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Hace aún frío en esta mañana de junio en Madrid. Hay un temor de auxilio y distancia, una respetuosa prudencia discreta a pesar del ruido de sables que manejan los políticos, gente ominosa y prescindible. La sombra de la sospecha se alargará durante meses. Tal vez nunca desaparezca. Es como el sida pero con la cruel realidad de sin relaciones. ¡Qué devastación gratuita contra el amor libre y qué aniquilación contra el de pago! ¡Qué ingenua soberbia la de creer que somos inmortales mientras duran las caricias! Millones de besos perdidos. Millones de abrazos que ya no tendrán lugar.

¿Y los nuevos? Todos bajo sospecha. La sospecha de que el mal puede estar en ti o en mí. Devorándonos por los ojos, barro o metal. Nuestros cuerpos arderán al unísono de este amor encendido que no sabe de cobardes, que ignora el futuro desde un presente total, tal vez eterno. Nadie ignora la distancia que hay entre las caricias y su ausencia ni el remoto azul vacío en el que parpadean nuestros brazos cuando tú no estás.

Los días se alargan como extensiones sin nombre tras los que siempre amenaza un crepúsculo sobrecogedor, como si anunciara la deserción definitiva del alba nueva donde tú y yo tendríamos sentido otra vez.

Millones de besos perdidos, millones de abrazos al aire, como de adolescentes que sueñan con amores imposibles o perdidos.

No trates de consolarme ni con la espera ni con la esperanza. Los besos que me perdí ayer no sabrán ya como los de mañana. Así trabajamos todos los días nuestra tristeza, buscando darle sentido a un dios ausente, en manos de un enemigo amoral y despiadado, hermano de la muerte.

Días de betún, días de cieno, aciagos días de ungüentos criminales. Besos enmascarados, abrazos prohibidos.

¿En qué puesto del mercado encontraré el dolor que nadie quiso comprar? ¿Será verdad que existe un remedio, un alivio al menos? Pastor de sueños, grumete de pesadillas. La risa de los gorriones, el incendio en las hogueras. El dolor ingenuo de los ángeles ante tanto deterioro, el bisbiseo sibilino de las cobras y la sonrisa abrasada de los lagartos. Hasta aquí llega el murmullo de los réprobos y ninguna plegaria de los bienaventurados.

Fuimos lerdos, como si hubiéramos de vivir siempre en el remoto ayer.

Sucios, entre la luz quejumbrosa del verano que amanece y el viento a la deriva robándole nostalgia al pasado, ya pocos sueñan con pecar, solo con salvarse.

Así la luna se escribe despacio en un cielo que ya no sabemos si nos pertenece, ajena en su soledad celeste al dolor que nos cerca y aniquila. No parece humano luchar así, en pleno silencio y cercados por el dolor, hasta descubrir el amor correspondido que nos ofrecen los enseres en los que un día depositamos nuestro afecto por su belleza, por su funcionalidad o por ambas cosas a la vez, y alguna más misteriosa que no supimos desentrañar y que nos conduciría a la razón misma de su ser. Una fidelidad antigua que nos liga y nos entrecruza con el pasado como el mortero de madera o la plancha de hierro de la abuela, cuando planchar era cosa de titanes, de titanas, para ser más exactos. Porque lavar, tender, secar y planchar la ropa era una tarea hercúlea que siempre se conjugaba en femenino.

En esta vida confitada en la que uno muere por salir a la calle y otro por quedarse en casa, todo asemeja a un azar del cielo en el que, poco a poco, se va perdiendo la frescura de la mañana.

Arturo Lorenzo.
Madrid, Junio de 2020