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Rubens Santoro Veduta dalla Giudecca verso la chiesa di Santa Maria della Salute

Su ausencia me destroza, me sigue por la calle, como si fuera el ruido de pasos enemigos que se acercan y me asustan.
Desde hace horas estoy caminando sola por los barrios de una Venecia que los turistas no conocen, buscando mis recuerdos e intentando alejarme de ellos.
Pero su ausencia por fin me alcanza, me agarra las piernas, las quiebra y me hace caer derrotada sobre los peldaños de un puente.
Yo creía que solo podría sufrir así por un hombre: sé que el amor tiene bastante vigor como para partirme el corazón y dejarme sin fuerzas. En cambio, ahora es la ausencia de Lucía la que me derrumba y me deja agotada, sin aliento.
Lo sé: habría tenido que llamarla otra vez. 
Si hubiera sido un hombre, lo habría llamado, olvidándome del orgullo y de todo.
El agua del canal es turbia, grisácea, debe de ser fría… por un momento me imagino como sería dejarme caer hasta el fondo.
Hay días en los que los canales de Venecia reflejan los colores alegres de las casas, en un juego de imágenes que hacen aparecer una segunda ciudad igual aunque opuesta a la de verdad. Pero hoy no: hoy una niebla húmeda y pálida cubre la ciudad, impregnada de ese olor a podrido que siempre me deslumbra y al mismo tiempo  me repugna.
No me acuerdo exactamente las palabras que dije a Lucía, cuando me llamó: sólo me acuerdo que fue muy difícil encontrarlas al principio, y aun más difícil controlarlas después.
Hay un barco en el canal, parece abandonado a su destino, como yo. Dos señoras ancianas charlan y se cogen del brazo: hablan de sus nietos, de la compra y de pequeñeces: dos amigas, como éramos Lucía y yo.
De repente, desde una ventana entreabierta sale una música, azucarada y melancólica como un perro perdido, me agarra la garganta y me obliga a parar mi caminata sin rumbo. Dos voces femeninas que gorjean juntas, soltándose y entrelazándose armónicamente como nuestras voces intercambiando secretos. Teníamos diecisiete años: era el tercer año del bachillerato, y vinimos de viaje escolar justo aquí.
Mi corazón se había quebrado por Mauricio en mil pedazos de vidrio, y yo tenía cortes en las manos por intentar arreglarlo.
En cambio, Lucía paseaba por la orilla cogida del brazo de Gabriel, tan tranquilos que parecían un matrimonio de ancianos.
Las dos habíamos descubierto el amor, pero de una manera muy diferente. Eso no nos alejó, sino que nos unió todavía más y nos hizo más amigas. No sentía ninguna envidia por ellos, por el afecto sosegado que demostraban, mientras que yo me moría para obtener una sonrisa, una mirada de Mauricio, regalada como una limosna…
Había aprendido a amar con desesperación y la tranquilidad de un cariño seguro no me interesaba.
Lucía y yo éramos tan amigas que nunca un chico – o un hombre – podría separarnos. Claro, nos gustaban tipos diferentes, pero entonces estábamos convencidas de que nuestra amistad era más fuerte que el amor, más fuerte que todo.

Lo sé: tendría que haberla llamado otra vez.
Tendría que haber esperado unas horas, dejar que nos calmáramos las dos y luego haberla llamado otra vez. Pero no lo hice.

Decido volver atrás y alcanzar los barrios llenos de turistas con sus cámaras insaciables. Miro la laguna abrumada y me abandono a la profunda quietud del espacio que se extiende delante de mis ojos y a los recuerdos que flotan a mi alrededor.
El agua en los canales está gris, fría como el hielo que alberga mi alma; la luz del día se desvanece hasta desaparecer.
Venecia en invierno es así: a veces te encadena, a veces te embruja.
Y aquí quiero perderme todavía un poco antes de volver, antes de que esta tarde húmeda y grisácea pueda borrar mi recuerdo más antiguo: Lucía y yo, cogidas del brazo, bisbiseando nuestros secretos por la Riva degli Schiavoni.

Silvia Zanetto