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Para Montaña y Santiago, que me enseñaron latín de Cáceres

Esto no es una receta de cocina. Aquí se trata de atender con entusiasmo y dedicación una de las necesidades básicas del hombre: comer. Y los hombres, desde que aprendieron a cocinar, han sido mucho más felices. O eso parece. Porque hay un hecho mágico en torno a la comida y bebida: también se habla. Las bestias también comen, pero lo suelen hacer en silencio. Nosotros no, hablamos, incluso con la boca llena. Cocinar hizo al hombre (Faustino Cordón, 1980), cocinar avivó la palabra y comentar la comida hizo comunidad. Pero lo importante fueron los silencios. Alguien, en torno al fuego de sobremesa, comenzaría a hablar de una historia, tal vez lejana, que no tuviese que ver con la comida. Ahí empezó el cuento, el relato, la narración de hechos fabulosos ocurridos en otra parte que los presentes no conocían. Nacieron los relatos heroicos de otras gentes en otros lugares. Y debió nacer la admiración por los héroes y la adoración por los dioses.

Llega otra mañana solemne y austera de junio que dispara claridad y alivio a los no durmientes. Solemne luz, bendito día que da forma a las cosas que no existían en la agria noche sin luna. Poco a poco, hombres, mujeres y niños se entrecruzan envalentonados y recelosos en su trajín diario de ir y venir hacia la incierta tarea que les espera, como ser alumno o profesor, cliente o dependiente, ejecutivo o administrativo. El sol alumbra ya con la barbarie de su potencia. Pero, a diferencia del campo abierto, en la ciudad siempre quedan borrosos lugares en sombra en los que, a veces, suceden cosas de las que nadie se atreve a hablar.

Curiosa condición la de la luz. Ilumina o ciega. Curiosa la del agua, vivifica o anega. ¿Qué será del aire, de las piedras o los bosques? ¿Qué será de ti, amor mío, que para bien y para mal siempre me ensalzas y destruyes? Si te fijas bien, solo la luz reflejada de la luna alumbra nuestro camino sin destruirnos, como la paz sinuosa de tus brazos que acoge y no exige.

Así quisiera vivir yo, entre leyendas. Hoy las leyendas están en los libros, no en la boca de los narradores. Y leer es una pesadez. Mejor sería, mientras preparo la caldereta, oír las aventuras de héroes nuevos y desconocidos. Ulises lo tenemos ya muy visto. Habría que recurrir, que es lo que ha hecho el cine moderno, a los anti héroes. Bueno, también lo hizo Cervantes, pero también lo tenemos ya muy visto. Mejor recurrir a los héroes del barrio, como aquel El Cojo que rompía farolas con sus muletas. El cine español de los años 70/80 se especializó en esos anti héroes, como El Bola, que llenaron nuestras pantallas de extrarradios arrasados y violentos, que consumían droga y mataban por un “mirar airado”.

Mientras el cocinero dispone en el caldero las formas del cordero pascual para sellarlo, alguno de los comensales aprovecha para recordarnos el papel de las heroínas en esa trayectoria universal del cine, otro fuego que sustituyó de raíz todas las mitologías en torno al fuego. La Juani, de Bigas Luna, fue un aldabonazo en la conciencia social de España. En esos arrabales de aluvión en torno a las grandes aglomeraciones urbanas, para sorpresa de muchos, también había mujeres. Que, además, querían construir su propia vida. La verdad sea dicha, Cervantes se adelantó a todos y dejó escritas páginas memorables, como aquellas de la pastora Marcela en que pregunta a los atolondrados amigos del suicida y enamorado pretendiente si por ser amada está en la obligación de corresponder a un amor que ella no ama.

Los ajos me miran a los ojos pidiendo clemencia, y yo les lamino sin piedad. Lamino igualmente la cebolla que llora su raro privilegio de ser siempre la primera en la cazuela. Igual suerte corren pimientos rojos y verdes, banderas naturales de huertos y sembrados. Les siguen las hierbas aromáticas con su gratuito perfume a campo salvaje. Prohibir la entrada a los tomates será considerado un acto revolucionario por la comensalía. La carne marinada suda su culpa con el aceite, la sal y las especias de oriente. Todo apunta a un correcto discurrir técnico de la receta. Fatta con amore, como dicen los napolitanos de la pizza. Aunque, como es lógico, el amor se emplea en los que me acompañan.

Continúa el relato de las heroínas conocidas y por conocer. Unos apuntan otra vez a Bigas Luna y hablan de su oscura, oscurísima, Bilbao. Y su no menos sorprendente Jamón, jamón. Otros apuestan por la lejana Lola, espejo oscuro o La lozana andaluza, hasta caer rendidos en el rock moderno del que salen, como a pedir de boca, Nina Hagen, Tina Turner, Nico o la omnipresente Janis Joplin. A mí me seguían sonando los cuentos de Ánxel Fole (Á lus do candil, 1953) en los que los lobos, estallando sus colmillos de avaricia sangrienta con el plenilunio, cercan y amedrentan a sus víctimas antes de descuartizarlas.

Yo, que no he sabido explotar el extraodinario privilegio de ser un absoluto inútil, río para mis adentros pensando en la inocente confianza que han depositado los amigos en el cocinero. Ya mi madre, de pequeño, me señaló amenazadora: Tú para lo único que sirves es para comprar el pan. Ese hecho, comprar el pan en una cola de señoras parlanchinas, se convirtió en mi primera experiencia de libertad fuera del hogar. Y en un beneficioso negocio porque siempre sobraban veinte céntimos que nunca devolvía. Luego me confesaba, claro.

No sabemos si la pandemia confinada ha sido capaz de mejorar la cocina de los hogares. Si los padres de familia habrán superado su miedo al horno y habrán sido capaces de ofrecer suculentos asados a la familia. Tal vez los niños se han hecho con fórmulas mágicas para postres con las que sorprenderán a sus amigos en la próxima fiesta de cumpleaños. Seguro que las madres se habrán esmerado ahora que estaban todos presos, pero felizmente juntos. Tal vez solo los adolescentes, ocultos en sus trincheras informáticas, se habrán resistido a esta nueva comunión familiar impuesta. Y de lo que no tenemos ni idea es si todo ello habrá mejorado la capacidad narrativa de los confinados en torno al fuego. Como sucedió en el principio de los tiempos.

Solo sé que, por puro azar, la caldereta salió excelente.

Arturo Lorenzo.
Madrid, Junio de 2020