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Treinta y cinco años después, Madrid sigue siendo la ciudad alegre, confiada, canalla y sucia que siempre fue. La ciudad que nunca duerme y en la que nunca llueve, por la que circulan bajo ese cielo falsamente transparente cientos, miles de madrileños con los ojos insomnes apestados de dióxido y miasmas pero con la mirada risueña, imperial, como si un destino cruzado de fortuna, simplicidad e inconsciencia los hiciera permanentes y eternos, inasequibles al paso de las estaciones bien marcadas sobre este poblachón manchego con tropezones de modernidad y esquirlas de una violencia suburbana que nunca cesa aunque se la ignore.
Madrid es un cruzado mágico de locales, pocos, y transeúntes, los más, que nunca duerme porque necesita certificar en las ansias de la vida nocturna su rechazo congénito por el castigo bíblico del trabajo y el sudor por la frente a que apesta el metro en sus ramales de suburbio por donde la ciudad, cada vez más extensa, pierde su nombre y cambia su geografía milenaria de desmontes, acequias, molinos y bestias de carga por un renovado urbanismo de tercera en el que los pisos, los inmuebles, las cocheras, las débiles industrias de repuestos, grifería y sanitarios parecen ya viejos antes de inaugurados, como habitados por gentes que no llegan nunca a final de mes, lejos, muy lejos de esas satánicas clases del dinero que se dejan ver en el Casino, en las urbanizaciones millonarias del Noroeste o en el clásico de los clásicos, ese barrio de Salamanca en el que siempre ha vivido una derecha adinerada, golpista o demócrata según el papel conveniente en la gran Historia del país, y hacia el que desfilan las clases populares por ver si hay algo de contagio en eso de la riqueza, y si no, al menos, en lo otro de la elegancia, del “savoir faire”, o, simplemente, en lo de la moda, por ver si se nos quita a todos de una vez y para siempre ese pertinaz aire de pueblo llano, menestral, agrícola, agrario y mesetario que siempre ha adornado al pilar de la raza. Decía Ramón Gómez de la Serna que un español, a poco que haga, parece un pobre. Hoy ya no es así, claro. Pero existe un miedo genético a que las cosas, por culpa de una crisis u otra, pudieran volver a ser como fueron. Quizá por eso ese aire indestructible de vida permanente, más allá de la vida cotidiana, por eso ese Madrid -el bar interminable- en el que se consume alcohol en cantidades ingentes a precios inimaginables en Europa, como si se tratara de un bautismo hacia dentro, hacia el hondón de las vísceras tuneadas de una resistencia opaca e inexplicable que vuelve a los machos gallos, a las hembras agrestes y autosuficientes.
Madrid fascina por su inocencia y su misericordia con los advenedizos y recién llegados, ofreciendo débiles trabajos a los porteadores de ensueños y salarios miserables a las cajeras de barrio. Madrid sigue matando, como cuando la Movida de los ochenta, sólo que ahora no mata a un grupo de elegidos, disidentes o contestarios reciclados, sino que ahora toda la población está bien muerta en esta orgía sin fin que son las calles de la zona Centro o de aquellas otras tocadas por la fortuna de una moda gastro en la que los buenos vinos, los combinados o la reina tapa marcan el ritmo biológico de una densa población que si tal vez, en alguna hora imprecisa, descansa, no lo parece.
Madrid, como todas las grandes ciudades, se ha cuarteado en barrios. Y por sus nombres, títulos o apodos ya se sabe a qué se va a cada uno de ellos: Madrid Río, Madrid Centro, Madrid Ponzano, Madrid Lavapiés, Madrid Retiro, por poner unos ejemplos, son como el “hortus conclusus” de los clásicos: Aquí dan la mejor cerveza, allí se va de compras, allí está lo más canalla, aquello es cultura, más allá la supuesta vida aeróbica y macrobiótica, vegana que se comercializa ahora.
Como una red hídrica bien fluida, en un país en el que nunca llueve, la red de transportes urbanos nocturnos, sin duda uno de los motores y servicios más potentes de la ciudad, recoge y deposita a las tres o las cinco de la madrugada no a una peña de alcohólicos irredentos y marginales como sucedía en la época oscura del Dictador, sino a legiones ingentes de trabajadores periféricos que queman en la nocturnidad musical y luminosa del fin de semana del Centro sus breves estipendios de jornal muy rebajados tras la supuesta crisis, ansiosos de repetir el próximo finde por si para entonces hubiera mejor suerte y por fin pudiera darse el caso de un amor de ocasión enfurecido por la necesidad de amar con intimidad y lentitud, frente a la frenética inmediatez del imperativo cotidiano.

 


En este río revuelto de ciudad inconclusa que vive siempre en estado de obras permanente, en este río sin pescadores ni pescado, la mejor cosecha se la han llevado los italianos que en torno a su Consulado General y a su Liceo han creado un floreciente mini-estado post-renacentista en la parte más noble del barrio de Chamberí, con base en tres argumentos contundentes: gastronomía, moda e inmobiliaria.
Es posible que el amor de España por Italia sea recíproco. Lo que no es recíproco es el negocio. En este Madrid post-crisis, alegre, confiado y derrochador, las siempre bien pertrechadas legiones de comerciantes italianos han encontrado una nueva “El Dorado” sin necesidad de atravesar selvas infestadas de animales malignos ni de liquidar indígenas en oscuras minas de plata o cadmio. Su oro sale del bolsillo del insaciable cliente/consumidor madrileño que ha aprendido a degustar la pasta “al dente”, perfumarse con Gucci o comprase un nuevo piso con la inmobiliaria Madrid, bajo cuyo nombre capitalino se esconde un emporio italiano atendido por hábiles y bellos comerciales que tiñen sus raíces en la siempre admirada Campania o en la remota Calabria, bajo la pétrea, monetaria y centroeuropea mirada de un contable longobardo.

Arturo Lorenzo.
Madrid, diciembre de 2017