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Con el cansancio propio que deja la espera en un aeropuerto y un vuelo de seis horas y media, Mariana abordó el taxi que la llevaba a su destino. Con emoción contempló atenta el trayecto, un cielo azul en ese día de primavera era un regalo a sus ojos. Era la primera vez que visitaba ese país, esa ciudad y era la primera vez que abrazaría a su hermana luego de tres años sin verse.
La memoria es una trampa, se dijo; como fila de indios fueron apareciendo uno tras otros las vivencias, felices y amargas, que marcaron su vida y la de Camila, su hermana. No despegó su rostro de la ventana, repasando esta vez desde la tranquilidad y madurez que conceden los años transcurridos su inventario existencial y lo duro de esa despedida para ambas. Camila y Diego, su marido, formaban parte de la estadística de la diáspora de venezolanos que han decidido irse a buscar un futuro mejor y Argentina fue el destino al que decidieron apostar.
Diego, un joven neurocirujano con mucho éxito en su práctica clínica en Caracas, carismático, guapo, extrovertido. Camila, una joven bella, bastante más reservada e introvertida que su marido; antropóloga, profesora universitaria, era la menor de una familia de tres hermanos. 

Al fin llegó a su destino, Palermo, el barrio más extenso y conocido al noreste de la ciudad. El portero con tono amable, le dijo: Ah, usted debe ser la chica venezolana hermana de Camila, aquí le dejaron la llave, pero el ascensor está dañado, la ayudo a subir la maleta. Tomó la llave y subieron con dificultad el pesado equipaje.
Apenas entró, se derribó en el amplio sofá como el maratonista que llega agotado a la meta. Contempló con curiosidad y emoción el lugar; en la mesa del comedor estaba una nota y unas bonitas flores para dar la bienvenida a la huésped; esperada y muchas veces invitada en esos tres años.
Siguió las indicaciones dadas en la nota, al fondo a la derecha está tu habitación y el baño. Al entrar, un grato olor a lavanda impregnaba el diminuto cuarto; todo en perfecto orden y bien dispuesto para recibirla; una cama individual y sobre ella un juego de toallas limpias e impecablemente blancas; una pequeña biblioteca repleta de libros que repasó de extremo a extremo, del total, se percató que había leído un poco más de la mitad a lo largo de su vida; no está mal, pensó, debo retomar la lectura con disciplina a mi regreso, se dijo con firmeza.
Al fondo, una pequeña mesa, sobre ella una laptop, y a la izquierda un libro; los cuentos de Jorge Luis Borges, con un marcalibros que señalaba la página 97; al pie de la cama unas pantuflas; frente a ella, una mesita con una tele y justo al lado una peinadora sobre la que estaban armoniosamente colocados dos perfumes, varios labiales y un joyero de madera labrado que ella había regalado a su hermana hace un par de años atrás.
Mariana se sentó en la cama y como el viento gélido que te corta la cara en invierno, un pensamiento le atravesó por completo el cuerpo y dejó un escalofrío. Se deshizo de él rápidamente y se dispuso a tomar una ducha y descansar unas horas mientras Camila llegaba del trabajo.


No pudo dormir, se vistió y salió a recorrer un poco la ciudad. Caminó por el barrio y fue hasta el hermoso parque “Tres de febrero”, conocido como “Bosque de Palermo”. Se quitó los zapatos y disfrutó sentir la hierba, se sentía relajada, feliz, emocionada por el reencuentro con su hermana y su cuñado. Dispuesta a exprimir al máximo las dos semanas de vacaciones que había dispuesto a pasar en Argentina.
Al cabo de unas horas volvió al apartamento. Al llegar repasó nuevamente el lugar, un apartamento pequeño, pero con la comodidad propia para una pareja sin hijos, dos habitaciones, la matrimonial y la pequeña dispuesta para ella durante su estancia.
Camila y Diego conformaban el típico matrimonio modelo; una pareja que se casó siete atrás enamorada. La familia y los amigos admiraban su estabilidad, su romance permanente, su complicidad y los detalles con los que abonaban su relación, cual jardinero abona una planta para mantenerla viva y saludable. No había hijos, hasta ahora, pero esa cuenta pendiente parecía no generar ningún conflicto. Ambos eran jóvenes y habían decidido primero estabilizarse en Argentina para luego buscar agrandar la familia.
Mientras tomaba un café y repasaba su itinerario para las vacaciones llegó Camila, se estrecharon en un fuerte abrazo; tenían tres años sin verse desde que la pareja decidió emigrar al sur a buscar un futuro más estable. La decisión de emigrar no fue fácil, él quería, ella no, Diego tenía posibilidades de trabajo como médico, optó por la vía de cursar un master y luego ver si podía engancharse nuevamente en el sector académico.
Mariana advirtió en el rostro de su hermana alegría y al mismo tiempo tensión como quien recibe un regalo esperado y al mismo tiempo incómodo. Se abrazaron largamente y con los ojos de ambas humedecidos empezaron a saltar como niñas. Salieron a un bar cercano a comer; se tomaron unos cuantos vinos para celebrar su reencuentro. Al rato se les unió Diego; abrazó muy fuerte a su cuñada –al mismo tiempo su mejor amiga-, ella se lo había presentado a Camila, sentía que era el hombre ideal para su hermana.
-Bienvenida a Buenos Aires. Estoy tan feliz de que estés aquí, seguidamente saludó a Camila con un beso en la mejilla.
Era la primera vez en diez años, tres de noviazgo y siete de matrimonio que Mariana observaba que se besaban en la mejilla. Se dispusieron a seguir tomando y hablando. Habían transcurrido casi tres horas en ese bar, poniéndose al día y hablando sin parar como si ese fuese el primer y último día en Buenos Aires y durante ese tiempo ella advirtió que no hubo ningún contacto físico; solo el típico visual que se establece en una conversación con alguien cercano, pero no íntimo.
Llegaron al apartamento y se dispusieron a dormir, a ellos les esperaba un día más de trabajo y a Mariana su primer día de aventura en Buenos Aires. El insomnio se apoderó de ella, la emoción del viaje, lo que le esperaba al día siguiente y la sensación de ser una huésped querida, pero tal vez incómoda en ese momento.
Al día siguiente, Mariana salió nuevamente a recorrer y conocer un poco más la ciudad. Al volver cocinó y esperó a su hermana con la sorpresa de una mesa bien dispuesta, una buena botella de vino y una rica comida. Almorzaron y tomaron toda la botella, de postre la interpeló, sin cortapisas y directo al grano con una pregunta incómoda la abordò
– ¿Qué pasa entre ustedes, por qué están separados, pero viviendo bajo el mismo techo? Porque es evidente que donde duermo no es el cuarto de huésped, es tu habitación. Camila soltó la copa de vino, la miró y rompió en llanto.
Mariana la abrazó y lloró junto a ella, Camila en tono seco, le dijo: No quiero hablar del tema, es muy espinoso y doloroso, no quiero sentir tu juicio o tu incomprensión porque lo que estoy viviendo debe ser lo más parecido a un infierno.
-Tu presencia no es inoportuna, es un regalo.
Hubo un largo silencio y un largo abrazo, mientras, una larga cadena de por qué y cómo se cruzaron por la mente de Mariana: qué pasó; cómo pueden sobrevivir dos personas durmiendo en cuartos contiguos cuando antes compartían la misma cama; cuándo y porqué dejaron de tocarse, de sentirse, de reconocerse en el otro, por qué sobrevellar una situación así.
-Si mi presencia los perturba, prefiero irme antes que ocasionarles un mal rato. Nos podemos ver a diario, pero me quedo en un Hostal, sentenció Mariana. No soy quien para juzgar la situación o hurgar en el por qué, aquí estoy si quieres contarme las razones que te llevaron a habitar ese cuarto de huésped que ocupas.

Ese día fue el más largo de su viaje, hablaron largamente y Camila contó cual abecedario las razones que la llevaron progresivamente al cuarto de huésped. Aquellas dos almas que familiares o amigos daban como gemelas, ahora eran compañeros de apartamento, pero no de vida. Mariana la escuchó desde la tranquilidad y el afecto de hermana y amiga, porque eso habían sido siempre: confidentes, compañeras, sin juzgar, sin opinar, sólo eso, escuchando y agradeciendo su apertura y la confianza.
Los días subsiguientes se dedicaron a pasear en los ratos libres, a comer en ocasiones los tres juntos a veces ellas dos, Mariana salió un par de días a conocer otros lugares, y así transcurrieron dos semanas. Pocos días antes de su regreso mientras Mariana y Diego desayunaban juntos, ya Camila se había marchado al trabajo, ella le dijo.
-Sé lo que pasa y lo siento tanto. No sé qué decirte, sólo que los quiero a ambos y espero que en algún momento tomen la mejor decisión con sus vidas. El se levantó y con los ojos llenos de lágrimas la abrazó y contestó:
-Eres la única que sabe nuestra verdad, qué pasó y cómo, y serás la única en saberlo, porque así lo hemos decidido. Ya llegará el momento de oficializar nuestra separación y dar la noticia del divorcio, sin explicaciones e intimidades.
Mariana prometió a Camila y Diego, guardar silencio, fingir que están juntos; a ella no le correspondía hablar y respetaba su intimidad y sobre todo era leal a la confianza. En esas dos semanas, ella fue testigo de lo que quedaba de aquel matrimonio; se sentía feliz de haberlos visto, pero triste por presenciar durante la dura y triste realidad. ¿Cuánto tiempo más sobrevivirían en esa situación? pensó.
La noche antes de su regreso hizo un repaso de los matrimonios que conocía y le eran cercanos y se preguntó cuántos realmente era genuinos y felices y cuántos de ellos una trampa para ajenos y un autoengaño para propios.
El día de su retorno a Caracas, Nicolás y Camila llevaron a Mariana al aeropuerto. El se despidió un poco antes, con un largo y sincero abrazo y le dijo: Me ha hecho feliz que hayas venido, pase lo que pase siempre seremos los mismos, no lo olvides. Dejó sola a las hermanas para el momento de la despedida. Ambas se estrecharon en un fuerte abrazo, lloraron como el primer día, esta vez con la triste certeza para Mariana que sería la última vez que los vería juntos.


Narsa Silva

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Narsa A. Silva Villanueva (Caracas, Venezuela 1972)

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