Confesiones de Bar

Apenas se abrió la puerta del bar, Manuela dirigió su mirada a la densa capa de humo que se esparcía en todo el recinto y semejaba el cielo espeso y contaminado de un día cualquiera de Ciudad de México, lugar que había dejado hace diez años atrás. Aspiró el fuerte olor a sudor mezclado con perfume, alcohol y nicotina que impregnaba el recinto y sintió nauseas; las mismas que la habían acompañado algunos días atrás, cuando sus horas transcurrían entre tazas de café, cigarrillos, silencios y lágrimas, por la desgracia personal que le ocurría.

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