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Jan Breughel – La forêt.

Una palabra mágica, sin duda. Ella me recuerda los temores de mi infancia, escenifica el decorado mágico de mis primeras lecturas, despierta las fábulas que pueblan mi memoria.
Una palabra mágica les digo. Las imágenes estallan en mi cabeza:
troncos oscuros alineados en la neblina, una verde alfombra que, a veces, vio teñirse de azul; bronces, dorados, marrones, infinitas variaciones de colores que toman los árboles en otoño; los caminos majestuosos como las catedrales cuando los abetos nevados bordean el camino solitario.
Magia musical, sobre todo.
¿Quién no conoce los temas románticos, oscuros y maravillosos de la música alemana? En el corazón del bosque de los orígenes, los dramas más angustiantes y los amores más locos nos sumergen: Siegfried y Brunnehilde, la Walkiria, Tristan e Isolde…

Mágica, eso es seguro. Dejan que les cuento lo que me ocurrió misteriosamente hace algún días.
Esa noche, me quedé dormido mientras estaba pensando: ¿Cómo voy a contar la selva? Las posibilidades son infinitas.
Por la mañana, muy temprano, demasiado temprano, me despierto ansioso.
Tengo una cita con un tal “Van de Hoestijn”, el nombre está muy preciso en mi mente.
¿Quién puede ser? ¿Qué sociedad es? No lo sé.
Me vuelvo a dormir un momento, pero me despierto inmediatamente.
¿Por qué está cita? ¿Qué tengo que hacer? Una consulta, probablemente, era mi trabajo.
Estoy hojeando mi agenda, veo que un poco después me espera otra cita, subrayada ésta, pero no puedo leer el nombre, está demasiado oscuro.
Me siento perdido, completamente desconcertado.

Estoy en la inmensa selva indescifrable de mi memoria.

Jean Claude Fonder