La resistencia

Ella observaba con curiosidad, casi infantil, desde la diminuta ventana de la oscura y triste habitación, de escasos dos por dos metros, las tercas hojas de la copa del único árbol que coronaba el austero jardín de aquel patio donde raramente podía caminar. Se resistían firmes y altivas a caer; se bamboleaban de un lado a otro combatiendo la furia del viento y la furia del agua; signos inequívocos y caprichosos de la naturaleza en su estación del año preferida. Le recordaba cuando dos décadas atrás contemplaba desde la ventana de la habitación en casa de su abuela cómo los árboles se desnudaban. 

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La huida

Los pasos firmes sobre aquel viejo piso de madera que se aproximaban desde el corredor a la inmensa habitación le producían, como de costumbre, un largo escalofrío; Federica se giraba, daba la espalda y cerraba con más firmeza sus grandes y profundos ojos azules mientras la religiosa recorría todo el espacio, guiada por la tenue luz de su vieja linterna. La rutina era la misma: caminaba hacia el final del pasillo, verificaba que todas las niñas estuviesen durmiendo, luego se dirigía a su cuarto y al oír que se cerraba la puerta el pequeño cuerpo de la niña de siete años recobraba la normalidad;  se disponía a rezar como de costumbre y terminaba formulando el mismo deseo que repetía como si contara ovejas para dormirse: ¡Que pronto aparezca una familia que me adopte  y me lleve de aquí!, que pronto aparezca una familia que me adopte y me lleve de aquí!, que pronto aparezca una familia que me adopte… hasta que el cansancio y la impotencia finalmente la vencían en un profundo sueño.

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