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—No puedo más, os juro que no puedo más.
Se la veía tan demacrada y pálida que las demás la tomaron en serio.
— ¿Qué te pasa, mujer?
—Esta tía lleva toda la vida en un puto diálogo interior, y todo lo que dice son sandeces ¿no os habéis dado cuenta?
Las neuronas se miraron unas a otras.
—Es que no calla ni de día ni de noche, siempre con el run-run, que si esto, que si aquello, como si nosotras no estuviéramos aquí para otra cosa, oye. ¡Ni que fuéramos sus amigas imaginarias!
Una atmósfera densa empezó a formarse por todas las circunvoluciones más cercanas.
—Para otra cosa serviremos, digo yo, ¿o es que nunca os habéis planteado lo que hacéis aquí dentro?
Nuevas neuronas iban llegando desde el hipocampo.
—¿Os da igual? ¿La vais a dejar que siga ahí, dale que te pego con lo suyo, día tras día, año tras año? ¿Dónde está vuestra autoestima? ¿Es esto todo a lo que aspiráis?
Una neurona simpática estaba a punto de hablar, pero una amiga parasimpática se la llevó de allí. De repente, como obedeciendo a una orden no expresada, las demás neuronas se abalanzaron sobre la descontenta y en menos de un segundo no quedó de ella más que un mascajo gris.

 Ángela Nordenstedt

© Angela Nordenstedt, imágenes y textos