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He leído con mucho gusto Tinísima de Elena Poniatowska que mezcla genialmente biografía y novela histórica, literatura y fotografía, que nos habla de la condición femenina en este tiempo revolucionario de la dos lados del Atlántico,…

Me paro aquí, mi objetivo no es de hacer una critica o un resumen de este libro. Quiero solo que apreciéis el estilo maravilloso de esta autora en un extracto que describe un día de la salida al exilio de los republicanos españoles. Elena nos describe esta tragedia con gran pinceladas de pura poesía para que podamos reconstruir la película de los eventos sin que deba relatárnosla en detalles. 

(Para facilitar la comprensión: Vittorio, alias comandante Carlos, es el compañero de Tina y el comisario politico del Quinto Regimiento)

 Jean Claude Fonder


9 de febrero de 1939.

Vittorio ve a Marty y a Longo de pie, junto a una bandera, y frente a una pirámide de fusiles y pistolas que los republicanos avientan a medida que van pasando. Despiden a cada uno estrechándole la mano por última vez. Vittorio permanece en tierra española con Emilio; sobre la tierra que dentro de poco será del enemigo. Emilio trata de adivinar los pensamientos de su comandante. En todos los frentes han hecho la guerra, resistieron juntos en medio de la desesperación total, peleándole al enemigo cada palmo de tierra, salvando lo salvable hasta venir a dar a la pila de fusiles que aumenta a medida que cruzan los republicanos la frontera.
Los milicianos desfilan por última vez frente a su Estado Mayor, marchan con la cabeza alta a pesar del cansancio, el uniforme sucio de sangre y lodo, muchos con muletas, vendajes en la cabeza, brazos en cabestrillo, heridas mal vendadas o a punto de deshacerse. Su semblante, sin embargo, orgulloso; ya todo está perdido, a cantar, amigos. Sonríen, el corazón les pesa; sonríen, el corazón va haciéndoseles liviano; sonríen, vuelven a entonar la misma canción:

Mañana dejo mi casa,
dejo los bueyes y el pueblo.
¡Salud! ¿Adónde vas, dime?
—Voy al Quinto Regimiento.

Caminar sin agua, a pie.
Monte arriba, campo abierto.
Voces de gloria y de triunfo.
—Soy del Quinto Regimiento.

Con el quinto, quinto, quinto,
con el Quinto Regimiento
con el comandante Carlos
no hay miliciano con miedo.

Vittorio no se decide a cruzar aquella línea. Permanece en el auto, al lado de Emilio, sin hablar, viendo tras la ventanilla gélida cómo pasan los demás. En su cabeza, las imágenes se suceden como la cinta de una película, la niña muerta sobre el vientre de su madre, el joven soldado sonriéndole al cielo, Juan Negrín en su despacho, su mirada de desesperación. Y ellos, el comandante y su ordenanza Emilio, juntos a todas horas durante la interminable tragedia.
Vittorio y Emilio se despiden con un abrazo. El comandante Carlos, comisario político del glorioso Quinto Regimiento, pasa la frontera en un estado miserable; barbas sin cortar, sucio, hambriento. Ahora él es quien camina inmerso en un silencio terrible, el lodo se pega a sus zapatos. A lo lejos, alguna explosión, algún grito apagado.
Muy tensos, Longo y Marty estrechan la mano a cada voluntario que frente a ellos arroja su arma a tierra. Vittorio, el yeso empapado, resquebrajado en partes, el brazo colgando como piltrafa, las heridas reabiertas, arroja la pistola en el enorme montón, y se va sin volver la cabeza.
Cada hombre es cateado por los gendarmes franceses. Los apuran: «Allez, allez». Les preguntan: oigan, qué llevan en sus bolsas, no esconden otra arma, han estado en el hospital, ninguna infección, qué falta de higiene; los esculcan, los obligan a abrir mochilas y costales, vaciar su contenido al suelo. «Allez, allons-y, faites vite». Vuelven a cachearlos. Sus pertenencias ruedan expuestas, indefensas en la carretera nevada y cubierta de creolina. Al abrir un envoltorio el gendarme lo tira al suelo:
Qu’est-ce que c’est que cette merde-là?
—Es tierra de España.
Allons-y, allez, allez, le suivant.
El general Francisco Durán es el último en pasar. En el momento en que despide a sus soldados, con la voz resquebrajada por la emoción, los mira sonreír.
Su yegua, abierta de patas, está orinándose.

Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor, es muy parco. Pálido, tenaz, parece seminarista. Su aspiración es vivir en el anonimato y está condenado a dar órdenes porque sabe darlas. Es el estratega de la guerra de España. Frente a sus ojos, los ríos, las colinas y los cerros, las sierras y las hondonadas se vuelven planes de destrucción: trincheras, puntos de ataque, repliegues, pasos para sus tropas, sus destacamentos, columnas, brigadas, regimientos, divisiones, racionamiento de fuerzas. La tierra de España es este mapa clavado de alfileres, donde él tiene que mover a sus hombres. La tierra de España reventada, aterida, no es para Rojo un lugar sino su cuerpo. Vive los barrancos que pueden volverse trampas, los senderos hormigueantes, los árboles y los bosques que en la noche se prenden y amanecen negros, convertidos en ceniza. Vive a la gente que mañana morirá. ¿Qué verá Rojo a la hora del amanecer, con sus anteojos de larga vista, al fondo de la carretera? ¿Los evacuados, los coches, las carretas, el lodo, las subidas y las bajadas en lontananza, el frío, la nieve, los temores de su infancia? Desde hace diez días, su angustia no ceja.
Hay que seguir ¿verdad?, seguir siempre.

Si la guerra de España duró tres años es gracias al Partido Comunista y a Vicente Rojo. «Hemos hecho una guerra digna porque logramos hacer un ejército popular gracias al Partido Comunista».

«Fuimos torpes, crueles, pero también heroicos, generosos, valientes, sacrificados».

Puente de los Franceses
Puente de los Franceses
Puente de los Franceses,
mamita mía,
qué bien resistes,
qué bien resistes.

Los nacionales no pudieron pasar el Manzanares porque los republicanos tenían tomado el Puente de los Franceses.

Un campesino, al ver el río de españoles, grita:
C’est bien fait pour eux. Sales rouges.
Otros corean:
Sales rouges.

En la frontera, los vascos esperan a los vascos.
Negrín, Rojo y Zugazagoitia llegan a la Junquera. Es el límite con Francia. El presidente Negrín aguarda en silencio.
Cuando una de las autoridades francesas le comunica que los periodistas y fotógrafos han sido alejados, Negrín y sus compañeros pasan a pie la frontera ante un pelotón que presenta armas. Al ver a Rojo, el agregado militar de la embajada de Francia en España se cuadra.

Argelès-sur-mer
Saint Cyprien
La Lozère
Las Haras
Aude
Agde
Saint Étienne
Le Vernet
Gurs
Barcères
Sept Fonts
Bram
Arles-sur-Tech
Château de Collioure
La Reynarde
Château de Montgrand
Le Perthus
Hérault
Haute-Garonne, Mazères
Le Boulou
Prats de Molló
Saint Laurent-de-Cerdans
La Tour de Carol
Bourg-Madame
Barcarès
Mont-Louis

En Hérault concentran a la mayoría de los catalanes.

Emilio Prados no quiere sentarse sobre la arena. Cuida su gran abrigo negro. Dos de los mayores campos de concentración, Saint Cyprien y Argelès están sobre la arena. Cuatrocientos mil refugiados han sido arrojados detrás del alambrado de púas clavado en la playa. No es que los guardias sean deliberadamente crueles, lo terrible es la confusión, la improvisación. No hay una sola comodidad. Si los españoles no construyen sus propias barracas tendrán la arena como lecho, porque es en la arena donde duermen envueltos en una manta de abandono, hacen sus necesidades, colocan sus pocas pertenencias. La arena es ahora su única tierra. Caminan sobre ella, sobre ella se sientan, comen arena, la arena centellea en sus cabellos, en la arena se acuestan, su rostro contra la arena, sus manos cubiertas de arena; los enceguece esta arena lodosa, negra, triste, de las playas del Mediterráneo. Ni un árbol, ni una mata, solo estos rostros, estos párpados, estos hombros, estos cuellos vencidos por el peso de la arena.
En Saint Cyprien muchos se han descalzado; Emilio Prados no, aunque no aguanta los pies. Muchos se lavan en el agua salada, y regresan tiritando bajo el cielo gris. Prados no se quita el abrigo. En el horizonte vigila la aparición de un barco, una lancha, cualquier cosa, una balsa; pero los ojos le lloran por el reflejo metálico del manto de plomo derretido que otros llaman mar.
—Niño, no le tires arena a tu hermano, lo vas a dejar ciego.
Los niños todavía tienen fuerza para correr en la playa pero no meten los pies al agua helada.
En esta arena ha venido a terminar la guerra.

México propuso recibir ochenta mil familias. Todos esperan en los campos de concentración de Francia. Además ofreció darles la nacionalidad mexicana.

El Mexique zarpa con tres mil refugiados a bordo. Susana y Fernando Gamboa velan el mar de cabezas sobre el mar salado y gris.
De Sète y Marsella, los barcos navegan por el estrecho de Gibraltar, y desembocan en el océano.
El solitario Atlántico.