Etiquetas

, ,

Si a estas jornadas de anorexia cerebral sobrevenida por causa mayor no se les busca una razón existencial, por pura supervivencia, solo queda la tv, las redes sociales y los continuos viajes al frigorífico. Por eso es imprescindible tener buena memoria, para bucear en ella. O en el peor de los casos, para inventársela, como si hubiésemos tenido más vidas de las que aparentemente podemos adjudicarnos.

Ya se ha dicho hasta la saciedad que el que lee vive tantas vidas como libros es capaz de deglutir, y es cierto, pero aquí se habla de memoria personal. ¿No es posible aprovechar este trance para tratar de aclarar sucesos del pasado que han quedado difuminados, casi desvanecidos, entre esa hojarasca del presente cotidiano que nos empuja inexorablemente hacia un futuro inmediato o pluscuamperfecto?

Este exilio de hoy, que me pilla escindido, en casa ajena aunque muy confortable, fuera de los territorios siempre propicios que marcan la biblioteca y el despacho, me lleva necesariamente a otro exilio interior que ya había vivido, y que por ese premura del futuro inmediato, había casi olvidado.

Corría el año de gracia de 1991. Argelia se preparaba para sus primeras elecciones “libres” a las que concurrían una panoplia de partidos que “a priori” ya se sabía que no tenían nada que hacer, pero que daban una apariencia de modernidad al país por la que venían abogando, desde los trágicos días de 1984, un buen puñado de mentes preclaras dentro del tablero político. Pero la suerte estaba cantada: el FIS (Frente Islámico de Salvación) barrería. Y así fue para sonrojo del, hasta entonces, todopoderoso FLN. Pero eso fue en la primera vuelta de las elecciones. No hubo segunda: los tanques salieron a la calle. El partido que había liderado la heroica Independencia no iba a consentir que unos teólogos barbudos dieran al traste con 30 años de poder incontestado.

A partir de ahí vivimos dos años que los propios argelinos los llamaban la “Primavera de Argel”, en referencia a la famosa primavera de Praga. La impenetrable maquinaria política argelina se pasó al bando de los guías turísticos, y personajes a los que el acceso estaba, si no prohibido sí desaconsejado, es decir, prohibido, se aferraron a la idea de que era necesario abrir el país y para ello comenzaron por seducir a la clase diplomática acreditada agasajándola con visitas turísticas, reuniones informales de trabajo distendido y todo tipo de saraos varios. “Hemos estado a punto de entrar en guerra civil, como ustedes hace cinquenta años”, me decían mis nuevos amigos del Ministerio de Cultura o Exteriores.

Pero todo aquello olía a chamusquina. Llevábamos año y medio de tensa calma adornada con la parafernalia oficial que a duras penas podía ocultar el nerviosismo, el malestar de fondo y mucho menos las asesinatos que empezaban a producirse a lo largo del país. “¿Qué va a pasar?, Tahar”, le pregunté a mi buen amigo que por aquel entonces trabajaba para EFE: “Guerra civil. La única salida es la guerra civil, como vosotros hace cincuenta años”.

El peligro parecía que estaba lejos, pero un día nos despertamos con la noticia de que habían asesinado en una carretera, no lejos de Orán, a un empresario alicantino. “¿Por qué, Tahar?” “Por extranjero. Van a asesinar a extranjeros para hacerse oír en el mundo”.

Un alicantino perdido por los montes de Orán no parecía ser nadie al que la prensa extranjera le prestase mucha atención, ni tampoco algún turista alemán o francés, igualmente asesinados, que pasaran, por allí. La alarma saltó cuando en plena capital, en el corazón de Argel, al lado de mi casa, por cierto, secuestraron a un grupo de funcionarios del consulado francés en el otoño de 1993. Este hecho sería el primer detonante de mi primer exilio interior.

Convocó el embajador a la peña funcionarial y administrativa de la casa: “Ante esta situación sobrevenida, ¿quién se siente en peligro en su casa”? Fui el primero en levantar la mano: “Vivo en un bloque de apartamentos donde todos son argelinos, con mi novia, argelina, y sin casarnos”. “Estás loco, chaval. ¡Ángel!, llévate a este demente a tu casa”.

Angel Losada era entonces un joven y prometedor secretario de embajada con el que había tenido siempre buena onda, pero de ahí a que me acogiese en su casa… No hubo más remedio. Cogí el cepillo de dientes, el portátil que me acababa de comprar, un par de libros y algo de ropa. “Malika, no abras la puerta a nadie que no conozcas”, fue todo mi tranquilizador mensaje de experto en situaciones excepcionales que se me ocurrió decir a la que, cuando las circunstancias fueran propicias, sería mi mujer.

La habitación, de dos camas y baño en suite, era muy confortable. La casa magnífica en un bosque amurallado y fuertemente vigilado que nos protegía de los males del mundo exterior. La sorpresa fue cuando, a la sombra de un limonero gigante, el primer día de mi instalación, el embajador en persona me ordenó que ni se me ocurriese salir del recinto, que todo lo necesario nos lo traería el servicio. “Pero embajador, acabamos de inaugurar el Instituto (Cervantes) y no puedo faltar ni un minuto”. “Claro que vas a faltar, y además ya puedes ir dando instrucciones para que lo cierren hasta nueva orden”.

Encerrado en mi habitación, dando vueltas por el patio o subiéndome a los pinos me sentía preso, atormentado por faltar al trabajo y sin ánimo de leer ni de utilizar la magnífica biblioteca de Ángel. La solución, como suele pasar siempre que uno está averiado, me vino de fuera a los dos días.

“Arturo, me reclamó Ángel, hay que apretarse porque todo va a peor, pero te traigo buena compañía que va a compartir habitación contigo”. “Estupendo”. Y para mi asombro detrás de él apareció Suki, una monada de criatura, administrativa de la embajada y, para colmo, amiga de mi novia. Suki y yo nos portamos como caballeros. Utilizábamos el baño en suite como vestidor/desvestidor, charlábamos todo lo que podíamos y nos reímos de lo lindo a cuenta de a lo que nos había conducido el confinamiento.

Hasta que al segundo día se enfadó. “O sea, que tú no vas a trabajar y yo sí”. “Claro, Suki, tú vas en coche oficial…” “¿Y a ti no te pueden llevar? “Es que vamos a cerrar el Instituto”. “Pues que cierren también la embajada”. Sin quererlo, Suki me proporcionó la clave para superar el exilio.

En aquella soledad ominosa, llena de presagios contradictorios, de la que acabaría saliendo, como siempre, por razones provenientes del exterior, acabé comprendiendo la privilegiada oportunidad que se me presentaba para hacer lo que siempre había querido: escribir. Y emprendí con furia la tarea para la que creí estar llamado: Memoria de Argel. Era el momento de seguir las enseñanzas del ilustre cautivo de la Regencia turca, D. Miguel de Cervantes.

Durante las siguientes semanas no desfallecí y escribí como un loco sobre mis diez años en Argelia. El país daba para mucho, para muchísimo. Hasta que un día recibí la llamada de mi jefe supremo. Fue tajante y entrañable: “No quiero en este Instituto tener que empezar a poner lápidas, como en el palacio de Santa Cruz, por los muertos en acto de servicio. Coja el primer avión”.

Y así lo hice, pero no sabe el mundo lo que daría yo ahora mismo por recuperar aquellas doscientas páginas que escribí sobre mis batallas de Argel.

Arturo Lorenzo.
Madrid, marzo de 2020