Etiquetas

, , ,

© Anastasia Dupont

Tengo una cita con Cristina.

Me dieron su numero de teléfono en El bar, el que se llamaba bar Topless. En realidad nada había cambiado, solo el nombre y el gerente. Las camareras estaban todavía allí, pero llevaban un jersey sobre sus vaqueros. Había poca gente y hacía frío.

Cuando me encontré con mis compañeras en enero, al regreso de las vacaciones, les informé de lo ocurrido. El bar Topless estaba cerrado. Después de nuestra fiesta tahitiana y el ruido que provocó en las redes sociales, era previsible.
—No lo puedo creer, —dijo Julia, —queríamos solo divertirnos. Fue la fiesta de fin de año más divertida que recuerdo.
—Lo siento por Cristina y sus hijas.
—¿Por qué? —dijo Adriana, —conozco el tema, y te puedo decir que no hacen nada ilegal. Ir vestido un poco sexy, incluso enseñar los pechos, no es delito.
—Tendrías que quedar con Cristina para aclarar todo eso. Podemos echarle una mano. Hablaré con Marco. —añadió Marta.
Cristina aceptó recibirme en su apartamento en las afueras. Me dijo que estaba de vacaciones, que su hermano Carlos había aceptado sustituirla.

Subo caminando al tercero, no hay ascensor. Me abre una Cristina cansada, pero una pequeña sonrisa casi irónica asoma por la comisura de sus labios. Está ligeramente maquillada, sus labios están pintados con un color rosáceo combinado con su blusa marrón claro con pequeños cuadrados blancos. Una pequeña cadena de oro se esconde en su cuello redondo. Sus ojos grises-verdes transfiguran su cara encuadrada por un casco de cabellos oscuros que dejan divisar pendientes en forma de pequeñas flores. Estoy totalmente subyugado por su elegancia natural y su belleza madura. El piso está decorado de forma sencilla pero con buen gusto. Pocas cosas; un antiguo diván Louis XV, dos sillones, una cómoda y una mesita redonda. Domina el tono anaranjado de la alfombra y dos reproducciones de Gauguin.
Su mirada es dulce y tranquila, al final me sonríe francamente.
—No me esperaba su visita después del otro día.
—Antes que nada, tengo que presentarle mis excusas. Son mis compañeras que han sobrepasado los límites. Querían solo divertirse y nadie pensaba que eso fuera a tener consecuencias tan graves como la clausura de su bar.
—Verdaderamente, mi bar no está cerrado. Hemos cambiado el cartel y yo me he cogido unas vacaciones. Mi hermano me está sustituyendo y mis hijas siguen trabajando. Irán de vacaciones más adelante, por turnos.
—Sí, pero ya no se visten del mismo modo. El “topless” quiero decir y he visto que el aforo ha bajado muchísimo.
—Ya, pero no me puedo permitir escándalos. Me estoy divorciando y el proceso será difícil. No se podrá pactar ningún acuerdo amistoso. Nos estamos separando por actos de violencia.
—¿Contra usted? —digo casi gritando.
—No, —responde Cristina, — contra mis hijas.
—Aún peor, ve que he hecho bien en venir a visitarla. Nuestros comportamientos fueron inaceptables y tenemos que ayudarla, no solo excusarnos. Nuestro bufete está especializado en causas como la suya. Marco, nuestro jefe, es famoso, voy a hablar con él.
—Ya tengo un abogado, me lo aconsejó, mi hermano Carlos. La verdad es que no es un especialista, pero no me puedo permitir más, ya que no podemos contar sobre el éxito del bar. No soy una persona famosa, como las que su bufete defiende.
—No te preocupes, Cristina, si no se ocupará Marco, me encargaré yo. Perdón ya te estoy tuteando.
—No pasa nada, debo decir que me estás levantando la moral, Alfredo. Tengo que reflexionar con mis hijas y Carlos.
—Muy bien. Hablo yo con Marco, y nos vemos otra vez en unos días. Aquí tienes mi tarjeta.

En la oficina voy al despacho de Marta, la secretaria, para pedir una cita con el jefe.
—Marco está muy ocupado en este momento como sabes, después de las vacaciones hay que contactar de nuevo a todos. Ya que en este periodo tenemos muchas causas nuevas. Parece que todas las mujeres un poco conocidas han sufrido molestias al inicio de su carrera.
—¿Qué tal los pechos de Cristina? —dice Julia entrando en el despacho.
—Cállate, Julia, has sido precisamente tú la que has puesto en apuros a estas pobres mujeres, —digo.
—Se los ha buscado ella, abriendo un lugar de este tipo.
—¡Julia! —ese es un comentario machista, —se interpone Marta.
Julia sale ofendida, y Marta me propone ver a Marco, el día después a las 9 de la mañana.

Por la tarde me dirijo hacia el bar. Como por la mañana, la ambiente está desanimado. La barra está llena de pinchos, pero solo cinco clientes están tomando un aperitivo, ninguna decoración, ninguna flor anaranjada o música de tāmūrē. Me siento en una mesa, y llamo a una camarera. Llega la que ya conocía, que fue el objeto de los chismorreos de Julia.
—¿Cómo te llamas?
—Carmen, —me responde.
—He visto a tu madre, hoy. Hemos hablado.
—Ya lo sé. Mamá me lo ha dicho, señor Alfredo. ¿Qué quiere tomar?
—Una cerveza. ¿Y tu hermana?
—Maria ha vuelto a casa para ayudar a mamá. Hay poca gente, no hacía falta que se quedara aquí.
La miro, es muy guapa, su cara es angelical, tiene el pelo largo, color castaño oscuro, y los ojos de su madre. Sus labios son grandes y carnosos. No consigo recordar a su hermana.
—¿Qué edades tenéis?
—Yo, 20 años y Maria 18. — Me sonríe y se va hacia el bar.

El día después Marco me recibe. No necesito insistir, acepta inmediatamente defender a Cristina. Me dice que quiere ayudar a las mujeres, y no solo. Quiere conseguir más trasparencia y protección para que no padezcan las consecuencias de abusos sexuales. No le interesan solamente los casos con gran resonancia mediática. Dice que Adriana me ayudará a preparar este expediente. Pide que contacte a la cliente y que la tranquilice en cuanto a los honorarios. Adriana me confirma un poco más tarde que Marco es particularmente sensible a situaciones como la de Cristina, pues intuye que en su familia él ha tenido problemas similares, obviamente no le puede decir más. Juntos llamamos a Cristina para quedar. Cristina me responde con una voz alterada:
—Mi exmarido, Mario, está en Milán y quiere verme. Iba a llamarte.
—Vengo con mi compañera inmediatamente, —digo mirando a Adriana que asiente con la cabeza.
Adriana conduce su coche, vamos hacia el apartamento de Cristina. Durante el recorrido le cuento lo que sé del caso, bien poco la verdad, pero estoy preocupado. Cristina nos abre, también ella no parece tranquila.
—Cuando está bajo la influencia del alcohol puede ser violento.
—¿Cómo te pareció al teléfono?
—Tranquilo, quiere verme con las chicas. Le he dicho que lo llamaré más tarde, que quería consultar a mi abogado. Me respondió que no era necesario, pero que si prefería no había ningún problema.
—Bueno, —digo, —dicen todos así cuando están sobrios. 
Le presento a Adriana, que había conocido durante la fiesta, bajo un aspecto un poco diferente, mucho menos contenido que hoy, vestida como está con un traje pantalón. Preciso que también ella es abogada y que trabaja con Marco sobre el tema de las molestias sexuales.
Entonces, Adriana sale su bloc de notas y le pide que nos cuente su historia.

Cristina es española, nacida en Málaga en 1972. Emigró a Francia a Saint Tropez en 1995. Trabajaba como camarera en el bar de una playa privada, el propietario era Mario, un italiano de Calabria.
— El bar era muy famoso, frecuentado por personajes del cine, de la canción y del futbol. Mario gustaba mucho a las mujeres, era un mujeriego que tenía más aventuras que el Tenorio. Me atrapó también a mi. Cuando me quedé preñada de Carmen aceptó casarse conmigo. Creía poder cambiarlo, qué ingenua.
Se trasladaron a Italia, en la Toscana, Cristina había encontrado un camping naturista en el que buscaban una pareja para encargarse del bar. En italia, el naturismo se practicaba mucho más cerca de la naturaleza, no había todavía clubes de lujo, frecuentados por vips, al menos entonces. Nació Maria dos años después, pero Mario en realidad había cambiado poco. Las mujeres lo buscaban, y a él, eso no le disgustaba, se vanagloriaba mucho. Cristina se preocupaba poco de este defecto típicamente varonil, le interesaba criar a sus hijas y consideraba la gente que frecuentaba el campamento un entorno moderno, interesante y bien equilibrado, adaptado en suma para educarlas. Pensaba trasladarse a Milán cuando tuvieran la edad para ir a la universidad. Pero un día, María ya tenía dieciséis años, la vio llegar hecha un mar de lágrimas y dirigirse hacia su habitación. Su cuerpo desnudo en parte cubierto por su largo pelo negro estaba sacudido por los sollozos.
—¿Qué ocurre? —dijo Cristina, agarrándola por los hombros.
—Nada, —respondió.
Cristina apartó su pelo, vio heridas sanguinolentas en la mejilla, en el hombro y sobre los pechos.
—¿Qué ha pasado, Maria, por dios? —dijo con una voz angustiada.
La pequeña siguió llorando, aún más fuerte. Entonces, Cristina, la llevó en brazos hacia su cama y se acostó a su lado, dejándola llorar dulcemente apoyada en su hombro.
—¿Quién te ha golpeado? —preguntó, cuando la pequeña se calmó un poco.
Maria miraba al infinito, muda, negando con su cabeza.
—¿Tu padre, había bebido?
Seguía negando, llegó Carmen en este momento, apostrofó a Maria duramente.
—Díselo, ahora, si no se lo digo yo.
—Carmen, —gritó Cristina, — habla inmediatamente. María está mal. Dime todo. tengo que saberlo.
La misma noche dejaron el campamiento y huyeron a Milán. Carlos, que tenía una casa allí, las acogió.

—¿Y después, ningún contacto con él? —Pregunta Adriana.
—No, no quiero verlo nunca más. Ahora lo sé, nunca le quise. Fue un capricho adolescente o casi. No me da miedo, es un ser débil y miserable, me da asco. Obviamente es también el padre de mis hijas. Pero hablad con ellas, no sienten nada por él. Cuando estuvimos a salvo en Milán me lo contaron todo. Cómo ya sobre los 10 años les tocaba las tetas y el sexo, como si fuera un juego, estando desnudos, no había problemas. Pero creciendo, las chicas se dieron cuenta, se hablaban. Al inicio tenían hasta celos. De grandes no osaban decirme nada, temían mi reacción, lo entiendo. Veían que no me gustaba que su padre coquetease con las muchachas que frecuentaban el campamento.
—Quiere verte y está en Milán, —intervengo, —podríamos reunirnos con él, yo y Adriana, para entender lo que quiere. Nuestro bufete es famoso, eso puede impresionarlo. ¿Tú qué quieres, a parte del divorcio?
—Nada, no quiere darle el menor derecho sobre las chicas. El propietario del bar que conocéis es mi hermano Carlos. Mi idea del Topless funcionó bien y nos daba lo suficiente para vivir todos, Carlos incluido.
—Pero, hay violencia carnal sobre niñas menores. Es un delito grave, por lo que se puede pedir una indemnización considerable, como puedes leer en los periódicos.
—Eso sí, la cobertura mediática me interesa, quiero que lo condenen públicamente, quiero que la gente sepa quién es Mario, que todos sepan de lo de que es capaz este individuo. Y quiero reabrir mi bar, el bar Topless. Quiero que nuestra sociedad entienda que el cuerpo de las mujeres pertenece a las mujeres, que lo pueden enseñar como lo hacen los hombres para seducir o conseguir objetivos comerciales sin que se considere una práctica indecente, pero cuando y como elijan ellas.
—Pero la publicidad puede ser vulgar, —dice Adriana.
—Lo sé, y estoy dispuesta a asumir el riesgo.

Mario fue convocado por Marco en su despacho y rechazó la propuesta de un acuerdo para evitar el pleito. Decía que ya estaba con otra mujer que dirigía un club naturista en Calabria y que no le interesaba lo que hacían Cristina y sus hijas aunque había visto que trabajaban en un bar de noche. Estaba listo para aceptar el divorcio y no quería ningún derecho de visita, se podía también negociar una pensión alimentaria.
La prensa le condenó con unanimidad, lo que la justicia confirmo rápidamente. Tuvo que pagar los gastos legales y una indemnización importante. El tribunal lo condenó también a una pena condicional de cinco años de encarcelamiento. Hubo muchos reportajes sobre Cristina, Carmen y María, se habló mucho del bar Topless. Su reapertura fue objeto de una transmisión especial, cuando se colgó de nuevo el famoso cartel. La decoración interna era la de la fiesta tahitiana y las chicas, la dueña y Carlos, que estaba de refuerzo, llevaban los collares de flores sobre sus pechos orgullosamente desnudos.

Algunos días después, subo otra vez al piso de Cristina. Me había invitado a cenar un lunes, día en el que hay menos gente en el bar. Estaba trabajando al máximo de su capacidad con la contribución también de las personas de nuestro bufete, mujeres y hombres que lo frecuentaban asiduamente.
Cristina está vestida para una gran ocasión, una falda larga, brillante, con bordado de delicadas líneas desiguales y curvas de lentejuelas de color dorado y bronceado, en toda su extensión. Su top es simplemente negro con mangas largas. Un escote en V descubre generosamente sus senos que resplandecen bajo una gaza transparente. Tiene el pelo recogido en un moño y dos pendientes de laca negra completan la obra. Está radiante. Me lleva a la mesa que ha arreglado para los dos, nos sirve dos copas de champán, y deposita sensualmente un beso sobre mis labios.

 Jean Claude Fonder