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—Lo importante es la salud —dice la mujer bajando por el camino de herradura.
No es joven. Delgada sí y también ágil como esas cabras avistadas al doblar la última cuesta. Las cabras en la ladera y en lo alto, el pueblo encaramado en la montaňa. Un aglomerado de casas de piedra y techos de laja suspendido en el silencio majestuoso de los Apeninos. Llegamos una primavera tardía, huyendo del trajín cotidiano y de las cotidianas inquietudes, a esa zona de Italia llamada Lunigiana, antigua colonia romana -Luna, Lunis, Lunensis Ager- ubicada entre Liguria y Toscana.

A primera vista el pueblo parece abandonado. Sol a pico. Ventanas cerradas, nadie por las estrechas callejas. Pero la profusión de gatos descansado en los peldaños de las escalinatas que llevan hacia la parte alta del vecindario, y la armónica geometría de las viňas aterrazadas cuesta abajo, delatan la presencia de una humanidad estable y consolidada. Un retablo de paz, se diría, la expresión de una vida sencilla, retirada del bullicio.

Un poco más allá, en un muro limítrofe nos topamos con la señalización rojo y blanca, pinceladas que indican el pasaje de la Via Francígena, símbolos a los que aferrarse para no perder la orientación. Ahí inicia el declive escarpado que conduce al puente medieval de piedra sobre el río Magra que, si bien restaurado o gracias a ello, conserva su macizo esplendor. Nos detenemos. Tomamos aliento. Es el punto ideal para contemplar la maňana que se vuelca radiosa sobre nosotras, y escuchar el borboteo del torrente que se escurre por debajo de nuestros pies. En ese instante entra en escena ella, como una aparición.

—Lo importante es la salud —repite mientras avanza— con salud uno puede hacer lo que quiere.
No es joven, tiene una edad indefinible. Delgada sí, como hecha de leňa seca o de la mismísima arenisca de las esculturas paganas originarias de la zona. Diosas y héroes, esculturas antropomorfas que se suman al patrimonio de menhires y monumentos prehistóricos común a toda Europa, conservadas en el museo de Pontremoli, la ciudad de los puentes trémulos, encrucijada milenaria de peregrinos.

La mujer lleva la piel ajada, bruñida y adherida a los huesos que asoman como ramaje por las aberturas del vestido de mangas cortas, un simple batoncito floreado abrochado adelante. Toda ella es un manojo de nervios entorno al ramillete de flores silvestres que aprieta delicadamente entre las manos. Los cabellos teňidos de un intenso rojo borravino vuelven sus arrugas abruptas y, si bien los lleva recogidos, lucen extravagantes comparados a la sencillez de su figura, como si revelaran una oculta desazón. Hay algo de arcaico en ella, por mitad campesina por mitad curandera, habría podido formar parte del batallón de mujeres que en siglos anteriores, por esos lugares, la Inquisición quemó por brujería.

¿Pero adónde irá con ese ramillete?
—¡Vengan!— nos ordena mientras trepa por un estrecho sendero que se pierde en el bosque de castaňos. Castaňos y nogales y robles, la seguimos en el bosque tupido.
— Se lo pido siempre al angelito — dice — todos los días se lo pido, trabajo y salud para todos.
Pedregullo, cuencas, desniveles. La mujer es una cabra de monte, sube de prisa, conoce de memoria el terreno, mientras para nosotras cada paso es un intento por encontrar un apoyo seguro, por restaurar un equilibrio perdido. Encaramadas tras ella estamos diseñando, sin darnos cuenta, una hilera de huellas, lejanas del trajín cotidiano y de las cotidianas inquietudes, una senda que si bien incierta e inestable parece en ese instante contenernos.

—¿Vienen de lejos?— pregunta de sopetón. Se ha detenido, nos observa con la mirada inquieta de rapaz. Tomamos aliento. A ninguna de las tres se nos ocurre mencionar el lugar que, en tiempos desfasados, dejamos del otro lado del océano. ¿Para qué complicar las cosas? Respondemos al unísono: de Milán.
Tampoco se nos da preguntarle: ¿Y usted? Lo damos por sentado. La mujer es de ahí desde siempre, es parte del paisaje, como el mismo silencio que ahora nos rodea cargado de zumbidos de abejas, de cencerros y campanas que taňen en alguna iglesia remota.
—Yo soy de aquí… —afirma, y agrega en seguida como para que no queden dudas— pero conozco Milán y otras ciudades del norte. De aquí emigré cuando joven, no había trabajo, estuve afuera muchos años…
Las palabras surcan el claro del bosque donde nos hemos detenido, tienden hilos sutiles entre ella y nosotras, son como un puente colgante entre orillas opuestas que oscila tembloroso sobre un barranco.

— …volví para cuidar a los viejos —prosigue— y si yo no volvía ¿quién se iba a ocupar de ellos? si hay salud todo está bien — continúa — tengo un hijo de cuarenta y dos aňos que vive todavía conmigo y un marido que me ayuda en el huerto, doy inyecciones, trabajo de enfermera, allá en el norte pasé años en un hospital…en un hospital psiquiátrico —lo dice en voz baja, casi en secreto— vi muchas cosas feas…—frunce el ceňo— ¡ustedes no se lo pueden imaginar!

Reanudado el camino llegamos a la carretera. No es verano, no hay tráfico. El bosque abraza el asfalto con chillidos de pájaros e intenso olor a hierbas. Ahora caminamos en hilera del lado contrario del precipicio. De vez en cuando nos rebasa el rugido de una moto que a toda velocidad atraviesa las curvas que, una tras otra, delinean la topografía montaňosa. A un cierto punto la mujer exclama: —íAhí está!

Es un altar de piedra, una especie de hito de un metro y medio al pie de la ladera, con un soporte perpendicular sobre el cual yacen dos macetitas de malvones. Son las ofrendas a la imagen de cerámica blanca, un tanto desvaída, de la Madonna y el Ángel vistos de perfil.
—Vengo siempre a pedírselo —afirma con un cierto orgullo— aquí no tenemos mucho, un poco de salud y de trabajo y ya está, es suficiente—. Y luego agrega en voz baja, casi como si estuviera rezando— el ángel de la guarda sabe, estuve en el hospital psiquiátrico muchos años pero un día me fui…
Luego calla. Sigue un estremecimiento de hojas. Nos ponemos a recoger florcitas amarillas que depositamos en el ara junto a su ramillete. La mujer arregla las macetas, riega las plantas con una botella de plástico que dejó escondida detrás de una piedra, lustra la imagen de cerámica con un pañuelo de papel.
— También aquí ha pasado de todo —retoma— muertos, enfermedades, la malignidad de la gente, si ustedes supieran…¿pero ven estos bosques? ¿estos campos? ¿estos valles?— y su mano huesuda señala el panorama – es que el Señor les manda a todos un poco de calvario pero buena parte de sufrimiento —agrega casi sonriente— nos lo creamos nosotros mismos ¿o no es verdad?

Se ha hecho tarde. Siguiendo las sinuosidades de la carretera llegaremos cuesta abajo a Pontremoli, la ciudad de los puentes trémulos, sede del premio literario Bancarella y, según las leyendas, de duendes y licántropos. En unos días más estaremos de vuelta en el trajín cotidiano, con las cotidianas inquietudes ¿a crearnos nuestro calvario personal? Quién sabe. En vez, lo que sí presiento es que de ahora en más el pobre angelito estará muy ocupado.
—Para todos —repite la mujer mientras nos despedimos— se lo pido, salud y trabajo para todos, también para ustedes tres.

Adriana Langtry