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«Era como un retrato del Veronese, con aquella cabellera de un rubio resplandor que parecía haberle desteñido en la piel, una piel de aristócrata, tintada apenas de rosa, que sombreaba un sutil vello semejante a un pálido terciopelo que la caricia del sol permitía vislumbrar. Los ojos eran azules, de ese azul opaco de los muñecos de porcelana holandeses.
En la aleta izquierda de la nariz tenía un lunar pequeño; y otro a la derecha, en la barbilla, del que nacían unos rizosos pelillos tan semejantes a la piel que apenas si se notaban. Era alta, de pechos maduros y flexible talle. La voz, clara, parecía a veces aguda en exceso; pero su franca risa alegraba cuanto tenía alrededor. Solía, con un ademán que le era habitual, llevarse ambas manos a las sienes como si quisiera atusarse el pelo.» 

Guy de Maupassant. “Una vida”, traducción de María Teresa Gallego Urrutia

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UNE VIE de STÉFANE BRIZÉ

adaptación

de la novela de

Guy de Maupassant

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Se trata de la vida de Jeanne, la protagonista de esta cinta basada en la primera novela de Guy de Maupassant, escrita en 1883, cuando era ya un escritor de renombre por sus cuentos. Tolstoi decía de ella que era no sólo, y sin comparación, la mejor novela de Maupassant, sino  también la mejor novela francesa después de Los miserables. En ella se describe la vida de una mujer atrapada en un mundo de arcaicas convenciones -regidas por el dinero, los títulos y los hombres- y destinada a sufrir con pasividad los embates de la familia, la religión, el matrimonio, la maternidad, e incluso los provenientes de “instituciones” más amorales como las amantes de los maridos. Una vida que podría ser la de cualquier mujer de su época o quizás también de la nuestra con pocas adaptaciones a la realidad que vivimos. Filosóficamente Rosalie,  hermana de leche de Jeanne y también su criada, pronuncia la última frase del libro, un homenaje al gran Flaubert: “La vida nunca es ni tan buena ni tan mala como creemos”.

Esta es también la última frase de la película de Stéfane Brizé. Una de las tantas que vi entre las del festival de Venecia. Una película extraordinaria que este director elaboró a lo largo de 20 años. No conocía esta novela a pesar de haber leído muchos cuentos de Maupassant, que reconozco es uno de mis autores preferidos.
Así que he decidido leerla, y una vez más se cumple la regla general: la novela es mejor. Aun así tengo que decir que Brizé ha realizado una de las mejores adaptaciones al cine que haya visto. Manipula con maestría flashback, elipsis, y sobre todo un encuadre muy cercano en un formato casi cuadrado para traducir al lenguaje cinematográfico lo que describe el autor con sus recursos literarios.

Os propongo aquí el principio de la novela en francés y en español, y para completar el cuadro, dos pinturas y una interpretación musical:

  • Une vie de Guy de Maupassant
  • Una vida de Guy de Maupassant (traducción de María Teresa Gallego Urrutia)
  • La Belle Nani de Paolo Veronese
  • Mujeres en el jardín de Claude Monet
  • La mer de Claude Debussy interpretado por Claudio Abbado y el orquesta del Festival de Lucerne

 Jean Claude Fonder

La Belle Nani. Paolo Veronese. Paris 1560

La Belle Nani. Paolo Veronese Paris 1560.


UNE VIE de Guy de Maupassant –  Début du premier chapitre.

«Jeanne, ayant fini ses malles, s’approcha de la fenêtre, mais la pluie ne cessait pas.
L’averse, toute la nuit, avait sonné contre les carreaux et les toits. Le ciel bas et chargé d’eau semblait crevé, se vidant sur la terre, la délayant en bouillie, la fondant comme du sucre. Des rafales passaient pleines d’une chaleur lourde. Le ronflement des ruisseaux débordés emplissait les rues désertes où les maisons, comme des éponges, buvaient l’humidité qui pénétrait au-dedans et faisait suer les murs de la cave au grenier.
Jeanne, sortie la veille du couvent, libre enfin pour toujours, prête à saisir tous les bonheurs de la vie dont elle rêvait depuis si longtemps, craignait que son père hésitât à partir si le temps ne s’éclaircissait pas, et pour la centième fois depuis le matin elle interrogeait l’horizon.
Puis elle s’aperçut qu’elle avait oublié de mettre son calendrier dans son sac de voyage. Elle cueillit sur le mur le petit carton divisé par mois, et portant au milieu d’un dessin la date de l’année courante 1819 en chiffres d’or. Puis elle biffa à coups de crayon les quatre premières colonnes, rayant chaque nom de saint jusqu’au 2 mai, jour de sa sortie du couvent.
Une voix, derrière la porte, appela: “Jeannette!”
Jeanne répondit: “Entre, papa.” Et son père parut.
Le baron Simon-Jacques Le Perthuis des Vauds était un gentilhomme de l’autre siècle, maniaque et bon. Disciple enthousiaste de J.-J. Rousseau, il avait des tendresses d’amant pour la nature, les champs, les bois, les bêtes.
Aristocrate de naissance, il haïssait par instinct quatre-vingt-treize; mais philosophe par tempérament, et libéral par éducation, il exécrait la tyrannie d’une haine inoffensive et déclamatoire.
Sa grande force et sa grande faiblesse, c’était la bonté, une bonté qui n’avait pas assez de bras pour caresser, pour donner, pour étreindre, une bonté de créateur, éparse, sans résistance, comme l’engourdissement d’un nerf de la volonté, une lacune dans l’énergie, presque un vice.
Homme de théorie, il méditait tout un plan d’éducation pour sa fille, voulant la faire heureuse, bonne, droite et tendre.
Elle était demeurée jusqu’à douze ans dans la maison, puis, malgré les pleurs de la mère, elle fut mise au Sacré-Coeur.
Il l’avait tenue là sévèrement enfermée, cloîtrée, ignorée et ignorante des choses humaines. Il voulait qu’on la lui rendît chaste à dix-sept ans pour la tremper lui-même dans une sorte de bain de poésie raisonnable; et, par les champs, au milieu de la terre fécondée, ouvrir son âme,
dégourdir son ignorance à l’aspect de l’amour naïf, des tendresses simples des animaux, des lois sereines de la vie.
Elle sortait maintenant du couvent, radieuse, pleine de sèves et d’appétits de bonheur, prête à toutes les joies, à tous les hasards charmants que dans le désœuvrement des jours, la longueur des nuits, la solitude des espérances, son esprit avait déjà parcourus.
Elle semblait un portrait de Véronèse avec ses cheveux d’un blond luisant qu’on aurait dit avoir déteint sur sa chair, une chair d’aristocrate à peine nuancée de rose, ombrée d’un léger duvet, d’une sorte de velours pâle qu’on apercevait un peu quand le soleil la caressait. Ses yeux étaient bleus, de ce bleu opaque qu’ont ceux des bonshommes en faïence de Hollande.
Elle avait, sur l’aile gauche de la narine, un petit grain de beauté, un autre à droite, sur le menton, où frisaient quelques poils si semblables à sa peau qu’on les distinguait à peine. Elle était grande, mûre de poitrine, ondoyante de la taille. Sa voix nette semblait parfois trop aiguë; mais son rire franc jetait de la joie autour d’elle. Souvent, d’un geste familier, elle portait ses deux mains à ses tempes comme pour lisser sa chevelure,
Elle courut à son père et l’embrassa, en l’étreignant: “Eh bien, partons-nous?” dit-elle.
… »

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Claude Monet. Mujeres en el jardín. 1866.


UNA VIDA de Guy de Maupassant –  Inicio del primero capitulo.

«Jeanne, que ya había acabado de hacer los baúles, fue a mirar por la ventana, pero la lluvia seguía cayendo.
Toda la noche había estado sonando el aguacero contra los cristales y los tejados. Era como si hubiera reventado el cielo, bajo y grávido de agua, y se estuviese vaciando sobre la tierra, diluyéndola hasta convertirla en papilla, deshaciéndola igual que si fuera azúcar. Pasaban ráfagas cargadas de bochorno. El retumbar de los arroyos desbordados llenaba las calles desiertas; las casas chupaban como esponjas aquella humedad que se les metía dentro y, del sótano al desván, hacía rezumar las paredes.
Con aquélla, eran cien las veces que, desde por la mañana, temerosa de que su padre no se decidiese a emprender la marcha si el tiempo seguía metido en agua, había examinado el horizonte Jeanne, que había salido del convento la víspera, libre al fin para siempre, dispuesta a hacer suyas todas las dichas de la vida con las que llevaba tanto tiempo soñando.
Se dio cuenta, luego, de que se le había olvidado guardar el calendario en el bolso de viaje. Quitó de la pared la cartulina dividida en meses, que mostraba, en el centro de un dibujo, los dorados números del año en curso: 1819. Tachó luego con un lapicero las cuatro primeras columnas, tapando con una raya los nombres del santoral hasta llegar al 2 de mayo, día en el que había dejado el convento.
Una voz dijo detrás la puerta:
–¡Jeannette!
Jeanne respondió:
–¡Pasa, papá!
Y su padre entró.
El barón Simon-Jacques Le Perthuis des Vauds era un hidalgo del siglo anterior, maniático y bondadoso. Como discípulo entusiasta de Jean-Jacques Rousseau, profesaba una ternura de amante a la naturaleza, los campos, los bosques, los animales.
Por su raigambre aristocrática, le inspiraban instintivo odio las ideas de 1793; mas, de temperamento filosófico y formación liberal, aborrecía la tiranía con inofensiva y declamatoria abominación.
La bondad era su gran fuerza y su gran debilidad: una bondad cuyos brazos no daban abasto para acariciar, dar y abarcar; una bondad de creador, dispersa, sin firmeza, como si tuviera embotado uno de los nervios de la voluntad, semejante a un fallo de la energía, casi un vicio.
Siendo hombre dado a las teorías, tenía pensado todo un programa de educación para su hija, a la que quería ver dichosa, buena, recta y tierna.
Había crecido ésta hasta los doce años en el hogar; la habían metido, luego, interna en el Sagrado Corazón pese a las lágrimas de su madre.
El padre la había mantenido en tan severo encierro conventual, enclaustrada, ignorada e ignorante de los hechos de los hombres. Quería que se la devolviesen casta a los diecisiete años para templarla luego personalmente sumergiéndola en una suerte de baño de sensata poesía; llevarla al campo para abrirle el alma junto a la tierra fecundada y desembotar su ignorancia mostrándole el amor ingenuo, los sencillos afectos de los animales, las serenas leyes de la vida.
Salía Jeanne ahora del convento radiante y pletórica de savias y apetitos de dicha, lista  para todas las alegrías, para todos los adorables azares que ya había recorrido con el pensamiento durante ociosos días, prolongadas noches, aisladas esperanzas.
Era como un retrato del Veronese, con aquella cabellera de un rubio resplandor que parecía haberle desteñido en la piel, una piel de aristócrata, tintada apenas de rosa, que sombreaba un sutil vello semejante a un pálido terciopelo que la caricia del sol permitía vislumbrar. Los ojos eran azules, de ese azul opaco de los muñecos de porcelana holandeses.
En la aleta izquierda de la nariz tenía un lunar pequeño; y otro a la derecha, en la barbilla, del que nacían unos rizosos pelillos tan semejantes a la piel que apenas si se notaban. Era alta, de pechos maduros y flexible talle. La voz, clara, parecía a veces aguda en exceso; pero su franca risa alegraba cuanto tenía alrededor. Solía, con un ademán que le era habitual, llevarse ambas manos a las sienes como si quisiera atusarse el pelo.
Corrió hacia su padre, lo besó y lo abrazó:
–¿Qué? ¿Nos vamos? –preguntó.
…»


La Mer – Trois esquisses symphoniques

I. De l’aube à midi sur la mer. Très lent
II. Jeux de vagues. Allegro
III. Dialogue du vent et de la mer. Animé et tumultueux