Etiquetas

, ,

LAS RUTAS COMERCIALES DE BIZANCIO ENTRE GUERRA Y PAZ

CUANDO EL MAR MAYOR SE CONVIRTIÓ EN MAR NEGRO

2- LA LLEGADA DE LOS ALMOGÁVARE

A comienzos del siglo XIV los turcos otomanos habían reforzado sus posiciones, conquistando casi todas las ciudades bizantinas de Anatolia, con excepción de pocas áreas costeras del noroeste peninsular. El emperador Andrónico II Paleólogo pidió entonces auxilio al Rey Federico III de Aragón y Sicilia, al tener ambos un común enemigo: Carlos de Anjou y la Corona francesa. Después de acuerdos entre los embajadores bizantinos y los comandantes aragoneses Berenguer de Entenza y Roger de Flor, Federico consintió una expedición de mercenarios, los almogávares, tropas de infantería ligera, formadas por campesinos y pastores procedentes de los valles pirenáicos, con una minoría de valencianos, navarros y pocos sicilianos. Se habían establecido en Sicilia después de la guerra de las Vísperas y la paz de Caltabellotta (1302), empezando a perturbar la estabilidad del país con saqueos y robos. El nombre de esos soldados traía su origen quizás en la palabra árabes al-mugavar («los gastadores») o en al-mukhavir(«mensajeros»). Vestían una túnica gruesa, llevaban un cinturón de cuero, daga, y calzaban abarcas también de cuero. Entraban al combate gritando “¡San Jordi, despierta hierro!”

Francisco de Moncada (1586-1635), embajador e historiador español, describió tres siglos más tarde la epopeya de este extraño ejército en su libro “La expedición de catalanes y aragoneses contra turcos y griegos” (1623, Barcelona). Su narración se basa en las crónicas de la época, sobre todo los testimonios directos del comandante almogávar Ramón Montaner y del historiador griego Nicéforo Gregoras.

Al mando de esas tropas, la Gran Compañía Catalana de los Almogávares o Societate Catallanorum, se puso un ex templario de origen alemán, Roger de Flor (Ruediger von Blumen), nacido en Brindisi. Roger obtuvo del emperador bizantino el título de Mega Dux (capitán general) y como esposa su hija, la Princesa María. La expedición se puso en marcha en el verano de 1302, zarpando de Sicilia: la componían treinta y seis naves con 4.000 soldados, quienes llevaban consigo mujeres e hijos, es decir unas 3000 personas añadidas.

Era la armada de treinta y seis velas – escribe Moncada – y entre ellas había diez y ocho galeras y cuatro naves gruesas…” Y más adelante: “Fuéle tan agradable al Emperador como si viniera del cielo…”

Al llegar las tropas almogávares al territorio bizantino, se les unen otros mercenarios: los alanos (de Sarmatia) junto a milicias griegas y armenias. Sin embargo, los ibéricos encuentran la hostilidad de los genoveses que los consideran competidores. Durante las bodas de Roger se llega a un enfrentamiento, en el que los lígures salen malparados, dejando tres mil muertos en el terreno. El emperador Andrónico nombra entonces nuevo Almirante a Fernando de Aunés, quitando el control del mar a posibles venganzas genovesas.

Las huestes ibéricas mueven luego contra a los turcos en Anatolia, derrotándolos en distintas batallas de 1302 a 1305 (Artaki, Filadelfia,Tira), recorriendo toda la península hasta  las cordilleras de Armenia. El puerto de Gallípoli se convierte en el cuartel de invierno de las tropas almogávares.

La rivalidad entre Roger y Berenguer de Entenza, segundo comandante, es fomentada por el emperador Andrónico, que sin embargo logra resolver la cuestión nombrando al primero César de Anatolia y a Berenguer Mega Dux .

El príncipe hijo Miguel Paleólogo, sintiendo amenazada su Corona por el creciente poder de los catalanes, manda asesinar por sicarios alanos a Roger de Flor y a su séquito durante un banquete en Adrianópolis, en abril 1305. Ese acto se convierte en una matanza de almogávares, en la misma ciudad y en Gallípoli. El contrataque de los ibéricos, conocido como “Venganza catalana” empieza ya en el mayo de 1305 por tierra y por mar, azotando sobre todo las costas de Tracia y Macedonia. Mientras tanto, los genoveses intentan en balde conquistar Gallípoli, defendida por Ramón Muntaner (1265-1336), cronista y comandante catalán, autor de una “Crónica” del reino de Aragón en la época.  Finalmente, la Compañia derrota a las tropas alanas de Miguel Paleológo, llegando a dominar toda la Tracia.

Conflictos internos a la Compañia provocan la intervención aragonesa (infante Don Fernando), luego de venecianos y franceses, herederos estos últimos de los derechos del Imperio latino. Pese a unos descalabros, los almogávares logran derrotar a los franceses, ocupando y saqueando Tebas, Atenas y casi todo el territorio “franco” de los Anjou. El dominio de la Grecia ex- francesa, conquistada por los catalanes, empezará de forma autónoma, bajo el gobierno del rosellonés Roger de Eslauro, pero a partir del 1312 se convierte en Ducado, con la llegada del infante Manfredo, hijo de Federico III y de su vicario Berenguer Estañol.  Bajo el segundo Duque Guillermo, el territorio se extiende hasta formar, en 1319 el nuevo Ducado de Neopatria (hoy Patrás). Ambos estados serán vinculados, aunque no directamente, al reino de Sicilia. Aliados de los venecianos, los almogávares tomarán parte a otras empresas bélicas a lo largo de todo el siglo, consiguiendo derrotar a genoveses, franceses y bizantinos. En 1370 los Ducados serán incorporados en la Corona de Aragón (1380). Sin embargo, eso no salvará los Estados griegos – catalanes de la reconquista llevada a cabo por las tropas de Niccoló Acciauoli, mercader florentino aliado a los franceses, que, gracias a mercenarios navarros y turcos, acabará con el poder aragonés en 1390(capitulación de Atenas en 1388, caída del castillo de Neopatria dos años después).

En las islas griegas y las costas del Levante, la presencia aragonesa fue regular y bien organizada, gracias también al apoyo de los Caballeros cruzados de San Juan de Rodas, entre los cuales había contingentes catalanes y castellanos. Las crónicas nos relatan de cocas catalanas en la isla de Tenedos, mientras otras naves de Aragón ya en 1353 en el puerto de Mitilene (isla de Lesbos, colonia genovesa) cargaban alumbre con destino a Provenza y España. En la misma escala los catalanes disponían de su propio barrio.

El comercio de alumbre, procedente de Focea, atraía flotas comerciales españolas también en la isla de Quíos, cuyo dominio los genoveses lograrán mantener hasta 1566. Es aún Gino Luzzatto, en su ya citado ensayo, a recordarnos que:

“(En el siglo XIV) La marina mercantile italiana deve sostenere nello stesso Mediterraneo la concorrenza delle città francesi del Sud e soprattutto dei Catalani, che dalle loro basi delle Baleari, della Sardegna e della Sicilia hanno esteso l ‘attività nel Mediterraneo Orientale.” =Trad.: “La marina mercante italiana tiene que enfrentarse a la competencia de las ciudades del sur de Francia y, sobre todo, de los catalanes en el propio Mediterráneo, quienes desde sus bases en las Islas Baleares, Cerdeña y Sicilia han ampliado su actividad en el Mediterráneo oriental “.

Una escala muy importante para el comercio de los occidentales fue la isla de Chipre y eso por muchas razones: sus minas de cobre, la feracidad del suelo, abundancia de selvas para los astilleros, facilidad de contactos en todo el Este mediterráneo gracias a la posición geográfica.En los siglos XIII-XIV y XV  fue dominio de la familia real franca Lusiñan. Los genoveses habían conquistado en 1373 el puerto de Famagusta y otros enclaves, puntos de apoyo excelentes para sus comercios con Cilicia, Siria y Egipto; de una buena posición en la isla gozaban también catalanes y aragoneses ya después de las bodas de Jaime II y Maria de Lusiñán, en 1315.  Cabe recordar que fueron seis galeras aragonesas capitaneadas por Hug de Santa Pau, las que, junto a una flotilla veneciana, llevaron a Chipre en 1378 Valentina Visconti, hija del Duque de Milán, prometida entonces al rey de Chipre Pedro II. Fortún Sánchez, de orígen vasca, estuvo al servicio del Rey de Chipre contra los turcos en 1396, conduciendo dos embarcaciones hasta las costas de Siria. La importancia de las flotas catalanas en los puertos chipriotas del siglo XIV es atestiguada una vez más por Giovanni Boccaccio, en el cuento séptimo de la segunda giornata del Decameron:” … avendo il mercante cipriano ogni suo fatto in Rodi spacciato e in Cipri volendosene tornare sopra una cocca di Catalani che v’ era…”  = T. avendo il mercante cipriano ogni suo fatto in Rodi spacciato e in Cipri volendosene tornare sopra una cocca di Catalani che v’ era…” = trad.:habiendo el mercader chipriote en Rhodes todos su negocios despachado y queriendo regresar a Chipre sobre una nao catalana allí amarrada…”   

A partir de 1431, los genoveses tuvieron que defender sus posiciones en Chipre y Quíos contra amenazas venecianas. Y después de la caída de Costantinopla en manos turcas, los notables catalanes de Chipre intentaron detener la creciente pujanza de la Serenissima, llegando a organizar en noviembre de 1473 una conjura contra la nueva reina Caterina Cornaro, motín que sin embargo fracasará a los pocos días.

La organización del comercio veneciano fue coordinada directamente por el Gobierno, que organizaba los convoyes (mude), con navíos de propiedad estatal, en los que estibaban sus productos los mercaderes. Había rutas regulares hacia Bizancio, Siria, Egipto, norte de África y Atlántico. Además, Venecia llegó a construir una red colonial marítima, para proteger el tráfico y sus escalas, desde Corfu hasta la Morea o Peloponeso (Corón, Modón), Creta o Candía y muchas otras islas del Egeo. Este conjunto formaba la “Romania Bassa“, distinta de la Alta, que correspondía a las costas de Macedonia y Tracia y a los estrechos hacia el Mar Mayor, y cuyo límite superior era Constantinopla.Los genoveses actuaban mediante compañías privadas, o bajo el amparo del “Banco di San Giorgio” en el siglo XV, pero el poder de la República sólo intervenía en el plano diplomático. Contaban también con escalas importantes, aunque más dispersas y díficiles a defender. El principal baluarte fue la isla de Quíos, centro del comercio de alumbre y almáciga, donde se mantuvieron hasta 1566; disponían además de enclaves en Samos, Focea y Lesbos, de un barrio en Constantinopla, el de Pera o Gálata, de hecho, una ciudad aparte, en la otra orilla del Cuerno de Oro, además de sus mencionadas colonias en el Ponto Anatólico.

Francisco de Moncada así comenta la presencia genovesa en la época:

“Árbitros de paz y de la guerra (los genoveses) tenían ilustres colonias o presidios en Grecia, en Ponto, en Palestina, poseían muchas riquezas adquiridas con su industria y valor y absolutamente eran dueños del trato universal de Europa, con que mantenían fuerzas iguales a las de los mayores reyes y repúblicas. Con esto llegaron a ser casi dueños del imperio griego.”

También Matteo Bandello, humanista y novelista italiano del siglo XVI, en su novela corta n.14, que se refiere a una crónica de 1380, atestigua la importancia del comercio genovés en los puertos del Mar Mayor:

A la fine l’imperadore promise di dar un fondaco a la nazion genovese in Trebisonda, con privilegi amplissimi…E con il console di Caffa fin che visse ebbe sempre buona intelligenza, ché alora Caffa, città nel Mar Maggiore, era nostra colonia.” = Trad.: “”Al final, el emperador prometió conceder un emporio a la nación genovesa en Trebisonda, con privilegios muy amplios … Y con el cónsul de Caffa mientras vivió, siempre tuvo buena inteligencia, porque entonces Caffa, ciudad en el Mar Mayor, era nuestra colonia.”

Continuará…


Nando Pozzoni