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LAS RUTAS COMERCIALES DE BIZANCIO ENTRE GUERRA Y PAZ

CUANDO EL MAR MAYOR SE CONVIRTIÓ EN MAR NEGRO

Ya a finales del siglo XII los mercaderes catalanes y aragoneses, siguiendo las huellas de genoveses, florentinos y venecianos, recorrían las rutas de la seda y las especias, las más importantes vías comerciales de la Edad media. La geografía política de la época, muy distinta de la contemporánea, favorecía el desarrollo comercial entre Occidente y Levante europeos, Africa y Asia, a través del Mediterráneo y del mar Negro, entonces llamado Mar Mayor, gracias también a los caminos caravaneros que desde los puertos se adentraban al interior hacia los principales ejes ecónomicos de Oriente próximo y Rusia, hasta Persia y China (Catay). Los estrechos de los Dardanelos y del Cuerno de Oro, parte del Imperio bizantino, representaban, ayer como hoy, la clave para llegar a las más importantes escalas marítimas del tiempo.

Uno del los más importantes historiadores del siglo XX, Gino Luzzatto(1878-1964), escribe en su “Breve storia economica dell’Italia medievale” :

Se dopo il successo effimero di Goffredo di Buglione le crociate fallirono completamente al loro scopo di liberare dai Musulmani i Luoghi Santi, esse raggiunsero tuttavia per l’Occidente un risultato importantissimo con la creazione di questa rete di colonie commerciali che dall’ angolo meridionale dell’ Asia Minore si spingevano fino allo Stretto di Gibilterra e che per più di tre secoli assicurarono alle città marinare dell’ Italia dapprima e poi anche  a quelle della Francia meridionale e della Catalogna il dominio del commercio mediterraneo.”

Trad. : “Si después del éxito efímero de Godofredo de Bouillon las cruzadas fracasaron por completo para liberar los Lugares Sagrados de los musulmanes, sin embargo lograron un resultado muy importante para Occidente con la creación de esta red de colonias comerciales que desde el extremo sur del Asia Menor llegó hasta el Estrecho de Gibraltar y, durante más de tres siglos, aseguró a las ciudades marineras de Italia primero y luego también a las del sur de Francia y Cataluña el dominio del comercio mediterráneo “.

A comienzos, solo en contados casos los europeos se arriesgaban tierra adentro. Pero,una vez establecida la pax mongólica por los Khanes de la Horda de Oro, muchos mercaderes y exploradores llegaron a establecer relaciones directas con India y China, según nos relatan las crónicas y hasta las novelas del tiempo: “ Certissima cosa è, se fede si può dare alle parole di alcuni genovesi che in quelle contrade stati sono, che nelle parti del Cattaio…” = Trad. “: Ciertamente lo que es, si se puede dar fe a las palabras de algunos genoveses que en aquellas tierras estuvieron, que en las partes del Catay …”  – así nos entera Giovanni Boccaccio en su cuento tercero de la giornata diez del Decameron.

Francesco Balducci Pegolotti, agente del Banco florentino dei Bardi en Chipre y Armenia, autor de “La Pratica della mercatura”, uno de los mejores manuales de la época para el comercio y los viajantes, nos confirma que los caminos asiáticos de la seda y las especias eran entre los más seguros del mundo, vigilados día y noche.

Los armenios fueron una de las comunidades clave para el comercio con Oriente. En aquellas épocas ocupaban unas áreas más vastas de lo que corresponde hoy a la República de Armenia, casi un corredor geográfico entre Costa Anatólica y Cordilleras Caucásicas; su habilidad en la artesanía y en el comercio convirtió sus territorios y sus comunidades en centros de intercambio muy importantes y abiertos a toda clase de influencias. A medida que se efectúan estudios históricos sobre las zonas de su ocupación, siguen apareciendo testimonios de una grandeza política y social de la Nación Armenia, impensable hasta hace poco tiempo.

Una amenaza para estos tráficos comerciales era sin embargo representada por la expansión turca, favorecida por la rivalidad entre los competidores europeos, sobre todo Pisa, Génova y Venecia.  El Imperio de Oriente, empeñado en primera línea contra la avanzada de la Medialuna, sufría a su vez las pretensiones de los Latinos o Francos, es decir las comunidades occidentales, sobre todo la veneciana, establecidas en sus territorios. Las injerencias de los extranjeros dieron lugar a feroces enfrentamientos en los años 1171 y 1182 con la población y las autoridades griego-bizantinas. Esta doblez de los Latinos se convirtió en hostilidad abierta ante la neutralidad de Bizancio al proclamarse la cuarta Cruzada en 1201. Después de un acuerdo entre el comandante cruzado Bonifacio de Monferrato y el Dux veneciano Enrico Dandolo, se decidió desviar del primer objetivo, el Delta del Nilo, y atacar al Imperio de Oriente.  Pese a la excomunión lanzada por el Papa contra los Cruzados, una flota que transportaba 34.000 hombres y 4500 caballos zarpó de Venecia hacia el Cuerno de Oro. En el año 1204 Bizancio fue conquistada, saqueada y gran parte de los territorios imperiales ocupados por los Cruzados que dieron origen al efímero Imperio Latino. Este duró hasta 1261, repartiendo los territorios conquistados entre los miembros de la expedición. Los que más obtuvieron fueron los Venecianos.

Las autoridades bizantinas lograron mantener unos anchos territorios, estableciendo nuevos Estados, donde los más importantes eran los Imperios de Nicea y de Trebisonda, y el Despotado de Epiro.

La reconquista de Costantinopla y la restauración del Imperio fueron llevadas a cabo entre 1261 y 1282 por Miguel VIII Paleólogo, emperador de Nicea, y su general Alexios Strategopoulos, gracias sobre todo al apoyo militar y logístico de los genoveses. Pese al éxito de la política genovesa, que, con el tratado de Ninfea, en 1261 logró de Bizancio condiciones de privilegio para sus comercios y pudo desarrollar sus colonias en Crimea (Caffa), Sinop, Trebisonda (Ponto Anatólico) y hasta en el Mar de Azov (Tana), Venecia mantuvo su presencia en el Mediterraneo Oriental y en el Mar Negro, ocupando los puertos de Modón y Corón en Morea, así como muchas islas griegas, Candía, Negroponte, Naxos etc.  Entre los dos principales competidores del comercio en el Levante, el Reino de Aragón eligió aliado sobre todo a la Serenissima. El papel que tuvo la presencia aragonesa en estas zonas fue considerable.  Bizancio era uno de los puntos terminales de la ruta de las especias y de la seda, así como los puertos de Siria y Egipto y hasta ellos llegaron los mercaderes catalanes y sus cónsules, nombrados por Barcelona desde 1266; En 1290 el Emperador bizantino Andrónico II y el cónsul catalán Dalmau Suñer signaron un acuerdo que autorizaba a los mercaderes de Barcelona, Cataluña, Aragón, Mallorca y Valencia a comerciar con el Imperio pagando un arancel del 3% sobre las mercancías despachadas y borrando el “derecho de naufragio” de los habitantes de la costa. Los catalanes exportaban paños de lana, aceite, hierro, vidrio, mercurio, cera, miel, azafrán, lino y compraban algodón, azúcar, cuero, esclavos, especias, seda, cereales, caballos.

Pero, a este punto, cabe mencionar a otros protagonistas de estas páginas de la historia europea: barcos y navíos.

El barco típico de la flota bizantina era el dromon, de origen muy antiguo, gran navío impulsado por más de 200 remeros y con un solo mástil dotado de vela latina. Otras naves más pequeñas y ligeras eran los panfilesy los moneres. Antes del 1204 la marina de guerra de Bizancio disponía de 200 navíos al mando de un Almirante supremo, el Drongario. La flota comercial contaba con más de 70 buques. Tras el desastre de la cuarta Cruzada, habrá que esperar Miguel VIII Paleólogo para reconstruir una escuadra de 80 navíos.

Sin embargo, son los barcos occidentales los que dominan el Mediterráneo en esta época: galeras venecianas de 250 toneladas, cocas catalanas de 300 a 500 toneladas, carracas genovesas de hasta 600 toneladas.

Continuará…


Nando Pozzoni