 1972)

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