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Ahora que nos ha tocado una guerra imprevista en esta Europa del bienestar que desde hace 70 años no conoce guerras (porque todos habremos convenientemente olvidado Yugoslavia), ahora que el francotirador apostado en la terraza de enfrente es un gusano invisible e irreductible ante las fuerzas del orden, ahora que se necesita más valor ante lo desconocido por mucho que artistas visionarios nos lo hubiesen anunciado desde la ciencia ficción, ahora que necesitamos consignas de comportamiento social firmes e inquebrantables, ahora que todo eso y mucho más nos espera como a niños consentidos, salen los perros a ladrar a la luna buscando responsables de una irresponsabilidad que nos concierne a todos.

¿A quién has votado, amigo? ¿Qué decía en su programa electoral sobre la sanidad pública, aparente única pócima mágica para resolver la actual pandemia?

Lo primero que la situación actual necesita es calma y respeto. ¿Qué es eso de ir buscando culpables en vez de soluciones? ¿Qué es eso de ver a los partidos políticos enrocarse en pérfidas intenciones electorales en vez de forzar una Unión de Armas, como le gustaría evocar al Conde duque de Olivares tan mal visto por todas las tendencias políticas? ¿Qué es eso de esperar a ver si con unas cuantas muertes más me atraigo un buen puñado de electores?

Queridos y sufridos potenciales contaminados: el gobierno lo ha hecho mal, la oposición no ha hecho más que ladrar, los países se han equivocado todos, véanse las estadísticas y a algún que otro primer ministro que cacareó antes de que despuntara el alba, la U.E. no responde, los países del Norte nos desprecian, Rusia juega , China…, no me digan que China va a ser nuestro modelo de salvación y el nuevo camino que hay que recorrer para llegar a nuestro añorado modelo de bienestar, del que todos hablamos y nadie sabe lo que es hasta que nos falta.

¿Hay alguien coherente en este desaguisado? No cabe duda, sí, el pueblo. Y sobre él deberían de caer más responsabilidades y soluciones, quizá. Las responsabilidades las ha cumplido porque ha permanecido encerrado a pesar de los tres mil oficiantes que en fin de semana pretenden fugarse a su segunda residencia o de los varios locos que circulan provocando a la policía. Nada para 46 millones de personas. Que en Cañada Real no se encierren en sus casas y ande la chiquillería trasteando entre barracones y estercoleros. ¿En qué casas de Cañada Real se van a encerrar?

Todavía hay unos francotiradores apostados en las terrazas más violentos y perversos que el virus, que a fin de cuentas cumple con su función perversa de crear el mal. Son unos supuestos creadores de opinión que tienen páginas abiertas en diarios de todo tipo y que incitan con sus proclamas a la rebelión porque, aducen, hemos entregado nuestra libertad por unas migajas de seguridad. Hemos entregado nuestras libertades a un personajillo que se convertirá en sátrapa y arrancará de raíz nuestras libertades cuando las aguas vuelvan a su cauce ante el peligro de un inminente retorno de la pandemia.

¿Alguien, en su sano juicio, ha renunciado a las libertades individuales y sociales de mañana porque hoy la nave zozobre? Esos liberticidas de letra impresa deberían pensárselo dos veces, no vaya a ser que el ejercicio de la libertad social les condene simplemente al destierro de la no lectura, para siempre jamás, de sus textos.

Aquí hay un héroe en estos tiempos de dolor y congoja. No son los sanitarios, es el pueblo del que han salido esos sanitarios que con riesgo de su vida atienden el desesperado dolor de los sin esperanza.

No nos engañemos. Una pandemia no es el fin de la humanidad. Es solo el fin de una parte, preciosa, la más anciana en general, de la humanidad. Pero de aquí saldremos reforzados. No por los contertulios de los programas de radio o tv, desde luego. Estoy pensando en los filósofos.

Cuando Stalin comprendió que Hitler quería llegar al corazón de Moscú no lo abandonó, como el zar en el caso de Napoleón, sino que puso a trabajar a la ciudadanía. No había horas, ni días, ni turnos, ni sobresueldo. Solo una idea: ganar la guerra. Y así lo hizo. Otra cosa es lo que luego hiciera Stalin con el pueblo que ganó esa guerra. Pero nosotros ya no somos Stalin.

Si aquí ha fallado algo es que el gobierno no sepa qué pedir a sus ciudadanos si no es el confinamiento. Si sus ciudadanos estuvieran preparados, y están más de lo que parece, ladradores aparte, habría podido pedirnos que hiciésemos mascarillas, escafandras, batas, guantes o habilitar nuestras casas o espacios públicos disponibles. O cualquier otra cosa que a tantos se les pudiera haber ocurrido. No se ha hecho porque los poderes públicos tienden a pensar que somos unos inútiles y eso viene de lejos, de otro problema que hasta ahora en este rifirrafe de ladridos no se ha planteado: educación. ¿Qué decía el programa electoral del partido al que votaste sobre la educación pública y su adecuación para los casos de emergencia social? ¿O pensamos que los niños, desde su más tierna infancia, no pueden aprender a defenderse individual y socialmente ante una emergencia sobrevenida?

Dejen de ladrar, por favor y pónganse a una sola cosa: ganar la guerra. Luego hablaremos.

Arturo Lorenzo.
Madrid, Abril de 2020