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La gente en el sol de Edward Hopper

Podría ser una mañana fría de primavera. Podría ser el patio de una posada perdida en una ruta provincial con vista al campo. Podrían ser cinco desconocidos reunidos por mera casualidad en la geometría asolada que los pálidos rayos recortan entre el suelo y la pared. Se trataría entonces de gente ensimismada, absorbida tal vez por la rigidez del paisaje, un horizonte de colinas que avanza sobre el terreno pajizo con la azulada concreción de un glaciar. Podría ser también que en vez de extraños fuesen cinco amigos que la noche anterior, volviendo de algún party animado, con una punta de tino hubiesen preferido pasar en aquel hotelucho los efectos de múltiples gintonics. Se explicaría así el porque de tanta elegancia y de la quietud de resaca que envuelve el cuadro. Pero tal vez, podrían ser más que amigos, dos matrimonios, digamos Magda y Sam Lenox y los Conforti. El quinto, quizás un joven soltero, pongamos que nada menos que Raoul Fante el famoso actor de telenovelas. Raoul “el Rubicondo”, último amante de Magda Lenox, esa enérgica señora con echarpe y sombrero y zapatitos blancos de tacón. Podría ser que Magda esa misma mañana hubiese tomado la decisión de su vida, abandonar al viejo Sam y a su joven amante por aquella estudiante vietnamita que frecuenta sus clases de filología germánica. Podría ser que sentada en la reposera la mujer no pudiese dejar de pensar en la chica -de ahí la leve crispación de sus labios- y que Sam, a su lado -la calva apoyada en la pequeña almohada que ha sacado del baúl del Buick escarlata- ya lo sepa, como está enterado del Rubicondo y de todas las infidelidades de su esposa. Quizás por eso, plácido en la tumbona dormita con la serenidad de quien no tiene memoria o es falto de ideas; y que Magda, al contrario, enfundada en un completo plomizo es la flecha de un arco tendido lista para ser disparada. Podría ser que Raoul, cabizbajo en la segunda fila, hubiese ya intuido el final de la historia o que harto de esta amante madura estuviese soñando nuevas conquistas. Del lado de la pared, ocultos por el grupo, los Conforti parecen absortos en otras fantasías, ella tal vez, en la llegada de un hijo, él en el trabajo extraordinario que lo espera. Podría ser también que lo más intenso de la escena fuesen el rojo del echarpe de Magda y el tumulto de personajes que pueblan el libro hojeado por Raoul.

Adriana Langtry