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Envuelta en el silencio por una fina y típica nieblita, rodeada de campos sometidos a correntía continua, la antigua Abadía de Chiaravalle deja adivinar toda su belleza, primero de todo a través de su Campanario.
En el año 1135 empezó la construcción de este monasterio por voluntad de San Bernardo, fraile de la Orden Cisterciense, como una rama de la Abadía de Clairvaux. Los cistercienses se establecieron fuera de la ciudad, saneando una zona pantanosa, dedicándose al trabajo del campo recuperando y haciendo fértil la tierra, contribuyendo al desarrollo del territorio y creando una organización agrícola altamente eficiente capaz de dar vida, junto al complejo monástico, a una granja con animales de patio, cerdos, ovejas y colmenas para las abejas. Una granja donde incluso los peregrinos pobres podían alojarse. Alrededor de la Abadía se desarrolló un pueblo agrícola, anexado al municipio de Milán en 1923. Hoy en día hay una casa de huéspedes que ofrece hospitalidad a quienes la solicitan, y durante su estancia los huéspedes pueden experimentar los ritmos de la comunidad. Hay también una tienda, que es atendida por los monjes, donde se venden productos de la Abadía. Es un lugar que desde siempre me infunde paz en la que de vez en cuando vuelvo a sumergirme. En ese 17 de septiembre de 2016 estaba yo paseando, muy lentamente, por las arcadas del claustro sin darme cuenta de que ya había dado no sé cuantas vueltas al claustro mismo. Los recuerdos iban aflorando, sin orden hacia atrás y hacia adelante despertando emociones dormidas haciéndome revivir momentos y sensaciones, obligándome a enfrentarme a la cruda realidad. Las cosas no siempre son como deseamos. Estaba consciente de que este paseo me llevaría de vuelta en el tiempo hasta aquel 17, día de un lejano septiembre de 1977. Era una mañana como esta y yo era tan feliz y tan inquieta, luciendo mi traje de boda. La marcha nupcial, mi padre acompañándome, y él, mi novio, esperándome en el altar. Quizás fue una lágrima o tal vez fue la voz del fraile saludándome, o la suavidad de su mirada, la delicadeza de su paso las que me devolvieron al presente. De pronto empiezan los toques de la antigua campana mayor, todavía accionada manualmente por los monjes cistercienses, mediante una cuerda que cuelga en el centro de la intersección entre el crucero y la nave central de la iglesia, llamando a los fieles a la misa. El fraile se aleja. Yo prefiero quedarme en el claustro mirando el campanario, que los milaneses suelen llamar “Ciribicciacola”(pronunciado chiribichiacola), probablemente por las cigüeñas que en el pasado anidaban en la torre, o por los chillidos de sus pequeños. Al terminar la misa entro en la iglesia. El fuerte aroma del incienso quemado llena el interior. Doy una vuelta mirando los frescos de las paredes internas. Espero a que los frailes lleguen con sus túnicas blancas con escapulario negro y capuchas, se sienten en el magnífico coro hecho en madera, compuesto por dos hileras dispuestas paralelamente a dos niveles, y empiece el canto gregoriano que se apodera de mí por su belleza, espiritualidad y misterio. Los cistercienses, se destacan por su austeridad, oración, silencio y trabajo duro, principios fundamentales de la Orden. En aquel septiembre de 2016 ¿necesitaba yo lo mismo?
Al salir de la Abadía llovía a cántaros ese 17, día de septiembre de 1977, mi vestido de boda mojado, los invitados bajo la lluvia lanzando arroz a nosotros, los recién casados. El saber popular dice que, si llueve, ese día se habrán derramado todas las lágrimas que tendrá esa pareja, que nunca más vivirá penas ni tendrá motivos para llorar. ¿Novia mojada novia afortunada? Tengo que ser bastante lenta porque hoy, 17 día de septiembre de 2019, paseando por el claustro aún me pongo esta pregunta. Lo que es cierto es que vuelvo aquí, en este lugar tranquilo donde a veces, en el misterio del canto de los frailes, me parece oír tu voz diciendo: ¡Sí quiero!

Raffaella Bolletti