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Vale 2015 grande.

……..#BREVIARIO

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Vale Correa Fiz


El pasado 14 de junio se cumplieron treinta años de la muerte de Jorge Luis Borges y me gustaría recordar al maestro argentino, brevemente, en el aspecto menos evidente de su obra: el amor a las mujeres.

Borges se casó dos veces. El matrimonio con Elsa Astete Millán fue fugaz y no feliz; la segunda vez se casó con quien fuera su discípula, María Kodama. Pero, más allá de los datos biográficos, el poeta argentino se enamoró repetidas veces, y casi siempre soportó el abandono o la indiferencia femenina, algo que queda de manifiesto en unos pocos versos de su vasta obra poética.

Borges conmueve cuando alude, tímidamente, a sus deseos y al amor siempre imposible. Pocas veces es explícito, como en Ausencia, escrito a los 23 años: «Tu ausencia me rodea / como la cuerda a la garganta, / el mar al que se hunde». O como en Sábados (1923): «En ti está la delicia / como está la crueldad en las espadas». En Despedida se lamenta: «Definitiva como un mármol / entristecerá tu ausencia otras tardes». También refieren al amor desesperado los dos poemas escritos en inglés, Two English poems, dedicados a Beatriz Bibiloni Webster de Bullrich, en las que el poeta se pregunta angustiado: «¿Con qué te puedo retener?», y se responde tristemente: «Puedo darte mi soledad, mis tinieblas, el hambre de mi corazón; estoy tratando de sobornarte con incertidumbre, con peligro, con derrota». Duelen las palabras de esos pocos versos agrupados bajo un título en francés Le Regret d´Héraclite: «Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca/ Aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach». Mi poema de amor favorito es, sin lugar a dudas, El amenazado; quizá el más carnal de toda su obra. La voz lírica declara con desesperación en el final del poema: «El nombre de una mujer me delata./ Me duele una mujer en todo el cuerpo».

Sin embargo, nada me conmueve más que la declaración que Borges, el escritor, le hace decir a Borges, el protagonista y narrador del cuento El Aleph. En una escena íntima, vemos a Borges que le habla al retrato de Beatriz Elena Viterbo (Elena encarna en este relato el amor doblemente imposible: porque no fue correspondido en vida y porque la amada está ahora muerta); dice: «No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije:

-Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.»

Estas palabras, desde el primer día que las leí, me han conmovido profundamente. Durante muchos años creí que la causa radicaba en la ternura que me inspiraba este personaje susurrándole a la foto de una muerta. Ahora, con muchos más años encima, me doy cuenta de que me conmueven porque son para mí la definición perfecta de lo que es el amor: el poder mirar al otro y decirle (sin mentiras, ocultamientos ni imposturas) lo que le dice Borges a la foto en un susurro; simplemente: «Soy yo».