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Era un infinitamente blanco en un enorme lienzo que permaneciera omnipotentemente blanco durante meses que parecieron siglos en espera a que yo me resolviera darle vida mientras que al lado pintaba otros menos grandes. Lo observaba desde la puerta-ventana abierta de mi alcoba tan pronto me levantaba cada mañana. Todos los días era lo primero que veía siempre y desde allí, un poco lejos, me susurraba que debía de ser más expontáneo, que no calculara tanto y empezara. Cuando a la distancia así me hablaba, iba de inmediato a él acortaba muy rápido el espacio dando la vuelta por la cocina hacia la sala estudio, por la otra puerta era imposible pues el balcón estaba inundado de cuadros, caballetes y cajas llenas de pinturas que impedían el paso. Ya al frente, estando mi rostro a unos centímetros, él callaba yo auscultaba cada milímetro del vacío precipicio y lienzo. Cualquier día, el mismo me lo mostró todo…del blanco surgió el gran árbol de caucho con sus lianas que bajaban desde lo alto buscando la tierra. Nacieron los verdes de una noche de luna que me susurraban los caminos de la selva. Trazos fuertes y precisos, la inspiración del instante, la multiciplicidad de los colores, su combinación y las formas. Cada milímetro con pasión desmedida comunicaba la humedad colorida permanente del misterio amazónico. Recuerdo que lo hice en cincuenta y seis horas y media frenéticas seguidas y totalmente prisionero del color, tres noches con sus días sin parar un segundo, sin ver ni oir ni oler ni tocar a nadie, sin comer, sin beber, sin dormir, sin descansar ni parar un instante. Era imposible. Cuando terminé exhausto y volví a salir a la superficie y a punto de perder el sentido, llegaba también la madrugada… Meses más tarde, una noche ejecutando otro lienzo y al dar a luz un tono nuevo y extremadamente milagroso y claro entre miles de rosados, él desde lo lejos, oí claramente un:

— Era ese, precisamente ese el color, el pincelazo que me faltaba en el extremo superior izquierdo.

Me volté hacia él, con el pincel en mi mano entre mis dedos pulgar, anular e índice y calculé bien lo que iba a hacer… Un instante antes de llevar el pincel impregnado de óleo para imprimirlo en el lugar absolutamente preciso, siento un alboroto que llegaba del otro cuadro que estaba pintando y de otros cuadros cercanos. Me protestaban. Parecían bandas de músicos, sonidos y voces rebeldes que salían de todas partes reclamando. Me impuse. No me lo pudieron impedir. Realicé mi pincelazo del color preciso que se requería y no encontrado en varios meses. Me devuelvo al primer sublevado y lo encandilo con colores exuberántes, pinceladas vigorosas y enérgicas, en combate frontal y con la fuerza expresiva que me entregan en el alma, el alma de las selvas vírgenes amazónicas violadas y arrasadas por el hombre.

Ahora y después de esta batalla, por lo general hablo con mis pinturas en los lienzos. Pero ante cualquier vestigio o sospecha de sublevación, me impongo. Porque soy yo quien ejecuto. Poco a poco las obras me comunican que me concentre en ellas. Que no juegue pintando varios cuadros a la vez. Les digo que es para aprovechar los colores logrados en la paleta. Me refutan diciéndome que es una disculpa para no enfrentar las dificultades que se presentan. Finalmente termino aceptándoles y comienzo a convencerme que yo soy el esclavo de lo que ellas digan, adonde ellas me lleven.

OLMO GUILLERMO LIÉVANO


P.D. En la última exposición de octubre realizada en el Club Rotary de Milán, se le ocurrió a su presidente en la noche de la ignauguración pasarme el micrófono para que les hablara a los elegantes socios e invitados especiales, sobre las obras por mi pintadas. Agarré el vibrante aparato con manos impregnadas de extensa gama de óleos que ningún jabón pudo despegar para tan elegante cena de gala con exposición incluída, y les dije : “Al comunicárseme hace un momento que debía intervenir para hablar sobre mis obras, fuí antes unos instantes a platicar con ellas… Allí, todas me dijeron que yo no hablara nada, que ellas hablaban con ustedes…