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Creo que era el año 1967 cuando conocí Menorca. No porque hubiera viajado allí, sino porque viajé en los libros, que era una forma de moverse muy económica y fantasiosa.

Estudiábamos estas cosas en los libros del franquismo terminal. El Angulo y el Azcárate eran nuestras modestas guías sobre aquellas culturas milenarias y desaparecidas, como el reclamo de otro tiempo, un tiempo extremo por antiguo. En ese nosotros que ahora no sé identificar muy bien, había una pasión recóndita y no declarada por lo extremo: el pico más alto, la sima más profunda, el cabo más occidental por donde se ponía el sol, el más oriental por donde nacía…

Naveta de Tudons

Los monumentos de Menorca ni siquiera estaban fotografiados. Aparecían dibujados a plumilla. Dibujos hechos, seguramente, por aprendices de arqueólogos. Las láminas eran siempre en blanco y negro -otro extremo abstracto de la realidad- y a mí siempre me impresionaron más que las pirámides de Egipto o que los zigurats de Babilonia. Aquello, aquel extremo del oriente mediterráneo, eran Altas Culturas. Eran imperios organizados con una estructura férrea aprendida de los sacerdotes para mayor gloria de faraones y monarcas…, y para la conservación del mismo estado.

Pero lo de Menorca era una cultura de pobres. Y la pobreza, como cualquier extremo, también impresiona. ¿Cómo un pueblo sin voz en la historia es capaz de sembrar en una isla de apenas 700 km2, cientos, miles de monumentos que se conservan hasta hoy en plena naturaleza en medio de los avatares de la atormentada historia de una pequeña isla?

Los talayots, las taulas, las navetas dejaron en mí un poso de arqueólogo frustrado que nunca fui capaz de resolver. Quería respuestas. ¿Quiénes eran? ¿De dónde venían? ¿Qué función y significado de sus monumentos? ¿Por qué desaparecieron sin dejar rastro más que ese monumental rastro al que me refiero?

Cincuenta años después, por razones absolutamente privadas y familiares, aparezco en Menorca de verdad. Y, para mi asombro, allí están los monumentos que los bienintencionados aprendices de arqueólogo habían dibujado en los modestos libros de Historia del Arte del franquismo terminal. La emoción lo embargaba todo y mi primer y casi único acto fue abrazarme a uno de esos enormes peñascos calcáreos con los que los primitivos pobladores crearon la monumental naveta de Tudons. “Yo esto -me dije- lo he visto antes en algún otro sitio”.

Fui haciendo memoria y la memoria me llevó, ¡cómo no!, a África. Ya volveremos sobre ello.

Tengo la triste sensación, muy equivocada quizá, de que los menorquines viven de espaldas a su pasado. No es una afirmación muy científica porque, en apenas unos días, no he tenido ocasión de hacer, ni siquiera, un sondeo emocional. ¿Cómo no emocionarse ante la brutalidad de enclaves arqueológicos que abarrotan la isla? Estamos hablando de centenares, quizá de miles de enclaves. Cualquier mapa turístico de la isla propone al viajero tal cantidad de lugares a visitar que no bastarían unas vacaciones veraniegas para presentarse en todos.

En Mahón, en el antiguo convento de S. Francisco, convertido ahora en museo de la isla, han hecho un notabilísimo esfuerzo para conjurar y tratar de explicar de forma amena y sintética la historia de la isla, con especial atención al periodo de los grandes monumentos megalíticos, sin duda el más apasionante por los grandes misterios que aún se ciernen sobre él. Nada se sabe a ciencia cierta de dónde llegaron los primeros pobladores que dieron lugar a una cultura tan ciclópea. Y nada se sabe de cómo ni por qué desaparecieron sin dejar rastro.

¿Se imaginan tener un antepasado maravilloso al que conocemos por sus hechos, su gran arquitectura funeraria, religiosa por tanto, pero del que no conocemos ni su nombre, ni su origen, ni los motivos de su desaparición? Así que los menorquines me parecieron unos huérfanos de su propia historia. Hemos tenido padre y madre, ahí están sus obras, pero no sabemos quiénes eran.

Con la lentitud, pereza y parsimonia que procuran los días de asueto me dí una vuelta por algunos lugares emblemáticos de la isla. Gracias a ello saqué una vana e inútil conclusión, por imposible: si yo hubiese sido menorquín necesariamente me habría hecho arqueólogo.

No entiendo, sinceramente, cómo un país como este, que se vanagloria de tener uno de los primeros patrimonios histórico-artísticos más valorados por la UNESCO, no ha sido capaz de poner en el primer rango de su monumentalidad una cultura que aunque no fuese más que por la intensidad de su legado, es decir, por la prodigiosa cantidad de enclaves arqueológicos conservados, no pone en cabeza de lista de su promoción internacional una cultura que, aunque pobre, era de una eficiencia y de un convencimiento socio-religioso tan desbordante.

Me pregunto si construían porque creían o construían para creer.

En cualquier caso, su legado está ahí, al aire libre y gratuito, cosa que en estos tiempos se agradece, aunque en esta circunstancia no me hubiese importado dejar caer algún óbolo con cargo a la investigación científica. Necesitamos saber más.

No obstante todo lo dicho y lo que aún queda por añadir, nadie debería llamarse a engaño y creer que toda Menorca es un cubo de cascotes prehistorícos y playas de postal. Menorca ha disfrutado, padecido, una travesía apasionante a lo largo de su milenaria Historia, con un hecho peculiar: la inmensa mayoría de investigadores profesionales que se han dedicado a la isla lo han hecho, mayoritariamente, dedicándose a investigar los pueblos que la han colonizado, obviando casi a los herederos de los míticos constructores de una arquitectura gigante y espléndida. Veremos si la historiografía por venir corrige algo el punto de mira. O la diana.

Arturo Lorenzo.
Madrid, febrero de 2020