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Vladimir Horowitz in Moscow (1986) 


(1) Scarlatti: Sonata In E, Kk.380 – Andante commodo 3:58

(2) Mozart: Piano Sonata No.10 In C Major, K.330 – 1. Allegro moderato 6:10

(3) Mozart: Piano Sonata No.10 In C Major, K.330 – 2. Andante cantabile 5:58

(4) Mozart: Piano Sonata No.10 In C Major, K.330 – 3. Allegretto 4:47

(5) Rachmaninov: Prelude In G, Op.32, No.5 2:48

(6) Rachmaninov: Prélude In G Sharp Minor, Op.32, No.12 2:32

(7) Scriabin: 3 Pieces For Piano, Op.2 – 1. Etude In C Sharp Minor 2:38

(8) Scriabin: 12 Etudes For Piano, Op.8 – No. 12 In D Sharp Minor 2:09

(9) Liszt: Soirées de Vienne: 9 Valses-Caprices After Schubert, S. 427 6:33

(10) Liszt: Années de pèlerinage: 2ème année: Italie, S.161 – 5. Sonetto 104 del Petrarca 5:32

(11) Chopin: Mazurka No.21 In C Sharp Minor Op.30 No.4 3:33

(12) Chopin: Mazurka No.7 In F Minor Op.7 No.3 2:14

(13) Schumann: Kinderszenen, Op.15 – 7. Träumerei 2:24

(14) Moszkowski: Étincelles, Morceau caractéristique op.36, no.6 – Allegro scherzando 2:38

(15) Rachmaninov: Polka de V. R. – Allegretto 4:03


EL PAÍS
PILAR BONET
21 ABR 1986

El pianista Vladimir Horowitz, de 81 años, que abandonó la URSS en 1925 y no había regresado desde entonces, fue acogido ayer con vítores apasionados, aplausos entusiastas y una lluvia de flores, en un concierto dado en el Conservatorio de Moscú que reunió a la flor y nata de la sociedad de la capital sóviética. Horowitz, que está considerado como uno de los mejores pianistas del mundo, nació en Ucrania y comenzó su formación antes de la Revolución soviética, en 1917.

El pianista, famoso por su peculiar estilo de interpretación y especialista en los autores románticos, ha venido a la URSS como ciudadano norteamericano en el marco del acuerdo de intercambio cultural que fue firmado por el líder soviético, Mijail Gorbachov, y el presidente estadounidense, Ronald Reagan, en noviembre de 1.985, en Ginebra. Se trata del acontecimiento más importante celebrado hasta ahora en el marco de dicho acuerdo que, además, ha traído a Moscú una exposición de impresionistas franceses de la Galería Nacional de Washington.En la sala grande del conservatorio, que había sido fuertemente acordonado por la policía, se había reunido un público diverso en el que figuraban embajadores -el de Estados Unidos, Arthur Hartmann, entre ellos-, miembros de la elite cultural, como Maia Plisetskaia, la bailarina del Bolshoi, y su marido el compositor Rodion Schchedrin, e incluso miembros de la clase política o parientes de éstos, como la esposa del ministro de Exteriores, Edvard Scheverdnadze. Estaban además los afortunados que habían logrado hacerse con biletes. Éstos, que costaban un mínimo de 1,5 rublos, alcanzaban en el mercado negro el precio de 100 rublos (22.000 pesetas al cambio).

Para llegar al recinto del concierto, uno de los templos de la música en la capital soviética, había, según comparación de un periodista occidental, que pasar casi tantos controles como para acudir a la plaza Roja en día de desfile o funeral de dirigente. Los intentos de colarse por parte de quienes no habían conseguido billete provocaron incluso carreras y persecuciones policiales.

En un piano de cola negro, transportado especialmente a la URSS por Horowitz, éste interpretó un programa de dos horas, interrumpido por una pausa, que abarcó desde obras de Scarlatti, Mozart, Schubert y Litz, a los compositores rusos como Sergei Rachmaninov y Alexander Scriabin. El pianista, que se levantaba y movía con dificultad, concluyó con una polonesa de Chopin y, a instancias del público, se avino a ejecutar tres piezas más, concluyendo con una polonesa de Rachmaninov.

Horowitz, que en su juventud aprendió todo el virtuosismo de la escuela rusa bajo la dirección del maestro Félix Blumenfeld, dio prueba del tanto que le ha llevado a ser considerado como un mito vivo. Horowitz se considera un hombre “más próximo al otro siglo” que a éste. Ha conocido a amigos de Verdi, Chopin y Litz y ha sido amigo directo de músicos como Rachmaninov, o Toscanini, con cuya hija, Wanda, que ayer estaba en la sala del conservatorio, está casado.

“Me ha parecido estar ante un trozo de historia, una reliquia de otro tiempo”, señalaba un joven estudiante de música. “Es maravilloso, algo extraordinario, sin duda el mejor pianista del mundo”, decía una viejecita.

Horowitz, que dará también un concierto en Leningrado, había afirmado en el pasado que jamás volvería a la URSS y que le desagradaba la actitud rusa hacia la música y el arte. Ahora, en vísperas del concierto, el músico dijo haber cambiado de opinión, afirmó no interesarse por la política y que le daba igual Moscú o Nueva York, con la diferencia de que en la URSS aún tiene parientes. En Kiev aún vive una sobrina del pianista, que no podrá realizar su deseo de visitar su tierra natal por falta de tiempo.

El programa distribuido en el concierto, que contenía una biografla de Horowitz, evitaba referirse a la emigración del artista y, tras dar razón de su formación en la Unión Soviética, señalaba que Horowitz había hecho su gran debú en Nueva York. El concierto dado ayer en Moscú era cubierto televisivamente por algunas de las principales cadenas mundiales, entre las cuales se encontraban la norteamericana CBS, la británica BBC, la RAI y la ZDR alemana. Estaba, además, la televisión soviética. Horowitz no cobra por sus conciertos en la URSS, pero se beneficiará de los derechos de retransmisión televisiva.