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El camino estaba muy oscuro, prácticamente no podíamos ver nada, pero preferimos no encender ninguna lámpara para despistarlos. Ya el recorrido a nuestro refugio lo podíamos cabalgar a ojos cerrados. Descendíamos lo más rápido que podíamos; los caballos estaban muy cansados, sedientos, con mucha hambre, igual que nosotros. Habíamos perdido la noción de cuánto tiempo llevábamos a este ritmo frenético.


Finalmente llegamos a nuestro improvisado escondite; en medio del bosque, aislado, había que descender una colina y ahí estaba, una pequeña casa, un establo y un invernadero. Llevé los caballos al establo y les di agua y comida; encendí las lámparas, dispuse la mesa para comer rápidamente. Una sopa caliente, pan y vino; el invierno recrudecía y nuestros cuerpos agradecían algo caliente.
Comimos rápidamente y permanecimos sentados para definir los últimos detalles de nuestro plan de huida. Antes del siguiente amanecer pensábamos partir, mis dos hermanos, mi marido y yo; nos esperaban un día y una noche entera de cabalgata, debíamos irnos, era nuestra única posibilidad de salvación. No teníamos otra alternativa.
Mientras ellos hablaban del plan de huida, aumentaba la presión en mi pecho, el desasosiego me recorría el cuerpo, no era otra cosa que la culpa, sí la culpa, que me devoraba como las termitas a la puerta del establo, sin piedad, ni tregua. Por mí teníamos que salir huyendo, como ladrones sin serlo, como enfermos de peste, como escorias. Todo por mí, por haber hablado de más, por no guardar silencio. Nunca debí decir lo que había visto y sabía iba a suceder. ¡Ah, mis visiones! Mi virtud y ahora mi condena. Estaba sentenciada y lo sabía.
-Van a matarme, ellos tienen el poder y las armas, dije con firmeza.
Cuando ya nos disponíamos a ordenar las provisiones para el día siguiente escuchamos los caballos, mi marido se asomó y vio a lo lejos las luces de lámparas, eran cinco, cinco caballos y detrás el carruaje; el carruaje real, y los gritos que pronunciaban mi sentencia: ¡Hereje, eres una maldita Hereje, arderás en la Hoguera!
Rápidamente corrimos a los escondites que habíamos preparado previendo lo peor. Justo en el invernadero detrás de la casa. Era pequeño, tenía varias hileras de plantas, detrás de ellas habíamos cavado cuatro hoyos, entramos en cada uno los más rápido que pudimos. Podíamos escuchar nuestras respiraciones agitadas.
El sonido de los caballos se sentía cada vez más cerca, cada vez más cerca, más cerca. Llegaron, pensé; los escuchamos entrar en la casa y en el establo, no podíamos asomarnos ni ver lo que ocurría solo intuíamos, como los ciegos lo hacen a través del oído. Escuchamos los destrozos, los caballos relinchaban. Los caballos, no, no les hagan daño, pensé. Empecé a sollozar y mi marido me dijo: cálmate, solo respira, aquí estamos seguros. Yo no me sentía en absoluto segura.
Vimos la llamarada roja, prendieron fuego a la casa, a nuestras provisiones La rabia se unió al miedo, con fuerza apreté el enorme cuchillo que tenía en mi mano, estaba dispuesta a todo por salvarme.
Sentimos las voces cada vez más cerca, cada vez más cerca, más cerca. Entraron al invernadero, veía el resplandor de las luces de las lámparas. No podrán salvarse, los encontraremos, escuché con voz firme. Rogaba que no caminaran hasta el final de la fila de plantas, justo detrás estábamos nosotros, inmóviles, agitados. Cada vez veía más cerca el reflejo de la luz, cada vez más cerca, más cerca, cerré los ojos, no quise ver nada; sentía los pasos y cómo destrozaban todo a su paso. Sentí una ráfaga de calor y una carcajada. Abrí mis ojos y alcé la vista ahí estaba. Lucía enorme e invencible, uno de los caballeros del Rey.

 -Hereje, arderás en la hoguera, dijo con rabia.
Sin calcularlo alcé el cuchillo y lo clavé en una de sus piernas.
-Maldita bruja, me dijo.
En segundos desenfundó su espada que venía directo a decapitarme. La sentencia, mi muerte.
Esos segundos se hicieron eternos. Vi el filo de la espada acercarse a mi cuello, me cubrí el rostro con mis manos. Comencé a gritar y llorar desesperadamente.
-No hay dolor, no hay sufrimiento, estás aquí y ahora, no hay dolor, ni sufrimiento, estás aquí y ahora. Vuelve al presente. Regresa, dijo ella con voz suave.
Justo cuando sentí el helado filo de la espada tocar mi cuello, regresé. Ahí estaba recostada en el diván.


Narsa Silva

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Narsa A. Silva Villanueva (Caracas, Venezuela 1972)

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