Espejismo

Entré al bar a tomar un aperitivo y ahí estaban ellos en la mesa del fondo, sonrientes y felices. Apenas ella me vio se levantó bruscamente y salió. Yo decidí ir tras ella; Gustavo se quedó en la mesa tomando un Dry Martini. Corrí lo más rápido que pude. Le grité, con el escaso hilo de voz que escapaba a regañadientes de mis cuerdas vocales, que me esperara: ¡Daniela, Daniela, espera por favor! La debilidad que provocaba en mí la fiebre de esta última semana y mi afonía me jugaban una mala pasada en aquélla carrera. Desee estar sano y joven en aquél momento.
-Si tuviese unos veinte años menos y fuese un hombre sano, ella no se hubiese marchado, pensé. Ya de nada vale pensarlo, ¿para qué? Ella ahora está con Gustavo, ¡Que ironía! Hasta se ven bien juntos, los condenados, hacen una buena pareja.
Solo quería hablarle, -¿por qué huyes?, le grité desesperadamente.
Creo que corrí alrededor de ocho a diez cuadras y no pude alcanzarla; desapareció entre aquellas estrechas calles. ¿Por qué escapa, no entiendo por qué huye?

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