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#MILÁNESANDO

Con la ocasión de EXPO IN CITTA’, en el marco incomparable de la Villa Necchi Campiglio, antaño  propiedad de la familia homónima, afamados empresarios, y ahora del FAI (Fondo Ambiente Italiano), precioso edificio modernista (años 1932-1935, arquitectos Portaluppi y Buzzi) ubicado en el casco histórico de Milán, acaba de estrenar  una interesante exposición dedicada a Alfredo Ravasco (1873-1958), el considerado “príncipe de los orfebres”, oriundo genovés, que tuvo su formación en Milán. La muestra abarca varias vitrinas donde se mostran piezas de orfebrería en felices combinaciones entre oro, coral, plata y piedras preciosas  que dibujan motivos de animales, miniaturas  y hasta una  espléndida custodia-ostensorio ; todo se expone en los distintos cuartos de la villa, que guardan obras de arte, como cuadros de Canaletto, G.B. Tiepolo, De Chirico, Rosalba Carrera, entre otros, esculturas, tapices y muebles de los siglos XVI y XVIII.

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La tradición de la artesanía milanesa, no solo orfebrería, se remonta a la época del asentamiento celta (siglos IV-III a.de C.), como atestiguan significativos hallazgos arqueológicos; la posición geográfica de la ciudad, en el centro de la Cuenca Padana,  propició a lo largo de siglos el asentamiento y desarrollo de un buen número de gremios artesanos e industriales que lograron fomentar la hegemonía económica milanesa en buena parte de Italia. La nomenclatura de muchas calles, plazas , palacios del casco antiguo (Fabbri, Mercanti, Spadari, Armorari, Orefici, Speronari) a menudo nos remite a la presencia de actividades artesanales, comerciales e industriales que constituyen un legado excepcional de varios periodos de la historia  de nuestra ciudad.

En su novela picaresca “ Guzmán de Alfarache” el escritor español Mateo Alemán (1547-1615), describe la riqueza de la orfebrería en el comercio ciudadano: “Ibame paseando por una de las calles de Milán, donde había tantas y tan variadas cosas y mercaderías que me tenían suspenso, y acaso vi en una tienda una cadena que vendían a un soldado, a mis ojos la cosa más bella que jamás vieron».

Miguel de Cervantes, que conocía y amaba Milán, también recuerda la importancia de su artesanía e industria en el capítulo XXXIX de la  primera parte del Quijote :

Embarque en Alicante, llegué con próspero viaje a Génova, fui desde allí a Milán, donde me acomodé de armas y de algunas galas de soldado …”.

Las exportaciones milanesas abarcaban muchísimos artículos de lujo: textiles, bisutería, cristalería, objetística, joyas, muebles  y también armas, cuyos talleres y forjas trabajaban intensamente . Familias-dinastías como los Miseroni, Saracchi y Fontana, entre otras, joyeros, bisuteros y medallistas abastecían  los mercados más exclusivos del Continente Europeo y del Mediterráneo.

En sus últimas obras , Cervantes vuelve idealmente a Italia, que tantas narraciones  le había inspirado, con las “Novelas ejemplares” , en particular la del “ Licenciado Vidriera”  donde expresa nuevamente su admiración para la operosa vida milanesa  que, a pesar de las guerras y  las catástrofes naturales, siguió floreciendo. Así el protagonista de la novela, Tomás Rodaja, descubre la ciudad :

“…volvió a Milán, oficina de Vulcano, ojeriza del reino de Francia; ciudad, en fin, de quien se dice que puede decir y hacer, haciéndola magnífica la grandeza suya y de su templo y su maravillosa abundancia de todas las cosas a la vida humana necesarias.”


Nando Pozzoni