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© Anastasia Dupont

No es un bar cualquiera, el cartel sobre la entrada recita “Bar Topless”. Había un bar antes, un bar normal. Es raro que se haya abierto un bar de este tipo en este barrio que no tiene vida nocturna. Son las 10 de la mañana y está abierto. El vidrio de la ventana es polarizado, no se ve nada en el interior ¿Qué habrá dentro? Dudo un instante. Tengo que comer e ir a trabajar. La curiosidad es grande, entro.
La disposición no ha cambiado, pocas mesas delante de la ventana y la barra en frente de la puerta ocupa toda lo ancho de la sala. En la izquierda, hay una vitrina en la que están expuestos los bocadillos, las tapas, los cruasanes y la pastelería. Detrás, una puerta se abre sobre una pequeña cocina y la pared está cubierta por otra estantería llena de botellas. Truena en el medio la larguísima máquina de café italiana y, al lado, otros aparatos como el exprimidor automático de naranjas. Hay mucha gente, el calor es casi tropical. Delante de la barra los clientes, todos varones, están casi inmóviles, una pequeña taza gruesa y un cruasán envuelto en una servilleta de papel en la mano. Forman como un muro, no consigo pedir mi desayuno. Me abro camino, y lo entiendo todo. La camarera está vestida con unos vaqueros, un pantalón bajo que se pega a su cuerpo escultural y un chaleco completamente abierto. Se puede ver muy bien su ombligo, su talle delgado y sobre todo sus dos senos fuertes y bien plantados. No está sola, hay dos otras camareras que parecen más jóvenes y que llevan el mismo uniforme, una prepara los cafés y la otra sirve a los clientes lo que han pedido para comer. Todo funciona muy bien y es muy rápido. Pero los hombres están como si estuvieran plantados delante de este ballet más erótico que el cancán de las “Follies Bergères” en Paris.
La señora, la dueña creo, pide a los clientes que reculen para dejar espacio a los que todavía no han sido servidos. Actúa con mucha autoridad, el hecho de estar semi-desnuda no la perturba en lo más mínimo.
—Un capuchino y un cruasán —pido.
—¿Con cacao?
—Sí, por favor, con un poco de agua.
—¿Con gas o sin gas?
—Con gas.
La señora deja delante de mí, sobre la barra, un platito con una cucharilla, toma una botella de agua con gas y me la sirve en un vaso, que pone al lado del plato. Y, mientras grita: “un capuchino con cacao” a la encargada de los cafés, se desplaza a la derecha hacia la caja y me trae la cuenta. Le doy el dinero justo. Mi mirada no puede desatarse de sus senos bien redondos que bailan a cada movimiento que hace. La joven de la comida me trae mi cruasán y la de los cafés pone la taza de capuchino en el platito, las miro también a ellas, son hermosas como dos cariátides desnudas, las tres me regalan una sonrisa deslumbrante y pasan a otro cliente. Son alegres y parecen felices, yo me siento incómodo, como si tuviera una culpa escondida en lo más profundo de mi subconsciente.
Camino pensativo hacia mi oficina. Trabajo como asociado en un famoso bufete de abogados. El día ha sido intenso y cuando salgo por la tarde, me entran las ganas de tomar un aperitivo. Casi inconscientemente me dirijo hacia el bar de la mañana. Cuando entro, noto inmediatamente un ambiente ligeramente diferente, más íntimo. La intensidad de la luz es inferior y las bombillas son de colores. La ventana está cubierta por una cortina opaca, en cada mesa luce un recipiente negro con huecos que dejan pasar una luz anaranjada. La barra está deslumbrante entre pequeños jarros de flores naranjas y luminarias del mismo color, hay grandes platos rellenos de comida cortada a trozos: tostadas, tortillas, pizzas, embutidos, jamón, quesos, frutas, … que se pueden coger con largos pinchos de madera. Detrás, están las camareras, con los pechos a la vista pero con unos collares de flores, también anaranjadas, a la manera de Tahití. Sirven aperitivos, vinos y cocteles todo al mismo precio. Como por la mañana, muchos clientes están apiñados en la barra, pero algunos, todos hombres, toman el aperitivo sentados en las mesas. La señora les trae sus bebidas con un surtido de pinchos. Si, “por casualidad”, un cliente intenta tocarla, ella se retira rápidamente con una sonrisa no ambigua y, cuando es necesario con una ligera palmada en la mano culpable.
La regla es clara: mirar y no tocar.
Unos días después vuelvo a casa al final de la mañana. Entro de nuevo en el bar para almorzar. Bocadillos, platos combinados, el bar está lleno también a esta hora. En cualquier horario hay mucha gente. ¿Sólo hombres? No, poco a poco llegan algunas mujeres que trabajan en el barrio invitadas por sus compañeros. Son curiosas, en las empresas se cotillea, y por supuesto, un lugar tan particular da mucho de qué hablar.
—Imagínate qué escándalo si una pareja con niños, por descuido, entra en este lupanar.
—No se puede. La entrada está prohibida a los menores. Además no es un lupanar.
—Y, ¿qué es entonces?
—Un bar, con camareras vestidas un poco sexys.
—Ya, con las tetas fuera. Los hombres sois todos iguales, unos cochinos.
—Vente un día, ya verás que es algo completamente inocente.
Y al día siguiente, una patrulla de compañeras, tres en nuestro caso, nos acompaña al bar de topless. Caminan detrás de nosotros, como si fueran policías que vigilan a dos presos mientras los conducen ante el juez. Habíamos reservado una mesa para almorzar. Nos sentamos y las mujeres van al bar para ver lo que se puede comer. Andrea, un abogado joven que trabaja conmigo y yo, que somos habitués ya sabemos lo que queremos pedir. Cuando vuelven las chicas, muertas de la risa, hablan entre ellas muy rápidamente y tan bajo que no entendemos lo que dicen, pero está claro que las nubes que temíamos, se están despejando.
Cristina, la dueña, llega a nuestra mesa para tomar nota de nuestro menú, todo normal, solo después de haberse ido, Marta la secretaria, observa que tenía todavía pechos bien amaestrados para su edad y para no llevar sujetador. Cuando una de las jóvenes camareras nos trae con una bandeja nuestra comida, las chicas la desnudan con la mirada:
—Esta tendría que ponerse un short ultra corto, está plana como una tabla —, dice Julia con una mueca de desdén, una junior de nuestro grupo que en mi opinión lleva la talla 100.
—Sí, pero tiene un culo bonito con dos cachas redondas como dos bolas de helado —responde Adriana sarcástica.
Por cierto el cuerpo de mi compañera habría podido competir con el de su homónima Adriana Lima, la famosa modelo colombiana, estrella de Victoria’s secret. También ella es abogada y trabaja con Marco, el socio que dirige nuestro equipo. Tienen muy buena relación, y no digo más. Nuestra oficina es muy simpática, se trabaja en grupo sin formalismos. Antes de Navidad, es costumbre salir juntos para celebrar el final del año. La fiesta la haremos en el bar topless el 20 de diciembre, me dice Marta, Marco ha aceptado mi sugerencia. Opino que está bien pero señalo que no cierran muy tarde.
—No te preocupes, en este caso iremos después a otro lugar.
Me encargo de contactar el bar para reservar las mesas. Son las cinco y decido marcharme un poco más temprano para conocer a Cristina antes de que llegue la gente para el aperitivo.
—Siéntese en esa mesa del rincón, —me dice la joven con las bonitas nalgas, —llamo a mi madre.
Cristina llega unos momentos después, su chaleco está cerrado.
—Buenas tardes, soy Cristina, encantada, —me dice con una gran sonrisa, tendiéndome la mano.
Me alzo para saludarla y me presento:
—Encantado, soy Alfredo, trabajo en un bufete de abogados que está cerca de aquí. Quizás me reconozca, vengo a menudo en este bar.
—Claro, sé que es un cliente habitual. La invito a sentarse y me pregunta:
—¿Qué puedo hacer para ayudarle?
—Mis compañeros querrían celebrar aquí la Navidad antes de las vacaciones. Querríamos reservar una mesa. Por ejemplo, en este rincón, estaría perfecto.
—Vale, pero será solamente un aperitivo, a las 10 cerramos. No trabajamos por la noche. No queremos que haya confusión sobre el tipo de lugar.
—¿Por qué entonces llamarlo Bar topless?
—¿Es lo que es, no? Encontré ese cartel en un mercado de objetos de ocasión, me gusta, es bonito.
—Su bar es también muy bonito, simpático y el servicio es perfecto. Tiene mucho éxito. ¿Porqué elegir un nombre tanto ambiguo?
—Ya, pero antes de cambiarle el nombre no lográbamos vivir, mis hijas y yo. Estamos solas, estoy separada. Se me ocurrió la idea cuando vi el cartel. Con mi marido gestionábamos un bar en un campamento naturista. Estoy acostumbrada.
El día de la fiesta, en el bufete, se percibe una atmósfera eléctrica, trabajan pero sin prisa como si los problemas estuvieran suspendidos, mañana se verá. Hoy es el día que todas esperan cada año. Las barreras invisibles se van alzar, las lenguas se van a desatar, se formaran nuevas parejas, vamos a celebrar. Las mujeres están vestidas para salir, elegantes, algunas un poco osadas. Al contrario aquellas de mi grupo, llevan mini trajes de chaqueta, muy elegantes con blusas combinadas.
Llego el último a la fiesta, había cerrado la oficina antes. En el bar, el ambiente, como siempre, está anaranjado, un tāmūrē, la música de Tahiti completa el decorado. Las chicas del bar llevan los collares de flores. Me dirijo hacia nuestro pequeño grupo, Marco y Andrea, rodeados por Marta, Julia y Adriana acercan sus vasos para acogerme. Ya parecen bien embriagados, me animan a pedir algo para brindar juntos.
Las compañeras se ríen a carcajadas, veo que han quitado sus blusas, no llevan nada bajo las chaquetas. Me acuerdo el día que almorzamos aquí. Es una conspiración. Julia tiene las piernas cruzadas a la Sharon Stone y enseña un escote en v que no necesita ser abierto. Marta, la secretaria, siempre reservada, está muy elegante con una chaqueta corta, tipo frac, que lleva sobre el pecho desnudo, con un simple collar de perlas. Adriana ya se está desabotonando y pide a la joven camarera, que me trae mi cóctel, si no tienen un collar de flores para ella. Espontáneamente la joven le dice que tienen otros y pasa el suyo alrededor del cuello de Adriana que se lanza a contonearse al compás como si estuviéramos en la película El motín de la Bounty.
En ese momento, Julia se quita la chaqueta y pide al bar, también ella, un collar. Otras mujeres hacen lo mismo, algunas se quitan el vestido. Cristina satisface sus peticiones, pero me lanza una mirada llena de reproches. Poco tiempo después se forma un ballet tahitiano, bailan todas el tāmūrē, exhibiendo sus pechos gloriosos bajo las flores. Hay manzanas, peras, mandarinas y melones, hay frutos de todas las dimensiones bellos, pulidos y erizados por la excitación. Los hombres no saben qué hacer. Entonces, tomo la iniciativa, también yo me quito la camisa, me pongo un collar y comienzo a bailar con las chicas. Al final todo el bar participa en la fiesta.
A las 10, Cristina nos echa fuera sin piedad y con un suspiro de alivio.
La noche misma, en Facebook, unas fotos empiezan a difundirse. Rápidamente se vuelven virales con estúpidos comentarios en abundancia.

Después de las vacaciones, en enero, me dirijo hacia el bar para desayunar, el cartel está cambiado, un nombre banal que no quiero recordar. Me paro un instante. Un poco triste, sigo mi camino y voy al bufete.

 Jean Claude Fonder