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Estaba oscureciendo ya y todos ellos seguían sentados alrededor de la mesa de aquel banquete dominical para festejar la llegada del hijo más pequeño de la familia, Antoine, victorioso luego de su último combate en la guerra revolucionaria francesa. Antoine —el que se enfrenta al adversario— significado de su nombre estaba destinado a combatir como su padre, Pierre, pero el joven correría con más suerte que su progenitor, muerto alrededor de quince años atrás en combate.
Antoine era la joya de su madre Margot, para ella solo él existía; su hermana Camile y su nuera Marion, dos jóvenes hermosas y de carácter dulce y apacible, eran prácticamente invisibles en aquella enorme casa de campo ubicada en uno de los parajes más hermosos y privilegiados de la campiña francesa.


Al banquete asistieron los parientes de la familia más allegados y los mejores amigos. Unas 20 personas eran parte del festín. Margot había cocinado con esmero el menú de ese día. Solo ella quería elaborar los platos destinados para su querubín: cordero, papas y ratatouille. Marion se levantó de la mesa para servir la cena a su marido, Antoine; cuando se disponía a hacerlo Margot la interrumpió en tono seco y áspero, pero lo suficientemente bajo para que el resto que estaba distraído conversando no se percatara de uno de los tantos desaires a su nuera. Al tiempo que le sujetó con fuerza la muñeca le dijo:
—Suelta el plato, que yo me encargo de atender a mi hijo.
Marion sin cruzar palabra obedeció las instrucciones de su suegra, se sentó desinflada en la mesa, cabizbaja, respirando profundamente y conteniendo las ganas de llorar. Inmediatamente alzó la vista y su cuñada Camile la miraba con tristeza y dulzura, en esa complicidad que ambas habían construido durante los casi cinco años de convivencia. Eran no solo cuñadas, eran las mejores amigas, también.
Marion no aguantó se levantó de la mesa y fue a la cocina, Camile, disimuladamente corrió tras ella y la alcanzó.
Al llegar a la cocina, la bella joven estaba encerrada en una pequeña alacena, donde cuidadosamente guardaban el vino que se producía en la familia. Ahí la encontró sentada en el suelo con las lágrimas que corrían sin pudor por sus mejillas hasta caer en la amplia falda que llevaba.
—No llores, no merece la pena, dijo Camile, mientras la abrazaba.
—Marion contestó, —la verdad nunca he hecho nada para que me trate de esa forma, no entiendo, ¿por qué me odia tanto?
—¿Y aún no lo tienes claro?, le robaste lo que es suyo, su joya más preciada, Antoine, por eso su odio, cualquiera que estuviese en tu lugar sería objeto de ese desprecio.
Se abrió la puerta de la alacena y apareció Antoine, enfundado en aquel hermoso traje militar: botas negras, pantalón blanco, chaleco rojo y azul con los botones al extremo entrelazados en cordón. Su larga y hermosa cabellera castaño claro ondulada estaba recogida en una cola. Era realmente un hombre hermoso, de un físico y atractivo envidiable.
—¿Por qué estás llorando, qué te sucede? Le preguntó mientras se colocó de cuclillas, la abrazó y la levantó del suelo.
—Creo que algo del banquete no me cayó bien. Quiero irme a descansar, puede ser mala digestión. Discúlpame con el resto, le dijo a su marido.
Inmediatamente Camile le mencionó a su hermano, — yo le hago un té y la acompaño a su habitación.
Antoine la besó con delicadeza, y le afirmó que luego se acercaría a la habitación para saber cómo seguía.
En realidad Marion deseaba estar sola, le dijo a su cuñada que volviera a la comida y la dejara reposar. Marion fue a su habitación se quitó la ropa y el collar de oro que su suegra Margot les había regalado el día de su matrimonio y usaba en ocasiones especiales como la de ese día. Se acostó a dormir, entró rápidamente en un sueño profundo. La venció el cansancio y el hastío de los desplantes y maltratos de su suegra.
Al rato, se levantó bruscamente de la cama, buscó encender la luz, no hay luz eléctrica, solo unos candelabros, empieza a ver con estupor la habitación, una habitación antigua, piso de madera, muebles Luis XV, no reconoce nada en aquel recinto de otra época, siente miedo y decide salir corriendo de la habitación, al salir observa unas escaleras, —su habitación formaba parte de un ático—, al pie de las escaleras ella, con otro rostro, pero eran sus ojos, sí, sus ojos, vestida con ropas antiguas, de otra época. No comprendía nada de lo que estaba sucediendo. Era su suegra, los mismos ojos, la misma mirada. La joven le habló, ya no en perfecto francés, sino en castellano.
—¿Qué haces aquí, por qué vuelves a aparecerte en mi vida? sé quién eres en realidad. Esta vez no voy a permitir que arruines nuestra vida y nuestro matrimonio, como la vez anterior. Esta vez no, no te tengo miedo. No puedes tocarnos. Yo vine a ser feliz con tu hijo.
Aquélla mujer entrada en años, de aspecto robusto, la miraba con toda la maldad que aquélla joven alguna vez había sentido en otra persona. Fijamente, sin mediar palabras. Un escalofrío recorrió su cuerpo, un sacudón en el cuerpo la despertó. Aturdida por aquél sueño que parecía una vivencia tan real, de otra época, de otra vida, sintió miedo.
Se levantó y fue a la cocina, encendió la luz, y se sentó unos minutos tratando de asimilar y digerir aquélla pesadilla. Gabriela en aquélla cocina, Marion en el sueño; estaba aturdida, abrumada.
Habían pasado un día distendido en un agradable almuerzo y la respectiva sobremesa, atendiendo a sus amigos invitados; un matrimonio joven igual que ella y su marido Carlos, los anfitriones y sus suegros. Terminada la jornada, ella se dispuso a recoger la mesa y lavar los platos. Estando en plena faena en la cocina, lavando la pila de platos, Carlos se dirigió a la cocina a llevar algunas cosas para ayudar a su esposa, inmediatamente llegó Rafaela, su suegra, se dirigió con paso firme y veloz hasta el lavaplatos donde se encontraba su bella y joven nuera de espalda y le dijo con voz rápida —mientras su nuera continuaba de espalda— en tono cordial: —tengo un regalo que he guardado para un momento especial, y creo que llegó el día.
No dio chance a que Gabriela se girara; en fracciones de segundo vio como un collar de oro era conducido por las manos visiblemente gastadas por los años, de una manicure impecable color rojo, uñas cortas, pero muy cuidadas, que con delicadeza abrochó a su cuello. Aquél gesto era una invasión a su espacio físico vital: sentir la respiración en la nuca, el no dar tregua a que pudiera girarse y mirarla a la cara. En ese instante un escalofrío recorrió su cuerpo, y se erizó de pies a cabeza, agradeció estar vestida de manga larga para que aquel desagradable evento pasara desapercibido.
Gabriela giró su cuerpo, miró a su cuello, tocó por segundos el collar, miró a Rafaela, su suegra, y miró a Carlos, quien sonreía agradado por el gesto de su madre, y solo atinó a expresar un tímido gracias. Mientras su cuerpo se recomponía de aquel torbellino y guardaba silencio, Rafaela se explayó en detalles de la historia del objeto de este regalo.
—Es una de mis joyas preferidas, la compré hace unos treinta años en uno de mis viajes a Grecia, durante un tiempo la utilicé frecuentemente y ya luego dejé de usarla. Tenía pensado regalártela y hoy es un día especial.
Gabriela se preguntó, ¿por qué era un día especial?, no era su cumpleaños, ni su aniversario, ni su santo; era un fin de semana cualquiera. Pero en realidad esto no era lo inquietante. Para la joven lo realmente perturbador era lo que le produjo en su cuerpo físico el contacto con aquél objeto y el regalo en sí de su suegra; una mujer bastante fría, distante, de quien había recibido numerosos desplantes y maltratos, velados, a escondidas de su hijo. Con ella tenía una relación cordial, de respeto y nada más. Trató de restarle importancia y se incorporó nuevamente a la reunión.
Los amigos invitados celebraron a voz alta el hermoso collar y el bello gesto de Rafaela para su nuera. Transcurrieron unas dos horas más, entre el dulce, el espumante, el digestivo, aquellas dos horas se hicieron interminables para Gabriela, ella solo tenía deseos de ir a la cama, un cansancio y pesadez invadió su cuerpo; un sueño repentino que no podía controlar. Agradeció que los invitados se fueran de la casa, su marido fue a llevar a sus suegros a la suya, y le dijo a Carlos que se acostaría un rato.
Gabriela se levantó sobresaltada de la cocina, fue corriendo a su habitación para corroborar un detalle de su pesadilla, el collar de oro que tenía en el sueño era exactamente el mismo que estaba ahí, siglos después, en otro país, otra casa, otra historia en aquélla habitación. Era exactamente el mismo. ¿Cómo es posible? se preguntó, aturdida, sin atinar a argumentar una posible respuesta. No tengo una respuesta lógica para esto, se dijo mientras miraba fijamente aquel collar que nuevamente producía un escalofrío en su cuerpo.


Narsa Silva

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Narsa A. Silva Villanueva (Caracas, Venezuela 1972)

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