Etiquetas

, , ,

Acaba de morir Penderecki. Parece que no de covid-19. Krzysztof Penderecki, Debica 1933, Cracovia 29.3.2020, premio Príncipe de Asturias 2001.

Con su música espectral y cautivadora se opuso al mundo, y el mundo, como hace con todos, se lo ha cobrado.

Hablaba yo el otro día de la necesidad de hurgar y bucear en la memoria durante estos días de confinamiento y no solo de recurrir al material bélico incruento del que disponemos en casa como cd´s, pelis, libros, nevera o juguetes eróticos que parece han disparado sus ventas en estos días como vano remedo de la ternura violenta que nos falta. ¿Habrá chicos en bicicleta por las calles sirviendo estos artilugios de primera necesidad a los frustrados amantes? ¿Los detendrán los vigilantes de la ley o los dejarán pasar como portadores de alivio y consuelo para cuerpos y almas que aún gozan de salud suficiente como para no hacer cola frente a la UCI del barrio?

Penderecki nació en la Polonia prebélica que Hitler anexionaría a los pocos años a su creciente imperio ario. De eso hace cuatro días, como quien dice. Una generación, la de Penderecki, al que le ha dado tiempo a vivir la devastación nazi, los campos de exterminio, a los que dedicó parte de su obra, el totalitarismo soviético contra el que militó sin desmayo, Hiroshima, a la que dedicó una excelsa composición, la Guerra Fría, la caída del muro de Berlín, las crisis del Golfo, la guerra de los Balcanes, el feroz neoliberalismo y su crisis financiera del S. XXI, y ahora, en último extremo y, quizá ya sin mucha conciencia de ello, la pandemia que nos asola.

Magdalena (Cracovia 1956?), de apellido polaco impronunciable y menos escribible, había llegado a Madrid de la mano de César Carrión, tras su estancia como lector en la universidad de Varsovia. Magdalena tenía 21 o 22 años y una belleza tipo Françoise Hardy pero más eslava y misteriosa. Y más misteriosa aún su forma de hablar un español perfecto sin acento alguno, una mirada gris, fría, inteligente y triste tras la que se adivinaba una derrota personal y definitiva. Pero todo ello no era nada al lado de la bondad de su carácter y la dulzura y estremecimiento con que nos contaba las terribles cosas de Polonia, la Polonia soviética.

Jaime Pacheco fue el primero en enamorarla, pero en aquel entonces Jaime entendía el amor como el paso previo al confinamiento y, para asombro de todos, la abandonó en el primer regate. Ese todos era un grupo de teatro, a la sazón discípulos de José Peris, catedrático de Música de la UAM que los había introducido en la música y conocimiento de Penderecki en una época en la que nadie había oído pronunciar su nombre en España y que hacía una década había estrenado su Pasión según S. Lucas, obra que era algo así como el himno de combate de aquel grupo al que yo me incorporé sin saber, bien es verdad, dónde me metía.

La Polonia de Magdalena, y por tanto la de Penderecki, era una Polonia bien distinta al paraíso socialista que los universitarios de la época habíamos aclamado cuando las visitas de Servan-Schreiber a España. Por toda argumentación, cuando tratábamos de llevarle la contraria exponiendo nuestras ilusorias teorías sobre las bondades del marxismo paradisíaco que leíamos en los panfletos al uso, Magdalena puso ante nosotros una colección de fotografías de cuadros de jóvenes artistas polacos. Las imágenes no daban lugar a engaño: Habitaciones sin luz de ventanas clausuradas, hombres y mujeres sobrecogidos por el pánico ante la ansiosa mirada de agentes secretos del orden, puertas entornadas que conducían a pasillos desolados a los que se abrían las mazmorras donde ciudadanos exhaustos gritaban su angustia sin voz, interrogatorios en los que una luz amarillenta y negra mostraba las llagas que adornaban los cuerpos de los convictos…

“Esta es la Polonia que vosotros, enfermos de propaganda soviética, no queréis ver. Polonia es un país confinado. En cuarentena eterna”.

Cierto que yo ya había visitado Varsovia en septiembre de 1973 en un efímero vuelo en compañía de Petra Verde, con la que viviría en otros lugares historias sin fin. En aquel septiembre de guerra en Oriente Próximo, Varsovia nos pareció una ciudad fantasma, como lo pueden parecer ahora las nuestras, calles, parques, restaurantes y comercios vacíos. Solo había multitudes en tres sitios: en los grandes almacenes de corte soviético en que para comprar una cosa había que hacer tres colas soviéticas en medio de un insoportable silencio, en las catedrales que rebosaban de fieles entonando cánticos litúrgicos a pleno pulmón, y, por la noche, en los heuriguen, tabernas semisubterráneas en las que reinaba el wodka en cantidades bíblicas.

Al día siguiente, en el vuelo hacia Basora que debía conducirnos, sin saberlo, hacia otra vida de confinamiento, el toque de queda en el país en guerra era brutal, Petra y yo nos preguntábamos si aquello que habíamos visto se correspondía con el paraíso socialista por el que creíamos haber luchado tanto.

Magdalena nos hizo una larga y tétrica exposición de la realidad social que vivía el país hasta convencernos, no era difícil en un grupo de jóvenes mimados del tardo franquismo y sin la más mínima experiencia del mundo, que nuestro concurso y ayuda eran fundamentales para redimir al pueblo polaco de su cuarentena social y moral, así que, haciendo cuentas de lo que podríamos aportar -se propusieron soluciones tan heroicas y necesarias como un buen surtido de embutidos y algo así como una cava de rioja-, nos conjuramos para ir, en mi desvencijado 2CV, atravesando la procelosa Europa y soslayando el pequeño inconveniente de que por medio estaba la Alemania del Este, y predicar la buena nueva de la libertad y el camino hacia la democracia, cosa que ellos solos, los polacos, sin nuestra milagrosa intervención, fueron capaces de hacer por sí mismos una década después.

Ni qué decir tiene que no nos movimos del cómodo salón familiar de César Carrión, cocina de todos nuestros desvaríos. Tan pronto desapareció Magdalena olvidamos nuestros compromisos solidarios y cada mochuelo emprendió el viaje que Dios le dio a entender.

Solo hoy, con la cuarentena impuesta por ese infecto murciélago que voló desde el mercado húmedo de Wuhan hasta nuestras costas, nos hemos cruzado llamadas en recuerdo de aquella extraordinaria joven que aquejada por una artrosis progresiva, causa de su permanente tristeza, no sabemos si vagará, anciana, por las calles de la vieja Cracovia o se habrá reunido con su amado vecino Penderecki en el más allá.

Nos hemos dado un minuto de silencio para luego escuchar el Dies irae que el maestro había musicado en 1960 para las víctimas de esa otra pandemia que fue Hiroshima:

“Día de la ira, aquel día
en que los siglos se reduzcan a cenizas…”

Arturo Lorenzo.
Madrid, Abril de 2020