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Apenas se abrió la puerta del bar, Manuela dirigió su mirada a la densa capa de humo que se esparcía en todo el recinto y semejaba el cielo espeso y contaminado de un día cualquiera de Ciudad de México, lugar que había dejado hace diez años atrás. Aspiró el fuerte olor a sudor mezclado con perfume, alcohol y nicotina que impregnaba el recinto y sintió nauseas; las mismas que la habían acompañado algunos días atrás, cuando sus horas transcurrían entre tazas de café, cigarrillos, silencios y lágrimas, por la desgracia personal que le ocurría.

Tenía suficientes razones para permanecer en casa; hacía pocos minutos había salido de ella y ya deseaba volver a la intimidad y seguridad que le ofrecía su hogar, sin las miradas, las preguntas y el estorbo que en situaciones como esa propiciaba la presencia de terceros, y así poder respirar su tristeza y acariciar su dolor.
Avanzó de mala gana, con la certeza de estar en el lugar y momento inapropiado; caminó entre la espesa nube gris, haciendo malabares entre el tumulto que bailaba al son de la canción Buscando Guayaba, hasta encontrar una pequeña mesa en una de las esquinas que Silvio, el dueño del lugar, les hacía seña desde la barra había reservado para ellos y poder instalarse.
Los últimos días de Manuela habían transcurrido en soledad; el encierro voluntario que había decidido vivir las últimas dos semanas, tras la partida del que había sido su novio por doce largos años y esposo por apenas casi cinco, semejaba el retiro espiritual que hacen las monjas de claustro, pero sólo por el encierro. A diferencia de aquéllas, en este aislamiento forzado ni el pensamiento, ni el silencio, ni la oración, eran alimento para su espíritu.
En su cabeza construía, como quien arma un rompecabezas, los fragmentos de su pasado y su presente con Juan Diego. Sus compañeros de retiro eran los recuerdos, las palabras, los sueños, las caricias, la pureza entregada, y los trozos de la historia inacabada que ella con ingenuidad había elaborado, y que permanecían aún tibios en su mente y en su piel, de lo que sería el matrimonio “para toda la vida” que habían planificado, los hijos que aún no habían tenido, y la vejez que imaginaba compartirían juntos.
Arrastrada por sus amigos, accedió de mala gana a esa cita de despedida antes de desocupar su casa, que había ya vendido para repartir en partes iguales con su futuro exmarido y volver a México. Sentía que no era buena compañía para nadie, pero ésta era la última cita con sus amigos durante su permanencia en Roma y no quería despreciar su buena intención de hacerle pasar un rato agradable.
En otro momento, Manuela se hubiese sentido a sus anchas y cómoda, disfrutando de uno de sus placeres más sencillos, bailar. Precisamente, este era uno de los espacios predilectos para satisfacerlo. Lo había descubierto por casualidad un par de años atrás en uno de los tantos paseos por Roma y al menos una vez al mes agotaba el cuerpo, pero alimentaba su espíritu, al ritmo de Willie Colón, Héctor Lavoe y Celia Cruz, en aquella pista pequeña un tanto improvisada, mal puesta, como los afiches de los parajes más hermosos de Cuba y sus prodigios musicales, que colgaban de las paredes del “Aquí se baila Latino”.
De todos los sitios de música latina de la ciudad, éste era el más austero, el más pequeño, el peor decorado, el menos glamoroso, pero para ella era el mejor. Definitivamente, era un lugar muy particular. Silvio su dueño, un cubano residente por más de dos décadas en Italia, era el alma del bar. Atendía la barra, otras veces estaba en la caja, pasaba por las escasas mesas que habían, y se instalaba a conversar con sus visitantes; no había mujer que pisara el bar que no hubiese bailado con Silvio.
Ya instalados en la mesa, venía lo que era de esperarse; en el grupo cada uno tomó su pareja y se dispuso a bailar, solo quedó Manuela. Mientras el resto iba hacia la pista de baile ella se acomodaba, casi escondida; quería volverse invisible ante los ojos de los demás.
Había conocido a Juan Diego hacía veintiséis años atrás, siendo apenas una niña. Primero fue su amigo, luego su novio, luego su esposo. Se conocían, o al menos eso siempre fue lo que Manuela creyó, se entendían y se complementaban en muchas cosas. Él, un exitoso y joven empresario que había sido transferido a Roma por trabajo; ella, una antropóloga y profesora universitaria.
Aquél hombre al que amaba profundamente y creía conocer, con un golpe crudo y seco, desarmó la confianza, el respeto, la fe y la admiración que Manuela sentía por él y la dejó en un profundo shock emocional. Aquélla sonrisa que habitualmente tenía en su rostro, se había desdibujado con una sola y aplastante pincelada, propia de un pintor, luego de plantarse frente aquél paisaje en el que ha invertido tiempo, ideas, colores y arte, y decide con frialdad absoluta que ya no le es útil, y con un amplio y fuerte brochazo al lienzo destruye lo creado.
En ese instante Silvio se acercó hasta Manuela, la saludó con los dos besos respectivos en la mejilla, propio de casi todos los europeos y de los latinos habituados a las costumbres extranjeras y la estrechó en un abrazo cariñoso.
¿Cómo estás? Le dijo.
—Óyeme tú bonita, ¿esta vez viniste sin el marido?
Ella se limitó a asentir con la cabeza.
—Ah ,mejor, así esta noche me reservas las canciones de Willie y la Celia, que esas tú y yo lo bailamos como nadie, y disparó su sonrisa franca y genuina.
En ese momento Silvio se detuvo a mirarla, como si la observara por primera vez.
—¿Y a ti qué te pasa que tienes cara de funeral?
—Nada Silvio, estoy triste, es todo. Le respondió ella con la frialdad y dureza de una piedra.
—Aquí las tristezas se acaban bailando. No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista. Esa cara es de pena de amor. ¿Qué pasó? Si tu marido y tú yo no les he visto ni el menor disgusto.
—Eso se acabó, y me disculpas pero no deseo hablar de eso, no hoy, no ahora, mientras contenía las lágrimas.
Silvio la abrazó y le dijo:
—Lo siento bella, pero si quieres que te sea sincero, nunca me gustó para ti. Muy simpático, sí, muy culto, parecía buena gente, óyeme, pero había algo en él que nunca me convenció. Un no sé qué, le dijo.
A Silvio le llamaban los más íntimos del lugar “La madre” era eso, como una madre que complace, escucha, entiende, busca entretener cuando se está triste, y consuela. Silvio y Manuela eran generosos con la conversación, el baile y sus gustos musicales. Ambos disfrutaban de la salsa, el bolero y las piezas clásicas que colocaba al despuntar el alba, complaciendo peticiones de los que deseaban iniciar la jornada, luego de desgastarse los zapatos y agotar el cuerpo, con algo tranquilo e inspirador.
Casi siempre, las mejores historias de amor y desamor se viven en un bar. Silvio era testigo de ello y con lo que había visto y escuchado en aquel recinto podía escribir casi una novela seriada. Era bueno para escuchar y guardar secretos. Haciendo un balance, en ocasiones contaba a sus visitantes más asiduos que había presenciado pedidas de mano, pedidas de divorcio, confesiones de infidelidades, rechazos y desencuentros, malos entendidos, y hasta a veces sentía que “Aquí se baila Latino” iba a desaparecer de golpe por el incendio que podía ocasionar la combustión química entre un hombre y una mujer que sentados en la barra o alguna de las mesas del rincón se reconocían uno al otro con las miradas, las palabras, pero que aún no habían cruzado la delgada y filosa línea que los lleva al contacto físico.
Sin embargo, Manuela no deseaba sumar su historia al récord de Silvio y quería guardarse las razones y detalles; íntimos, desgarradores y personales. El volvió a la barra y en ese instante Manuela, volvió a repasar su realidad, como el prisionero que transcurre sus largas horas en la celda y pone play a su película personal con fragmentos de su pasado, su presente y el futuro se asoma levemente y un tanto desdibujado.
Hasta ese momento Manuela había vivido su vida como el capitán de barco que tiene frente a sí la carta de navegación que él mismo ha diseñado para conducir con claridad y paso firme su travesía y llegar a feliz puerto. Una carta precisa, legible, y bien amalgamada.
En el trayecto procuraba sortear alguno que otro temporal, vivir bien cada día, cultivar y preservar la paz interior, hacer lo que mejor sabía hacer, disfrutar de los placeres sencillos de la vida, cultivar cuerpo y mente, no hacerle a otros lo que no quería para ella, amar a su familia y construir una propia, ser fiel a sus principios y creencias.
Y ahí se encontraba en ese bar, incrédula, atónita y sacudida por el peso de una verdad, que por más cruda que fuera la prefería a seguir engañada y traicionada. La estocada final había sido insospechada, insólita, sin anuncios, ni previo aviso. La verdad le había sido revelada ante sus ojos; una verdad que pensaba solo pasaba de manera exagerada en las novelas televisivas de su México natal, ahora vivía su propia novela, trillada, con capítulos llenos de lugar común: infidelidad, secretaria y sofá de oficina.
Silvio volvió a acercarse y con ternura le dijo:
— ¿Seguro no quieres hablar con la madre Silvio?
Ella rompió en llanto, ese que tenía contenido desde hace algunas horas y sólo atinó a decirle.
—No sé por qué me hizo esto, no me lo merezco, nadie merece algo así. Pasé buena parte de mi vida compartiendo con alguien que es hoy un perfecto desconocido ante mis ojos. Alguien que cual actor, se mete en un papel que cree propio y lo muestra, lo vive, lo siente. Estuve con alguien que no era lo que yo creía que era. Ahora me toca recomponer el rompecabezas y seguir adelante.
Le habló de su visita inesperada a la oficina de Juan Diego, la escena en el sofá con la secretaria, y la relación que desde hace más de dos años, finalmente no le quedó más remedio a él, confesó mantenían en secreto.
Con el rostro y la mirada congelada sobre ella, Silvio secó sus lágrimas y la estrechó con la ternura propia de su apodo -No te reserves el monopolio de la tristeza y la desgracia, suelta y libera la carga que llevas dentro, eso hará que tus heridas sanen más pronto. Levántate y baila, hay que mover el cuerpo y sacudir las desgracias. Suelta en cada vuelta la rabia, el dolor, el miedo y la soledad que llevas.
Manuela decidió aceptar la propuesta de Silvio y al son de Willie Colón y Celia Cruz desgastó el cuerpo en aquélla pista hasta el amanecer, intentando ahogar su tristeza entre canción y tragos de Ron y Mojito Cubano.
Sólo quedaba el consuelo de retomar esa carta de navegación que era su vida y avanzar con el alivio de que en algún momento eso iba a ser sólo un triste y mal recuerdo, un aprendizaje y una tormenta, de la cual tal vez hasta en algún momento se reiría.


Narsa Silva

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Narsa A. Silva Villanueva (Caracas, Venezuela 1972)

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