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Cuando tenía catorce años no había todavía, en los colegios, clases mixtas. Tuve la suerte de asistir a una de las primeras.

Un lunes, en la clase de matemáticas, el profesor pidió que nos pusiéramos de pie, entró solemnemente el director e hizo este sucinto discurso:

—Muchachos, nuestro colegio, el Saint Louis, siempre a la vanguardia, es el primer instituto de Bruselas en el que vamos a experimentar las clases mixtas. Las muchachas del liceo Saint Catherine van a participar con vosotros en nuestras clases. Espero de vosotros que las acojáis con disciplina y simpatía.
¡Entrad chicas!

Tres muchachas, faldas plisadas, blusas y calcetines blancos entraron en la clase muy juntas y fueron a sentarse a los bancos de la primera fila. Todos los días en determinadas clases, no en todas, ocurría la misma escena. No me acuerdo bien en qué clases participaban, muchas pero no, por ejemplo, en las de religión y gimnasia. Supe después que seguían otro tipo de clases como, “Labores y trabajos manuales femeninos”, en el liceo. Me cuesta recordar sus caras, las veíamos siempre por detrás, sentadas delante de los muchachos en una fila separada. Una era más corpulenta que las otras dos y, como tenía el pelo castaño, recuerdo que se lo recogía en una trenza. Era la más fuerte y parecía dominar a sus compañeras.
De hecho, eran mucho más aplicadas y buenas que los varones para los estudios. Para los muchachos, tenía más importancia ser el mejor en burlarse de los enseñantes, mientras ellas querían sobresalir siendo las mejores alumnas.

Esta fue probablemente mi primera percepción del ser femenino, es decir de la psicología femenina. Hasta este momento no me interesaban mucho las chicas. Como todos los muchachos, las despreciaba y cuando llegó la adolescencia, me sugestionaban las imágenes de la feminidad que podía encontrar en revistas especializadas o no. En mis lecturas de entonces, las mujeres estaban casi ausentes y cuando aparecían, eran secundarias o pobres criaturas que los varones tenían que salvar de algo. Además como estaba prohibido, al inicio nos gustaba asustarlas y, cuando tuvimos una mayor edad, acumular las conquistas y los besos robados.

Nada podía estimular más mi gusto innato por la competición que este comportamiento virtuoso de nuestras compañeras. Creo que nuestras motivaciones eran probablemente bastante diferentes, pero no lo leía así y mi interés por las mujeres tomó otra dimensión sin dejar la primera.

 Jean Claude Fonder